Opinión

La correa

Rodolfo Izaguirre

La correa, cinturón o cinta es una tira generalmente de cuero con la que nos ajustamos los pantalones para evitar que caigan. Dispone de una hebilla de metal y una púa igualmente metálica, que se inserta en uno de los cinco o seis agujeros que determinan, en la tira de cuero, las dimensiones de nuestra cintura. Se habla también de tiras de cuero sujetas a un mango que sirve para sacudir el polvo. Entiendo que un objeto así alude más bien al presidente ecuatoriano Rafael Correa, un dictador que se las echa de “demócrata” pero acosa a los periodistas y gusta sacudirle el polvo a los medios de comunicación de su país.

¡Todavía hoy se castiga a los niños a correazos, pero a los adultos nos mandan a Ramo Verde!

Nunca lo he escuchado, pero el diccionario habla de “tener una correa” cuando se “sufre con paciencia bromas y zumbas”, chanzas que en la conversación festiva suelen darse unos a otros. Sospecho que si “tenemos una correa” seremos nosotros los que sufrimos cada vez que Nicolás trata de hacerse el gracioso en la televisión a sabiendas que se nos agotó la paciencia para calarnos el suyo y nuestros propios aburrimientos.

Mi correa, de buen cuero italiano, tiene cinco huequitos. Antes, me bastaba cerrar la púa en el último hueco, pero he tenido que abrir un nuevo hueco y distanciarlo diez centímetros del último original para sostener los pantalones, así de flaco me he puesto desde que el chavismo-madurismo instaló la obligada dieta que seguiremos haciendo mientras dure el desastre bolivariano. Por fortuna, encontré en Guarenas una pantalonera que me arregló seis pantalones ajustándolos a mi nueva talla. ¡Una manera “bolivariana” de renovar el vestuario!

Me consuela, en todo caso, saber que Caracas tiene más huecos que mi correa. Los alcaldes de Chacao, Sucre, El Hatillo, Baruta y del área metropolitana acusan a Hidrocapital de llenar de huecos esas zonas por las tuberías rotas que socavan la capa asfáltica. ¡En Chacao hay un tubo roto que ha contribuido con 15 huecos! Se cuentan 80 fugas de agua, y en Baruta, 150. Gerardo Blyde los llama “hidrohuecos”. Dice que en la calle Vizcaya Hidrocapital tiene 3 años colocando una tubería y aún no termina.

Llevo dos años de racionamiento en mi casa pero los huecos siguen perdiendo agua por los tubos rotos o encharcando las calles con aguas podridas. ¡Hay un inmenso agujero negro en el sol que debería preocuparnos, pero no nos importa! Está el tercer ojo (también conocido como el ojo interno) un concepto místico y esotérico de la tradición hindú. Sin embargo, el agujero, el hueco, nos remite coloquialmente a asociaciones escabrosas: socarronamente y en voz baja se le llama “el ojo ciego” y es objeto por igual de procacidades y pasiones poco católicas. Los pueblos primitivos de la India consideraban al agujero como la primera forma de simbolismo que identificaban con el sexo femenino y era, además, la puerta por la cual tenía que pasar el alma para liberarse del ciclo kármico. En cualquier caso, no será por la gran puerta de la historia por donde saldrán Nicolás o su vicepresidente, sino por algún precipitado hueco horadado en la muralla.

En la patética Venezuela supliciada por el régimen militar, ya en las casas, ranchos o viviendas no hay olor a medicamentos sino a carne muerta, y las correas, comparativamente, tienen tantos huecos como la ciudad, y somos muchos los que sostenemos que el infierno existe realmente, pero que vivimos en él antes de morir y no después, obligados como estamos a seguir la dieta “Maduro”, que consiste en comer cada día menos, al punto de que mueren los bebés y, a pesar de que cargan consigo su carnet de la patria, se desmayan los alumnos en el aula por no haber desayunado ni almorzado, y morimos también los adultos, de hambre, en lugar de enamorarnos lentamente, paso a paso, como pide la hermosa canción de Juan Gabriel cantada a dúo con Natalia Lafourcade.

¡Y seguimos abriéndole agujeros a la correa!