Opinión

Cuba: fin del deshielo

De un plumazo Donald Trump terminó con el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos que había sido iniciado por su predecesor. Ello tomará la forma de una significativa vuelta atrás en muchos de los temas en que Obama trabajó para dejar un legado de apertura al continente, una herencia permisiva con La Habana que se había constituido en la peor y más extemporánea barbaridad que pudiera ocurrírsele a un presidente de vocación democrática.

Para el gobierno de la gran potencia, si la política de aislamiento a Cuba no había surtido el efecto deseado después de varias décadas de ostracismo, ello era razón suficiente para intentar otras vías para rescatar al enfant terrible del hemisferio.

Con el deshielo, Obama había alimentado en la cabeza de sus líderes la esperanza de una nueva era económica para Cuba, la que con poco esfuerzo podría materializarse dentro de un horizonte temporal cercano.

Tal política de brazos abiertos le había dado poca o ninguna importancia al hecho de que el gobierno atrabiliario de La Habana hubiera activa y perversamente invertido los últimos 18 años en replicar su modelo comunista en Venezuela. Ningún resquemor despertaba en el norte el hecho de que, con la complicidad de Hugo Chávez, Nicolás Maduro y sus adláteres, se hubiera acabado por completo con la economía venezolana, se hubiera empobrecido en niveles grotescos su sociedad, se hubieran secuestrado las libertades, se hubiera impuesto el más craso irrespeto de los derechos humanos, se hubiera defenestrado la democracia.

Tampoco los asesores de Obama llamaron su atención sobre cómo desde La Habana se procuró la facilitación venezolana en el proceso de “pacificación” de Colombia encaminado a trasladar la violencia guerrillera de ese país al suelo vecino, ni nunca se puso de relieve ante los ojos del mandatario que la narcotización de Venezuela –consecuencia inevitable de lo anterior– resultaba en extremo útil para más de un fin, entre ellos generar alianzas y recursos para desarrollar acciones terroristas en complicidad con otras fuerzas similares del planeta.

Estos dos elementos, narcotráfico y terrorismo, aunado con la corrupción rampante que comenzó a imperar en las filas del gobierno y de las fuerzas armadas de la revolución bolivariana fueron una campanada de alerta para el gobierno por estrenarse del presidente Trump.

Un buen aporte han hecho unos cuantos países de la comunidad latinoamericana y la OEA encabezada por Almagro, al dejar al descubierto con todo su dramatismo las falencias del país venezolano, la ausencia de democracia y la relación de causalidad con las acciones desplegadas y estimuladas  por Cuba en soporte de las tropelías gubernamentales. Así fue, pues, como se armó un mejor piso para que se haya detenido la permisividad de Estados Unidos con Cuba y para aplicar sanciones a muchos responsables en Venezuela.

La reversa norteamericana en su política hacia Cuba no operará en todos los campos, pero el mensaje a los cubanos ha sido claro: la administración Trump es capaz de desandar lo andado y de imponer un viraje en las políticas que no hacen sentir cómodo al presidente.

El caso es que a la nación cubana, con este movimiento de la primera figura norteamericana, le va a tocar agenciar una forma diferente de reinserción continental sin la muleta de Washington.

La hora será dura, en lo sucesivo, para La Habana, acostumbrada como ha estado a beneficiar de una irrestricta solidaridad en lo económico y en lo político de parte del gobierno dictatorial de Caracas. Inmiscuirse en los asuntos internos y llevar de la mano al país a través cada uno de los atajos que les ha permitido mantenerse en el poder y secuestrar las libertades ha sido la tónica y lo seguirá siendo porque la eyección del poder del chavismo los dejará huérfanos de complicidades.

Pero es el caso que Venezuela deberá hacerle frente a una crisis económica sin precedentes, crisis que no será resuelta ni por una eventual subida de los precios del petróleo.

Ni queriéndolo, Venezuela podrá mantener la dádiva hacia Cuba. Y ello ocurre en el momento en que Donald Trump le acaba de sacar a Cuba la alfombra de debajo de sus pies. La suerte está echada. Los dados estaban en la mano del nuevo mandatario gringo y los jugó de manera adecuada. Los días que le quedan al gobierno actual venezolano son pocos. Los que le restan a la Cuba comunista de los Castro están muy atados al fin del totalitarismo en Venezuela.