Opinión

Cuestión de confianza

Héctor Faúndez

Primo Levi, uno de los sobrevivientes de los campos de concentración nazis, cuenta que, después de la rendición alemana y de haber sido rescatado por el ejército ruso, en la zona soviética en la que él se encontraba (y probablemente en toda la Europa devastada por la guerra), era difícil establecer el poder adquisitivo de la moneda. Según Levi, mientras algunos rusos aceptaban sin dificultad monedas de cualquier país, incluso alemanas o polacas, otros eran desconfiados, temían ser engañados, y sólo aceptaban trueques en especie o monedas metálicas. En Zhmerynca (Ucrania), Levi afirma haber visto “una de las letrinas de la estación de trenes empapelada con marcos alemanes, cuidadosamente pegados a la pared, uno a uno, con una sustancia que no puede nombrarse”. No es que no hubiera, o no se consiguiera, un determinado papel moneda; es que, habiéndolo, no valía nada. En todo caso, esos eran tiempos difíciles, y no había un gobierno alemán responsable de adoptar políticas monetarias coherentes, que mereciera la confianza de los ciudadanos en cuanto al valor de su moneda.

Además de en la economía, la confianza ciudadana también es importante en la percepción de nuestra seguridad personal cada vez que salimos a la calle, en la calidad de los servicios públicos (incluyendo agua y luz eléctrica), en el uso que se hace de los recursos que son de todos, y en la credibilidad de la información que se recibe de fuentes oficiales. La confianza en sus gobernantes es vital para que una sociedad pueda prosperar, y para que sus integrantes puedan desarrollarse con la seguridad de que sus bienes serán protegidos y su libertad será respetada, porque cuentan con la garantía del Estado.

Sin embargo, para quienes aspiran a vivir en democracia, lo primordial es que la gestación del poder también sea el resultado de mecanismos legítimos y creíbles. En este sentido, los procesos electorales actualmente en marcha en México y Colombia, al igual que las elecciones recientes en Costa Rica, han atraído la atención tanto de quienes están llamados a votar como de la comunidad internacional. Por el contrario, los demócratas nunca han tomado en serio las elecciones o plebiscitos convocados por una dictadura pues, desde el principio, el proceso está amañado para torcer la voluntad popular, los resultados se conocen de antemano, la participación de otros candidatos está permitida sólo si se cuenta con la autorización oficial, y no se permite la presencia de observadores electorales independientes e imparciales.

La confianza en los procesos electorales, como los antes mencionados o como cualquier otro, es un asunto que atañe a la comunidad internacional en su conjunto, pues es ésta la que deberá entenderse con quienes resulten elegidos en esas contiendas cívicas. Cada Estado tiene derecho a darse la forma de gobierno que le plazca; pero es a la comunidad internacional a la que le compete juzgar cuál es el gobierno legítimo de un Estado. Si otras naciones no confían en la pulcritud de un proceso electoral, la consecuencia lógica es que ellas no reconozcan a quien, invocando dichas elecciones, se autoproclame como jefe del gobierno de ese Estado. Siendo coherentes, eso supone el no reconocimiento de un gobierno ilegítimo, la imposibilidad de que éste pueda acreditar embajadores en otras naciones, y el aislamiento internacional de quien, impropiamente, se presenta ante el mundo como el jefe de un Estado.

Primo Levi podría haber llevado su relato más allá de la mera desconfianza en el papel moneda, extendiéndolo a la chapa de policías y militares tan temibles como el hampa común, o a papeletas de votación que, al igual que los marcos alemanes al final de la Segunda Guerra Mundial, sólo sirven para empapelar letrinas. Es cuestión de confianza.