Opinión

¿Cuánto costarán las Navidades y lo que nos espera?

Poco importa a quiénes se les hayan adjudicado gobernaciones o alcaldías, ni cuántas ni cómo, o si se juramentaron en la írrita y fraudulenta asamblea constituyente cubana, el verdadero problema sigue no solo siendo el mismo, sino que será peor. ¿Sabe usted cuánto cuesta un simple pan salado? ¿Cuánto costará el pan de jamón?, que la inmensa mayoría de los venezolanos –salvo afortunados bolichicos, bandidos, encubridores y testaferros o algún muy rico que pase Navidades en Venezuela– no podrá adquirir. Recuerde cuánto le costaron las pocas hallacas que se comió entre familia y amigos el año pasado, ¿tiene idea cuánto costarán en este fin de año? Difícil hablar de Navidades, tal como van las cosas, serán tristes y muy escasas.

No interesa cuántos planes políticos diseñe, anuncie y trate de implementar el gobierno de Maduro, los hermanos Rodríguez y demás cómplices siguen sin tomar las medidas que realmente deberían poner en marcha, las que empiecen a componer la economía, que a estas alturas será, en el mejor caso, una tarea parsimoniosa, difícil, dolorosa y prolongada. Detalle que los cada vez menos creíbles dirigentes de la desahuciada oposición/MUD deberían saber y temer, porque si acaso llegaran a gobernar en vez del madurismo, eso es precisamente lo que tendrían que hacer y enfrentar; salvo alguno que otro, hasta ahora no han dado señales de que sepan cómo.

La economía ha sido retorcida, exprimida, desautorizada, desarmada a lo largo de 20 años –para no recordar tiempos anteriores de controles y distorsiones, corrupción incluida–, arrinconada, despellejada, ahora estamos en la ruina y sin esperanzas. Con hambre, sin dinero suficiente para llenar estómagos, y sin que se asome siquiera una pequeña salida, parece no haber luces para el final del túnel.

Es lo que se nos viene encima, tenga cada quien cuantos “espacios” quiera, mientras la asamblea nacional castrista constituyente solo se ocupa de darle mateos y escribir, o reescribir, los deseos políticos del pináculo oficialista. Que al final tendrán que irse, serán juzgados en tribunales internacionales; gastarán buena parte de sus fortunas en costosos abogados, y pocos países los quieren en sus territorios. Es posible, terminará pasando, solo que nadie sabe cuándo ni cómo. Y, mientras, más tendremos que padecer los venezolanos.

Pareciera que salto a salto va montándosele el gato en la batea al madurismo. Que hasta antes de la desastrosa revolución chavista, después degradada a madurista –ambas castristas, de todas maneras– era simplemente impensable; siempre existente más o menos, pero habitualmente parte del paisaje de estadísticas.

¿Les suena “default”? Es el felino que exhibe las garras y los acreedores de Venezuela se estarían organizando para cobrar previendo una posible moratoria de pagos. Eso no significa que el gobierno de Pekín –quizás el principal acreedor– forme parte, ni los rusos parecen muy convencidos de integrarse.

Los que se están organizando son mucho más peligrosos, porque no cederán por nada que no sea dinero en efectivo y costosos acuerdos muy claros, seguros y bien respaldados. Son los numerosos fondos de inversión y firmas inversionistas –prestamistas– que poseen bonos del gobierno y Pdvsa, instituciones que tienen dinero, aman la riqueza y carecen de compasión.

El régimen se prepara para un aislamiento internacional severo, e intenta unificarse contra el enemigo externo y cuenta con sus amigos cómplices en la mesa de Santo Domingo, de la que un florido diputado calificó el clima de la reunión como positiva y constructiva. La economía es hipersensible a la radicalización del discurso político: tipo de cambio, inversión, producción, inflación y deuda. Se asumen dificultades para importar alimentos, materia prima y bienes. Se avecinan tiempos con una escasez nunca antes vista; serán difíciles y complejos. Sean prudentes en sus consumos de medicinas, bienes o alimentos regulados o de difícil acceso. Será una situación seria, de alto costo político, inviable tanto económica como productiva. La hiperinflación y el tipo de cambio arrasarán la ya muy débil economía venezolana.

Solo nos queda echar adelante como podamos, aplicando el viejo y poco político refrán de “para atrás ni para coger impulso”. Tenemos por delante nuestro propio desierto que debemos cruzar sin comida, agua, líderes, orientación, solo nos queda la intuición venezolana. Nebulosa, quizás, pero siempre confiable.