Opinión

Crisis y liderazgo: la hora de la rebeldía

“Estamos en medio de la más grave crisis de nuestra historia y, como no podía ser menos, sufrimos de su causa y consecuencia: una espantosa carencia de líderes. Venezuela está huérfana de líderes. Reconocer y respaldar a quien calce los puntos para asumir la conducción de nuestras fuerzas hacia el desalojo de la dictadura y la reconstrucción de nuestra democracia es asunto de vida o muerte. Pero no es una misión imposible: el líder –hombre o mujer, poco importa– debe ser íntegro, creer profundamente en lo que predica, despreciar el acomodo y la sumisión, ser rebelde ante todo poder establecido y coincidir en espíritu e ideas con los deseos de la mayoría de los venezolanos. Es hora del respaldo. Es hora de entregarle el poder a los mejores”

Si sus acciones inspiran a otros a soñar más, 

a aprender más,lograr más y crecer más, entonces, usted es un líder

John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos (1825-1829)

A María Corina Machado y Soy Venezuela

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Las graves circunstancias por las que atravesamos han puesto en el centro de nuestras preocupaciones el problema de la crisis del liderazgo. Venezuela carece de un liderazgo reconocido nacional e internacionalmente. La MUD agoniza y su desprestigio internacional nos pone en graves dificultades ante nuestros aliados.

La orfandad de liderazgo que sufrimos es extremadamente grave. Sobre todo en momentos de trágica pérdida del poder, como la que sufrimos, pues como bien lo señala uno de los grandes líderes europeos contemporáneos, Felipe González, “la naturaleza del liderazgo se percibe con mucho más claridad cuando se ha perdido el poder que cuando se lo está ejerciendo” (1).

Se es líder en las malas, no en las buenas. Cuando se debe luchar contra la corriente, no en la cresta de la ola. Y quienes se creen líderes deben demostrarlo no mientras disfrutan del poder, sino cuando ya lo han perdido. Incluso, como lo afirmase en una muy feliz metáfora otro de nuestros líderes cercanos, el chileno Ricardo Lagos, cuando ya a punto de dejar el poder demuestra que sabe hacer sus maletas. Como supiera hacerlas, y ¡con cuánto decoro y sabiduría!, Rómulo Betancourt, el líder más emblemático de nuestra existencia política y quien además de sentirse orgulloso de haber culminado su mandato sorteando todos los golpes y atentados de la izquierda y derecha extremas en su contra –recomiendo al respecto la lectura de la importante obra del historiador Edgardo Mondolfi, Temporada de golpes. Las insurrecciones militares contra Rómulo Betancourt (2)– y de haber demostrado que Venezuela podía ser gobernada sin robarse un solo bolívar, por cierto con el dólar a 3,35 bolívares, se negó a volver a postularse, así la Constitución se lo permitiera, prefiriendo alejarse de Venezuela para no interferir en el curso de su posterior desarrollo político.

Otro sería nuestro presente y muy posiblemente nos hubiéramos ahorrado esta cruenta y estúpida tragedia si Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera hubieran seguido el ejemplo. Y en lugar de satisfacer sus mezquinas ambiciones de poder le hubieran abierto el paso a sus mejores y eventuales sucesores. Un Antonio Ledezma el primero, un Oswaldo Álvarez Paz, el segundo. Pues la reelección de ambos caudillos civiles y las pugnas que desataran al impedir la renovación de los respectivos liderazgos y el rejuvenecimiento de sus partidos fueron algunas de las causas más gravitantes de nuestro extravío.

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Vuelven a regresar de Santo Domingo quienes se consideran los líderes de la oposición venezolana y quienes, desoyendo todas las advertencias y los sabios consejos de nuestra Iglesia –incólume en su ejemplar liderazgo religioso y moral, incluso político– y dándole la espalda a los sectores críticos de nuestra oposición, caen de nuevo ciega y torpemente en las celadas del régimen. Cumpliendo fielmente y a cabalidad sus propósitos: fracturar la unidad opositora y traicionar los anhelos libertarios de la sociedad civil, maravillosamente expresados en el curso de 2017 con el sacrificio de 140 mártires y el plebiscito popular del 16 de julio. Una sordera y una ceguera tan abrumadoras de parte del llamado G-4 que cabe preguntarse si la decisión de ir a República Dominicana obedecía a inconfesables acuerdos palaciegos entre las direcciones del llamado G-4 y la cúpula dictatorial.

