Opinión

El costo de la irracionalidad

Las contradicciones se han apoderado de la dinámica económica nacional. El gobierno se empeña en endosarle a componendas externas de países enemigos el destrozo de las variables nacionales, cuando la realidad es que lo que ha sumido al país en una debacle de grandes proporciones es la sumatoria de decisiones profundamente equivocadas en el terreno de lo económico y la desatención al manejo de las enormes dificultades cambiarias y monetarias que el propio gobierno ha desatado. No existe ninguna racionalidad en nuestra dinámica económica ni congruencia alguna entre los elementos que la componen. Imperan el sinsentido y la contradicción.

Un elemental ejercicio numérico ilustra la dramática irracionalidad que describimos y de la cual no somos culpables sino nosotros mismos. Una gandola de combustible transporta 38.000 libros de gasolina. Esta carga de un camión cisterna, al precio de un bolívar por litro para el combustible de 91 octanos, representa 38.000 bolívares. Haciendo 20 viajes en un mes, la factura del combustible transportado suma en un semestre 4.560.000 bolívares, que al cambio del mercado no oficial llega hoy apenas a 2 dólares. Si en lugar de emplear la tasa del mercado no oficial, utilizamos un valor cambiario aceptado por nuestras autoridades, es decir la tasa de 1.303.000 bolívares por dólar aplicable a las transacciones asociadas al envío de remesas a través de las empresas autorizadas por el gobierno, esta operación semestral arrojaría el resultado de 3,28 dólares.

La distorsión se vuelve más evidente cuando se mira lo que ocurre en otras economías. Del otro lado de la frontera colombiana, un litro de gasolina se vende, grosso modo, en 0,8 dólares. Si utilizamos ese precio al consumidor en la tierra vecina –es decir, sin ir tan lejos como considerar el precio en una estación de gasolina en Estados Unidos o en Europa– en esos mismos 6 meses el ingreso por los 38.000 litros alcanzaría la suma de 3.648.000 dólares, muy lejos de los 2 exiguos dólares facturados en Venezuela.

La falta de racionalidad económica del precio del combustible en el mercado nacional se hace más palpable si vamos un poco más lejos y examinamos por comparación el costo del mantenimiento de uno solo de los componentes del carro tanque en el que se transporta la gasolina. ¿Cuál ha sido en estos mismos 6 meses el costo de los neumáticos de la gandola, cada uno de los cuales cuesta 200 dólares y cuya duración promedio se calcula en 40.000 km? A un promedio de 300 km por viaje, la gandola habrá recorrido en el semestre 36.000 km. La reposición de los 20 cauchos de cada unidad, en consecuencia, sería de aproximadamente 4.000 dólares. Salta a la vista que el valor en Venezuela de la gasolina transportada a lo largo de 6 meses por un carro tanque de 38.000 litros –2 dólares a la tasa innombrable y 3,28 dólares a una tasa oficial– dista mucho de poder pagar el valor de reposición de una sola de las llantas del vehículo.

No es preciso recordarle al lector que no es en Estados Unidos donde se fija el precio de venta de un litro de este subproducto de nuestra riqueza primaria y principal fuente de ingresos. La decisión se toma en Venezuela, por venezolanos. Estamos, pues, claramente ante una de las múltiples incongruencias producidas por políticas mal diseñadas y por la demostrada incapacidad para comprender la economía y manejar sus variables. Para nada interviene, ni en este ni en otros casos, la mano de ninguna potencia extranjera animada del deseo de destrozar la economía revolucionaria. Ha sido atribución única de nuestras propias autoridades, las que han gobernado el país por casi dos décadas, preservar responsablemente el patrimonio que les fue encomendado. Es su responsabilidad.

Solo en el terreno del precio de los combustibles en el mercado interno, y repito que no es más que un ejemplo con fines ilustrativos, nos encontramos hoy de cara a una distorsión creciente, una asimetría inalcanzable y de muy difícil solución a falta del capital político y de la fuerza gerencial necesarios para enderezar los entuertos.

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