Opinión

Cuando los rojos acusan

Karl Krispin

Los crímenes de la izquierda no se cuentan porque la izquierda no los considera como tales. Los dos genocidas más grandes de la historia han sido Mao y Stalin. Mao Tse Tung o Mao Ze Dong, cualquiera que sea la grafía para identificar a este forajido, tiene en su haber tantos cadáveres que podríamos adjudicarle la frase de su camarada Josif Stalin, pródigo también en el crimen, de que “la muerte de un hombre es una desgracia y la de millones, una estadística”. Es tal el grado de enajenamiento de la izquierda con sus delincuentes que puede ser hasta chic un desfile de modas parisino inspirado en el cuello Mao, o colgar un afiche de la República Popular China que reproduzca el gran salto adelante. Si por el contrario, alguien decide montar un póster del caudillo de España, Francisco Franco, será catalogado como un repugnante cerdo fascista, enemigo del pueblo. A Karl Lagerfeld le pareció sublime y delirante organizar un desfile en La Habana, con motivos de la revolución de los barbudos que instauró el totalitarismo en la isla. No sé si el diseñador y sus chicas se lo cuestionaron moralmente. Su jineterismo no se los permitió. En nuestro país alguna oposición prefiere clasificar al régimen como fascista en lugar de comunista, porque todavía algunos rumian con el recuerdo de las internacionales del pasado.

En la Inglaterra de John Locke y el Bill of Rights, en el país de Churchill, el doctor Johnson, Alexander Pope, Benjamin Britten o Cyril Connolly, también nacen seres deformes. No me refiero a los que tengan por desgracia llegar a este mundo con el infortunio de una discapacidad, sino a los que anidan en su mente el deseo del asesinato en masa. Son los deformes como Mao, Stalin, Adolf Hitler o el Che Guevara con su fusil en el paredón. En el mundo de hoy, estos homicidas en potencia visten de corbata y calzan lustrosos zapatos de hebilla. Y cuando pontifican, se refieren a la muerte con argumentos de naturaleza deportiva. Uno de estos contrahechos se llama Ken Livingstone y fue durante varios años el alcalde de Londres.

Ken el Rojo acaba de glorificar que lo que sucede hoy en Venezuela se debe a que Hugo Chávez no mató a los oligarcas en su tiempo. Este ruin, al que Scotland Yard le tocaría abrirle una investigación penal por instigación a delinquir, y a quien el Laborismo debería expulsar definitivamente de sus filas más allá de suspender su militancia, peca con entusiasmo de ignorancia porque los únicos oligarcas de esta comarca son los dueños del Estado. La economía del país la controlan quienes asaltaron el tesoro público. Culpar a los ricos siempre es tentador y las guerras económicas son el nuevo escenario. En su partido dijeron que hablaba en su nombre. Este tipejo no habla: escupe.