Opinión

Cuba, la piedra de tranca

A @hectorschamis

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Cuando a mediados de abril de 2015 se produjo el promiscuo abrazo de Barack Obama con Raúl Castro durante la Cumbre de las Américas, en Panamá, refrendado por Jorge Alejandro Bergoglio y reafirmado por la decisión de los demócratas norteamericanos de pasar la página del enfrentamiento inaugurado en 1959 por Fidel Castro, Dwight Eisenhower y Nikita Kruschev, debió habernos quedado claro que nuestro destino no se decidiría en Venezuela sino lejos de nuestras fronteras: el país había quedado entregado a la suerte de lo que finalmente decidieran Cuba, Rusia, China y Estados Unidos. En el caso de los países aliados de Maduro, bajo la directa tuición de sus mafias y pandillas narcotraficantes. Tal como lo advirtieran los analistas políticos más avisados de nuestra región, la presencia de Nicolás Maduro en su calidad de palafrenero del entonces presidente de Cuba y la absoluta minusvalía de la oposición democrática, habían puesto de manifiesto que el partido que llevaba quince años jugándose en Venezuela no se decidiría en nuestro país, sino fuera de nuestras fronteras. Recuerdo las palabras del analista argentino de El País, de España, Héctor Schamis, quien aseguraba que ni el régimen encabezado por el agente cubano encargado del país a la muerte de Hugo Chávez ni la oposición dirigida por la llamada Mesa de Unidad Democrática estaban en capacidad de dirimir el conflicto. Eran dos fuerzas recíprocamente anuladas, signadas por la impotencia. La resolución del enfrentamiento entre las fuerzas confrontadas no tendría lugar en Venezuela: tendría lugar fuera de nuestras fronteras.

Obama, decidido a pasar a la historia como lo hiciera Ronald Reagan desbancando a la Unión Soviética y Richard Nixon restableciendo las relaciones con la China de Mao, se entregó en brazos de Raúl Castro sin pedir otra cosa a cambio que una fotografía. No titubeó en viajar a La Habana y entregarles su patio trasero a Vladimir Putin y a Xi Jin Pin. Y sin siquiera imaginar que los tiempos estaban cambiando, no vislumbró que Hillary Clinton no ganaría la Presidencia de la República, que Occidente comenzaba a escorarse hacia su derecha y que los principales países de la región pasarían a manos de los conservadores, perdió la apuesta sin asomarse a la historia, con la única consecuencia de dejarle la cancha libre al castrocomunismo. Su debacle no pudo ser más contundente: Lula, el mejor amigo de la Clinton en la región, terminó preso. Cristina Fernández está a las puertas de la cárcel. Macri e Iván Duque conquistaron el poder de Argentina y Colombia. Michelle Bachelet debió refugiarse en los bazos de George Soros, y Brasil dio un giro copernicano pasando a manos del ex capitán de ejército de ultraderecha Jair Bolsonaro. Fin de mundo.

No estamos en la situación de 2015, pero tampoco el giro de 180 grados hacia la derecha que ha golpeado a las puertas de Estados Unidos, Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Colombia y Brasil ha tocado a las puertas de Venezuela. La larga sombra de populismo sigue oscureciendo a los actores democráticos y el socialismo sigue lastrando a los protagonistas. La oposición continúa sumida en su pusilanimidad, su mengua y su cobardía. Sus hábitos leguleyos y liberaloides siguen entrampándola en la inacción, la indefinición, la complicidad y la tolerancia, y la tiranía no parece afectada por la decisión colectiva y regional de ponerla fuera del juego. Nadie ha dado aún y posiblemente nunca nadie termine por dar el paso hacia una injerencia humanitaria, militarizando la solución al conflicto. Que esta tiranía no siente la más mínima necesidad de desaparecer, protegida y blindada como lo está por las tropas mercenarias de Vladimir Padrino. Más de lo que el Grupo de Lima y el secretario general de la OEA, Luis Almagro, le han puesto en bandeja de plata a los sectores dirigentes de la oposición democrática venezolana para que asuman la resolución del conflicto, desconociendo la írrita renovación del mandato de Nicolás Maduro y nombrando un gobierno de transición, es prácticamente imposible. Cabe entonces la pregunta: ¿por qué razón la Asamblea Nacional se niega a cortar el nudo gordiano y todas las fuerzas opositoras retroceden aterradas ante el magno desafío? ¿Qué temen? ¿A qué esperan? ¿Carecen de la voluntad y la decisión patriótica de venir en auxilio de la patria?

No son Maduro, Cilia Flores, Diosdado Cabello, Tareck el Aissami, ni muchísimo menos Vladimir Padrino, su Estado Mayor y las Fuerzas Armadas los factores claves que fijan y determinan el porfiado comportamiento de seguir estirando la cuerda y desafiando a las fuerzas democráticas a dar la pelea a muerte o huir en estampida. Sin necesidad de disparar un tiro e invocados por la infinita e ilimitada estupidez de las clases políticas nativas, los factores dominantes en Venezuela, Nicaragua y Bolivia son Raúl Castro, el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas cubanas y el gobierno de Díaz-Canel. Después de cuarenta años y al borde de la debacle, recibieron los Castro el milagroso auxilio de Hugo Chávez; una vez que lo hicieran desaparecer del mapa impusieron a su agente Nicolás Maduro y se aferran a Ortega y a Evo Morales para tener de quiénes seguir viviendo. Es tan frontal y suicida la decisión cubana de no soltar las riendas del poder, tan insólito y tolerado el respaldo del castrocomunismo regional, tan menguada o inexistente la oposición del pueblo cubano y tan indiferente la comunidad internacional a las ejecutorias de la más espantosa tiranía habida en América Latina desde tiempos de su descubrimiento y conquista, que ni Donald Trump ni Sebastián Piñera, ni Mauricio Macri y muchísimo menos Iván Duque se arriesgarán a cortar por lo sano y sacar del juego a la tiranía cubana. Desde luego, no se atreverá la mayoría de los miembros del Grupo de Lima. ¿Se atreverá Jair Bolsonaro? Es la gran pregunta. De su respuesta depende el futuro de la región.