Opinión

El corralito de Nicolás

I

Los cubanos saben que una vez al mes tienen su ración asegurada. Que no alcance, que sea poco, es otra cosa; pero no hay duda de que si vas al lugar indicado en la fecha indicada con la libreta que te corresponde, vas a recibir lo que el sacrosanto gobierno revolucionario a bien haya decidido darte, ni más ni menos.

Les resultó un buen invento eso de la libreta de racionamiento, y el racionamiento en sí, a secas. De eso me doy cuenta ahora que pasamos hambre. Por ejemplo, aquella larga cola que vi alguna vez (no me lo contaron) frente al establecimiento de helados Copelia en La Habana tuvo el resultado esperado, cada quien que se formaba con su envase en la mano, su taza de peltre, su platico resquebrajado, salía con su ración del “mejor helado del mundo”, como lo definió el comandante enterrado.

Nadie en aquella fila iba contando los billetes para pagar aquel manjar. Nadie tuvo que hacer primero la cola en una agencia bancaria para ver si tenía suerte de completar el efectivo para darse el gusto del mes. Es una tarjetica, una libretica la que indica si te comiste lo tuyo o no, y no hay pataleo.

Eso sí es saber hacer una revolución para joder al pueblo, al menos hay que aplaudirle a los dictadores cubanos que las cosas las dijeron siempre de frente, sin remilgos ni miramientos. No es que les escondieron, les edulcoraron, tampoco se puede decir que les mintieron, no. Los cubanos saben desde hace más de 50 años que para ellos no hay nada. Claro, la justificación del bloqueo está en el discurso, pero en la práctica, la libreta no miente, es esto lo que decimos nosotros que te toca, y punto en boca. Y con hambre, qué importan las razones, lo he aprendido ahora.

II

La de Fernando de la Rúa en Argentina es otra historia. A él y a su equipo se les ocurrió que si limitaban la cantidad de efectivo evitarían la estampida de capitales. No soy yo quién para evaluar si la medida dio los resultados esperados, pero al menos era un equipo que alguna cosa inventaba para tratar de solucionar el problema que tenían.

El corralito era una camisa de fuerza, nadie en realidad era libre de usar su dinero. Pero, a lo que voy, los argentinos estuvieron claros desde el principio. No estuve allí en aquella época, como en el caso de la fila para los helados, esto lo sé de referencia porque como periodista uno se entera de estas cosas.

Alguien dio una rueda de prensa, una comunicación oficial, desde tal día a tal hora usted solamente podrá sacar del banco esta cantidad de efectivo diario o semanal o mensual. Y sí, la gente se quejó y pataleó, pero la normativa que se aplicó durante un año fue conocida por todos desde el principio. No sé cómo se las averiguaron los queridos argentinos, y ahora entiendo que debió ser una pesadilla. Al menos no les mintieron, no les edulcoraron, no les disfrazaron semejante coñazo. Las razones, vaya usted a saber, pero cuando falta la libertad, poco importan.

III

Aquí tenemos hambre, de libertad y de comida, pero también de sinceridad, de honestidad, y para ser bien materialista, de billetes. Esta banda de ineptos que nos gobierna desde hace más de 18 años ni siquiera son buenos para copiarse las cosas. Ni siquiera son buenos repartiendo comida, y son tan corruptos y malvados que se la cobran a los más pobres.

Ahora, si no tienes el carnet de la patria no puedes comprar la bolsa del CLAP aunque tengas la plata, con lo que se hace evidente que no les mueve el interés de repartir lo poco que hay entre la gente que lo necesita (aunque sea por cubrir las apariencias, como lo hace el régimen cubano), sino el negocio, el chanchullo, el guiso y la más perversa mezquindad política. Es decir, ni la libreta de racionamiento supieron poner en práctica.

Mucho menos podemos pedirles transparencia, sinceridad, discurso claro, honesto para explicarnos el relajo que tienen con los billetes y para admitir que son incapaces de contener los efectos espantosos de la inflación que nos carcome, que ellos mismos produjeron.

Una hora en cola en un cajero automático para sacar apenas 5.000 bolívares no es una medida planificada, es la consecuencia de su ineptitud y su maldad. El corralito de Nicolás no llega ni a cochecito, porque en un corralito el bebé hasta puede caminar, en el cochecito no puede ni moverse.

Ya el dinero no se ve ni electrónica ni físicamente; el trueque tampoco ayuda, porque no tengo nada que cambiar. Faltan días, quizás semanas, para que se paralice todo. Y cuando eso pase, estaremos en campaña.