Opinión

¡Cuba libre ante la humillación histórica!

En pocas semanas, el 17 de diciembre, se cumplirán 15 años de nuestra marcha al Panteón Nacional, y del juramento que hiciéramos ante los restos, para entonces imperturbados, de nuestro Libertador Simón Bolívar. Así nuestro pueblo llega a tres lustros de marchar con decisión y coraje para derrocar a la tiranía. Sin embargo, la crisis partidista de los años noventa, que hizo vulnerable a Venezuela ante la ocupación de la farsa redentora del castrocomunismo a partir de aquel año 2002, hoy colabora para prostituirla y entregarla al juego lascivo de unos criminales que insisten en disfrazarse y ocultar sus intenciones de continuismo en el poder; unos criminales que intentan, inútilmente, salvarse de la persecución de la justicia por los delitos imprescriptibles que han cometido y que, finalmente, los llevarán a la cárcel, que pronto les espera.

La sociedad venezolana, en otros tiempos muy bien liderada por los fundadores de nuestra democracia, había enfrentado con gallardía ese cáncer castrocomunista. Sin complejos, a través de sus partidos fundamentales, Acción Democrática y Copei, mediante un pacto por la democracia (el Pacto de Puntofijo), lograron contener el empuje de aquella Cuba para muchos desconcertante internacionalmente, pues la veían como una suerte de experimento latinoamericano de comunismo tropical que podría generar respuestas ante la pobreza y la desigualdad económica. Pobreza de vieja data colonial, rural y de militarismo neoesclavizante de los pueblos, durante todo el siglo XIX y buena parte del XX.

Pasaron los años y nuestros mayores vieron cómo, más que miles, millones de cubanos huyeron de su patria para sobrevivir en otras tierras, buscar en nuevos suelos nuevos sueños y dar sentido a sus vidas en libertad. Así lo hicieron. Hoy la Cuba libre de nuevas familias y de nuevas conciencias se amalgama gracias a la lucha indeclinable que dieron hombres como el asesinado ingeniero Oswaldo Payá. En una reciente intervención de su hija Rosa María pude comprobar la riqueza de la diáspora que nos impulsa al cambio y hacia la libertad. No fuimos capaces, ni nosotros los venezolanos ni la sociedad latinoamericana en su conjunto, de madurar más rápido para superar los fantasmas ideológicos de una interpretación errónea de la historia.

El predicamento comunista, que filtró en las mentes de muchos que pensaron que su pobreza tenía explicación ideológica por el marxismo, habría tenido que ser neutralizado y vencido por los partidos democráticos y sus realizaciones concretas. Despejar esa idea populista, tan fácil de difundir, sobre que la pobreza de nuestra gente venía de la planificación maligna de mentes y hombres cuyo deseo de explotarla solo era posible combatir con un Estado comunista. Explicar y hacer entender el porqué se establece la pobreza como mal endémico en territorios con pueblos carentes de conocimiento y formación nacional para el progreso. Explicar y hacer entender cómo naciones, que aun teniendo mayores ventajas comparativas por la naturaleza de sus territorios, no logran crecer y desarrollarse económicamente, a la par de otras incluso con menor fortuna territorial. Explicar y hacer entender cómo la cultura institucional que se logra crear y fortalecer en las conciencias de los ciudadanos es el antídoto contra el mal del autoritarismo, sea de derecha o de izquierda.

¡Hemos avanzado y continuaremos avanzando sobre sujetos antihistóricos! Para mí, por ejemplo, descubrir los trabajos del profesor Amartya Sen fue revelador. Soy, como Payá, ingeniero en mi base profesional. Sin embargo, y gracias a la patria venezolana en que nací, y al mundo del cual me siento ciudadano, he podido formarme internacionalmente en conocimientos administrativos, gerenciales y políticos. Pero lo que mayormente he tenido la suerte de aprender en estos tiempos es que soy más latinoamericano que venezolano. No solo me lo enseñó mi hijo, quien salió a su abuelo poeta y le gusta vivir, leer, amar y aprender, sino que hablándome de Cortázar me lo recordó. Ahora también lo sigo aprendiendo de Rosa María Payá, de Luis Almagro, de Laura Chinchilla, de Andrés Pastrana, del Tuto Quiroga y de tantos otros…

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