Duele tener que llegar al extremo de considerar la posibilidad de que medien intereses espurios y mezquindades personales y de que las dirigencias legitimadas por el régimen antepongan sus propios intereses a los de Venezuela. Incluso, de que puedan ser susceptibles a la estrategia de la compraventa política puesta en práctica por el chavismo con una inescrupulosidad solo imaginable en Mussolini, en Hitler y en Stalin. Es, por cierto, el principal aporte del chavismo a la práctica revolucionaria de la región: la compra, remate y liquidación de ideas, almas y partidos. ¿O alguien puede creer que Rodríguez Zapatero y sus compinches de la Internacional Socialista proceden por idealismo y amor al arte?

El mismo Felipe González afirma en el libro citado que “en general, a un líder no lo define la voluntad de serlo –aunque la tenga– sino los resultados de lo que hace” (pág.18). A juzgar por los resultados de lo que han hecho los sedicentes líderes de la oposición venezolana agrupados en la llamada Mesa de Unidad Democrática, a ninguno de ellos les cabe el título honorífico de líder. Eso, que debiera alertarnos respecto de las acciones futuras a emprender para sacudirnos el yugo de esta dictadura, que ya llega a los extremos de la disolución y muerte de la República, debe conducirnos a interrogarnos por el líder que nos merecemos y necesitamos con extrema urgencia y el papel que hay que desempeñar para reconocerlos y respaldarlos.

¿Cuenta la sociedad venezolana al día de hoy con un liderazgo a la altura de los tiempos de crisis que vivimos? ¿Capaces de actuar sobre el terreno en función de una conexión profunda y esencial “entre un discurso político, en el sentido más noble de la expresión, y un ethos mayoritario, es decir, una aspiración conjunta que expresa la identidad y los deseos mayoritarios de un país”? “Esa aspiración mayoritaria” –continúa Felipe González– “no lleva a los ciudadanos a apoyar en las urnas un determinado liderazgo político, pero sí, si este de verdad lo es, a respetarlo e incluso valorarlo positivamente”. (Pág. 22). Una sabia advertencia a quienes creen que para ser un líder hay que saber ganar elecciones o “puntear en las encuestas”, prefiriendo confiarse en “los numeritos” de mercantiles empresas demoscópicas que en el valor y la grandeza política de un líder. Es esa, por cierto, la más grave de las enfermedades de que padecen los jefes de los principales partidos políticos venezolanos.

Es la hora de un líder auténtico, vale decir: la hora de la rebelión. Por contradictorio que parezca, ese líder debe ser todo lo contrario de un cordero sumiso y dispuesto a correr a aliarse con el gobernante de turno dándoles las espaldas a quienes encabezan la rebelión: “A veces se dice que el líder ha de aceptar la realidad como es, acatarla tal como viene planteada. Yo, en cambio, creo que el líder de un proyecto de cambio tiene que ser por definición rebelde: en primer lugar, rebelde consigo mismo; en segundo lugar, rebelde frente a lo que no le gusta de la sociedad o del mundo; y, finalmente, rebelde respecto a las circunstancias que dificulten el avance del proyecto que se pretende.” (Ibídem, pág. 23.)

Estamos en medio de la más grave crisis de nuestra historia y, como no podía ser menos, sufrimos de una espantosa orfandad de liderazgo. Reconocer y respaldar a quien calce los puntos para asumir la conducción de nuestras fuerzas hacia el desalojo de la dictadura y la reconstrucción de nuestra democracia es asunto de vida o muerte. Para nosotros y nuestra descendencia. Debe ser íntegro y de una insobornable moralidad, creer profundamente en lo que predica, despreciar el acomodo y la sumisión, ser rebelde y coincidir en espíritu e ideas con los deseos de la mayoría. Es hora de comenzar a desalojar a los falsos líderes y respaldar a los verdaderos. O no sabremos desalojar a la tiranía. Es el imperativo categórico del momento.


[1] Felipe González, En busca de respuestas. El liderazgo en tiempos de crisis. Debate, Barcelona, 2013. Pág.17.
[2] Edgardo Mondolfi Gudat, Temporada de golpes. Las insurrecciones militares contra Rómulo Betancourt, Editorial Alfa, Caracas, 2015.