Opinión

La cosa es más profunda que ir a elecciones

Gracias a Dios que el diálogo en Dominicana fracasó. Gracias a Dios, porque ninguna de las peticiones del régimen podía ser aceptada. La constituyente no podía ser legitimada. Las sanciones internacionales tampoco iban a ser levantadas. No dependen de un firmazo de la oposición democrática, sino de que su liderazgo demuestre dentro y fuera del país que es un liderazgo confiable. A la MUD le tocaba plantear como punto principal e irrenunciable la realización de unas elecciones presidenciales limpias, incuestionables, que el régimen nunca iba a aceptar. Y así lo hicieron, tanto la MUD como el régimen.

Las agrupaciones y personalidades de oposición en desacuerdo con la MUD estuvieron equivocadas en atacar el diálogo. Como lo estuvieron al promover la abstención en las elecciones de gobernadores. Su equivocación reside en que basan sus decisiones más apegados a principios moralistas que políticos y no presentan alternativas frente a lo que se oponen. Pecan, igual que los partidos que integran la MUD, por carecer de una estrategia. Aun cuando de lado y lado haya acciones puntuales encomiables, sobre todo en el exterior.

Ni el diálogo ni las manifestaciones callejeras ni participar en elecciones es malo o bueno per se. Lo que es malo es hacerlo sin un plan, sin prever los movimientos del adversario, y, peor aún, sin comunicación real con el público principal, el pueblo, el venezolano de a pie, el que pasa hambre, el que se muere por la ausencia de servicios médicos y de medicinas, el que no le alcanza para comprar la comida ni nada esencial, al que le falta la luz y el agua, y al que asaltan, secuestran y asesinan.

Ir a dialogar con el régimen en República Dominicana parecía no tener sentido porque se sabía que el régimen no iba a ceder y más bien pedía lo imposible. En eso se afincaron quienes todo lo niegan del lado opositor, pero no proponen nada y hacen poco. Pero el “fracaso” del diálogo demostró precisamente que sí tenía sentido ir a verle la cara muy lavada a los hermanos Rodríguez y a Chaderton, mientras ellos acentuaban la represión en el país y le negaban a los mismos partidos con quienes ellos supuestamente negociaban la legalidad necesaria para competir en buena lid por un cambio democrático de gobierno. El diálogo hizo más evidente, sobre todo frente a la comunidad internacional, la calidad de gobernantes que tiene hoy Venezuela. Chile y México lo vivieron y lo sintieron, y su voz tendrá un peso significativo entre otros demócratas latinoamericanos, lo cual ayuda a construir mejores condiciones para auspiciar medidas colectivas de otras naciones contra el régimen chavo-madurista. En suma, no había nada que negociar, pero sí había que ir a dialogar.

Algo parecido ocurre con el dilema de las elecciones presidenciales de abril. Está bien que los partidos integrantes de la MUD debatan si participan o no. Pero de nuevo, lo que haya que hacer debe estar enmarcado en una estrategia general.

Hay situaciones evidentes a considerar. No descubro el agua tibia. Lo primero es que el CNE actual no es el mismo ni siquiera de cuando ganó Maduro sus presidenciales. Quienes lo dirigen son las mismas personas, pero hoy día no tienen ningún interés en guardar apariencias. La militancia con el régimen la muestran sin empacho. Y actúan en comandita descarada con el Tribunal Supremo para pasarse por el forro la Constitución y las leyes. Es decir, la probabilidad de una elección que siquiera parezca limpia a los ojos de algunos es remota. Con ello, un triunfo de la oposición se daría solamente con una votación de sus partidarios mucho más que apabullante. Y esto no va a ocurrir jamás con una oposición dividida, con unos que llaman a votar y otros que piden abstenerse dizque para no legitimar. Participar entonces solo tiene sentido si se es consciente, en primer lugar, de que con ese CNE tramposo no se va a ganar. Tiene sentido si la participación de la oposición, sea como sea, busque lo que busque, responde a una estrategia unitaria, de todo el liderazgo opositor.

El debate de todos los líderes opositores debería ser más bien sobre cómo se debe participar en ese proceso, no necesariamente si se participa o no. De nuevo, sentarse a hablar con el régimen, realizar acciones de calle y participar en procesos electorales no es malo ni bueno per se. Lo importante es que todo se inscriba dentro de una estrategia bien elaborada que tiene como norte salir de este régimen ilegítimo y usurpador. Entonces, se puede participar en el proceso inscribiendo un candidato simbólico, se puede participar sin inscribir candidato, se puede crear un proceso de elección paralelo, llamando a la gente a votar a unos puntos escogidos por la oposición, y lo último de lo último, llamar a la abstención.

