Opinión

Cuba en primera plana

Raquel Gamus

La opinión de

El tan anunciado colapso general del sistema eléctrico venezolano, que desde hace largos años se ha notificado en distintos lugares del territorio nacional, se presentó como un tsunami el jueves 7 de marzo y persiste como una realidad probablemente irresoluble. Las explicaciones técnicas son contundentes. Una mezcla de corrupción, ignorancia y desidia convirtió en ruinas una de las empresas eléctricas más exitosas de América Latina. Este apagón nacional ha sumado muchas más penurias a la ya deteriorada calidad de vida de los venezolanos, aumentando el número de muertos en los hospitales, la crisis de alimentos, el agua, la información y todo lo que depende de la electricidad, que es casi todo.

Como era de esperarse, la respuesta de Maduro y sus compinches se mantuvo dentro de la línea de no asumir ninguna responsabilidad ni asomar ninguna intención de búsqueda de soluciones. La responsabilidad ya no es la iguana, sino de un sabotaje de gran magnitud, con alcance de guerra eléctrica por parte de la derecha venezolana en complicidad con el imperio.

Copio textualmente un tuit del conocido sociólogo Luis Pedro España, que resume la perversidad de quienes se pretenden gobernantes: “Lo más revelador de estos días de crisis eléctrica es lo desalmado del régimen. Ni una cisterna para la gente, ni un operativo en los hospitales ni un programa especial de abastecimiento de comida. Nada, solo esconderse y fingir normalidad”.

La continua indiferencia de tantos años hacia el sufrimiento de los venezolanos ha tenido recientemente dos episodios que confirman de manera dramática una conducta genocida para mantenerse en el poder: la guerra a la ayuda humanitaria, con saldo de muertos, heridos, detenidos e incineración de insumos que podían salvar vidas, capítulo al que ahora se suma la indolencia ante las gravísimas consecuencias de este apagón nacional.

Una pequeña camarilla militar-civil logra continuar oprimiendo a la nación y desafiando el rechazo de más de 50 países, resistiendo a las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea, a la solidaridad del Grupo de Lima y otros países vecinos y muy distantes que van radicalizando su posición.

Según declaraciones del canciller argentino, posteriores al colapso eléctrico, se han incrementado los contactos entre las autoridades financieras de los países del Grupo de Lima y de otros países que tienen objetivos comunes para asegurar que no disponga el régimen de Maduro de recursos que en realidad tienen que ser recibidos por el gobierno democrático que representa Juan Guaidó.

El cuestionamiento de Cuba, como soporte fundamental de la depredadora dictadura que ha venido siendo recurrentemente mencionada en el drama que nos aqueja, ha pasado a primera plana en el decreto de estado de alarma nacional de la Asamblea Nacional con la suspensión de las exportaciones de crudo a Cuba, con lo que se apunta a una de las cabezas mayores de la hidra que nos ahoga. Enfatiza el presidente Guaidó la decisión de no seguir financiando la injerencia de cubanos en la FANB.

El mismo día de ayer el Frente Institucional Militar emitió un comunicado en el que hace graves denuncias sobre la insólita presencia cubana en las Fuerzas Armadas Nacionales. Por su parte, el consejero de seguridad de Estados Unidos, John Bolton, escribió un amenazante tuit en el que advierte que las compañías de seguros y los portadores de banderas que facilitan estos envíos de entregas de petróleo a Cuba están ahora en la mira, y se ha venido presionando a las instituciones financieras extranjeras y mercantes para no facilitar transacciones  que beneficien a Maduro.

El objetivo es claro: el régimen cubano ha mostrado, al menos en su relación con Venezuela, su naturaleza mercenaria. Fidel Castro fue gran amigo y defensor de Carlos Andrés Pérez, debido a su cooperación petrolera y no le costó nada darle la espalda cuando ya no le servía desde el poder para pasar a abrazar la voluntaria dependencia de Hugo Chávez que les bajó del cielo para alimentar su fracasada economía.

Si las presiones de Estados Unidos y de los países integrantes del Grupo de Lima surten efecto para evitar que los recursos venezolanos se desvíen hacia los jerarcas cubanos ¿seguirán estos interesados en sostener al régimen de Maduro? La apuesta es a que ayuden a destrancar este juego, aunque sea por salvar su pellejo. Se trata de apalancar la Venezuela democrática que despunta.