Opinión

Cortocircuito (in)comprensible

En la mayor parte de la comunidad internacional enfrentada al régimen venezolano y el sector que ha sido parte del diálogo zapateril ha habido un cortocircuito casi permanente. Resulta incomprensible que mientras más apoyo logra la causa democrática en el mundo entero, haya partidos y dirigentes que se ponen perezosos a la hora de reconocerlo e impulsarlo. De estos, hay quienes argumentan que la línea opositora no puede ser impuesta desde el exterior; que son los dirigentes nacionales los que tienen la primacía a la hora de la estrategia, y que mejor sería un apoyo a la causa democrática mediado por la ex MUD o por los negociantes del G4 (ahora G3 y pronto G0 –G cero–).

En esta larga marcha de lograr apoyo internacional la lucha en la calle, desde 2014 hasta 2017, ha sido determinante. A un costo demasiado elevado esas luchas cumplieron el papel de abrir los ojos a un mundo demasiado ocupado en otros asuntos considerados más importantes. Ha habido momentos luminosos, uno de ellos fue cuando el secretario general de la OEA, Luis Almagro, tomó la causa venezolana como suya. Igualmente, el apoyo formidable de los ex presidentes agrupados en IDEA, así como el movimiento sancionatorio progresivo de Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea. Partidos políticos y líderes de todo el planeta se han manifestado en la misma dirección.

Este apoyo magnífico se ha debido, en muchos casos a un espíritu de solidaridad ante la violación sistemática de los derechos humanos (recientemente llevados a su más grotesco nivel con el asesinato ordenado por el régimen de Óscar Pérez y sus compañeros) y la monumental corrupción de 18 años, la cual acaban de descubrir varios protagonistas para enfrentar a otros protagonistas. Pero, además, están los temas de un Estado que internacionalmente es considerado como tomado por el narcotráfico y con vínculos con el terrorismo internacional. Para los norteamericanos, europeos, latinoamericanos, estos no son temas “internos” de Venezuela, sino riesgos de seguridad nacional para sus países. También es una amenaza el intento de condicionar el sistema político de Colombia, México y otras naciones, por la vía del apoyo a movimientos, partidos y candidatos. Por lo demás, desde el día uno Chávez concibió y desarrolló su proyecto con un obvio carácter internacional y solo muy tarde los actores mundiales lo reconocieron.

Lo que sorprende es el rezago de cierta dirigencia, extremadamente local (o interesada), al desconocer e intentar anular lo que significa el movimiento mundial por la democracia en Venezuela.