Un elemento esencial del accionar político –y aquí nos anotamos con Perogrullo– es la comunicación asertiva con las masas. Los líderes políticos a veces parecen olvidar lo obvio, que no son líderes sin masa, no son líderes si no tienen a quién dirigir y orientar. En Venezuela nadie discute que la inmensa mayoría del país quiere salir de Maduro y de su régimen, que esto no funciona, pero hay unos cuantos que todavía sueñan con Chávez, a pesar de que Maduro y su régimen son obra de su creación. Y es que “la crisis de la MUD” de la cual últimamente se habla consiste en que la clase media le ha perdido el respeto a la dirigencia política democrática actual, por sus improvisaciones, y las clases populares no saben quiénes son sus líderes, y si los conocen, no confían en ellos, porque no sienten que le aportan soluciones a sus problemas cotidianos, no se sienten acompañados en sus rabias ni manifestaciones, no hay una relación orgánica ni inorgánica con los sectores populares, que hoy día salen en bandadas hacia Colombia y Brasil carentes hasta de esperanzas.

En Dominicana era y es pertinente exigir condiciones electorales y la liberación de los presos políticos, pero dentro del país lo que es pertinente es luchar codo a codo con el pueblo. Y esa no es la labor ni de los periodistas ni de los opositores del teclado; esa es la labor de los políticos, de los que aspiran a dirigir los destinos de un país.

Hace tiempo que se les ha venido exigiendo a los líderes democráticos que actúen de acuerdo con una estrategia, que si es unitaria es mejor. Y uno se pregunta, con el nivel de gravedad que tienen los problemas en Venezuela, con el hambre y las carencias actuales ¿cómo es que no se ponen de acuerdo y diseñan de una vez por todas un plan articulado, que incluya acciones de diverso tipo, en distintos frentes, afuera y adentro, que dé fin a la improvisación y al agarrarme desmarcado? La clave me parece que está en ponerse al lado de la mayoría y dejar de mirarse en el espejo, de mirarse entre ellos, de mirarse y solo discutir entre iguales, de no dar por sentado que cuentan con el apoyo de los descontentos. Me parece que está más en ponerse de verdad del lado de la gente, de la mayoría que sufre y que son cada vez más, escuchar y acompañar, llenarse de más sensibilidad.

En las redes sociales proliferan los videos de venezolanos humildes que se enfrentan a soldados y a otras autoridades por distintos desmanes y humillaciones: en el campo, en la ciudad, en estaciones de gasolina, cuando pelean por adquirir un producto cualquiera de primera necesidad. También se ven asaltos a camiones de comida y otros productos, iniciados quizás por elementos delictivos, pero aprovechados luego por gente con hambre y en la miseria. Cuando uno ve eso, uno se pregunta dónde están los políticos. Uno siente que esa gente está y se siente desguarnecida. Anda por su cuenta.

Los dirigentes políticos democráticos tienen que dejar de creer que la solución a la inmensa crisis del país va a salir de entre ellos solos. Cuando dejen de ver cómo me cuido de María Corina o de Leopoldo, de Capriles o de Ramos Allup, de ver si el candidato es Lorenzo Mendoza o Falcón. Cuando acompañen al que se siente abandonado y acorralado estarán en capacidad real de diseñar el camino para salir de la claque inepta y corrupta que desgobierna al país.

Es como cuando Oscar Pérez estuvo acorralado y pedía su rendición, pero murió acribillado. El drama lo vimos en vivo y lo sufrimos, y la MUD reaccionó desde Dominicana solo cuando la acusaron de ser cómplice de la rebelión del ex policía, no cuando se desarrollaban las acciones y casi ni siquiera cuando se supo que estaba muerto.

Aquella visión clasista, despectiva y distante que pronosticaba que cuando los cerros bajen se cae el régimen debe dar paso a una más sensible e inclusiva. Por aquella visión tuvimos a Chávez y nos seguimos calando a Maduro. Los cerros hace tiempo que bajaron y lo hacen todos los días, lo que pasa es que no encuentran quien los dirija.