Opinión

La cosecha de su fracaso

¿Cómo ha evolucionado Venezuela desde 1998 hasta nuestros días? Por lo visto no hemos llegado a ninguna parte, porque partimos de la nada. Dejamos el destino del país en manos de la adoración, el culto a un fallecido, ya que Hugo Chávez murió sin conocer la cosecha de su fracaso. Eso demuestra la prioridad del sargento necesario para que funcionemos como nación.

Justificamos como país la necesidad de un hombre fuerte. Las leyes y las instituciones que forman el Estado venezolano no cuentan, solo la impronta del caudillo, solo sus ejecutorias.

Eso de autonomía de los poderes públicos no cuaja ante una realidad de compatriotas acomodaticios, donde impera el terror de actuar en pro de sus derechos. Cualquier intento para cambiar la realidad política, que nos agobia y minimiza nuestras libertades, es reprimida con gas del bueno y encarcelamientos sumarísimos, porque en esta tierra la ley se aplica de forma discrecional, dependiendo de tu afiliación partidista, unos son más venezolanos que otros.

Los muertos no hacen mella, porque son compatriotas de otra tolda política, su sacrificio no produjo cambios, ni siquiera se despeinaron los bolivarianos en rechazar esos viles asesinatos. Con la escasez, pregonan que el pueblo se debe adaptar; con la inflación, que reajusten el presupuesto familiar. La inseguridad es una sensación, pero para evitar, hay que cambiar hábitos y costumbres, para garantizar un día a la vez de vida.

Millones de personas se deben sacrificar, para que el cónclave revolucionario pueda disfrutar de sus privilegios. Solo con consignas expresan ser de izquierda, pero viven como capitalistas del primer mundo, con ingresos de magnates de transnacionales.

Nos educan para conformarnos con migajas; nos instruyen para que adoremos a un golpista, para que el venezolano sienta que no es capaz de tomar sus propias decisiones para construir su destino, porque siempre necesitará que otros los dirijan, para esperar ser beneficiado con dádivas, por mostrar adhesión sin cuestionamientos, sin importar estar descalzos, pasar hambre o sufrir escasez, los bolivarianos están primero que el pueblo.

Se proponen la sumisión a través de la subordinación, transformando la educación al basarla en principios de obediencia y mando, y así garantizar el orden institucional. Es decir, que los ojos de Hugo Rafael, mirando fijamente, puedan controlar a la sociedad.

Es precisamente en la miseria, la enfermedad y el miedo generalizado donde tiene auge el socialismo, con su repartición equitativa de la pobreza. La Venezuela actual, después de 18 años de revolución, tiene 2 cosas: penuria e ignorancia. Los venezolanos nos hemos convertido en analfabetas funcionales. El nivel de vida de nuestros connacionales es de extrema carencia, y necesitan buscar en la basura algo para poder comer, ya que los ingresos no alcanzan para costear alimentos; se le suma además la escasez, la macrodevaluación de nuestro signo monetario y una galopante e indetenible hiperinflación que superará cualquier pronóstico al cerrar 2017. Eso confirma que la revolución se sostiene con esos dos pilares. Si logramos convertirnos en un país próspero, y alcanzar un nivel de vida como los del mundo occidental, la gente no querrá revolución. Pero nada es eterno, ni el Comandante, sin importar las veces que sea recordado, retransmitido, difundido, publicado o santificado. Nuestro deber como venezolanos es levantar la poca voz que la cobardía permite, ya que no tenemos un Estado que nos garantice el derecho a la vida, a la propiedad y al libre pensamiento. Hacer valer la justicia y auspiciar en democracia los cambios necesarios, sin violencia, es el deber de todo ciudadano.