Opinión

La constituyente va, su Constitución no

En la política como en cualquier juego de estrategia no es aconsejable mostrarle al adversario la ruta que vas a seguir para lograr tu objetivo. Una de las reglas más evidentes del juego de póker es que no se le pueden  mostrar las cartas al adversario. Si lo haces, le estás diciendo cuales son las cartas que tienes para derrotarlo y eso hace que él diseñe su defensa para que eso no ocurra. Guerra avisada no mata soldado, dice el viejo adagio. Bueno, eso es lo que le ha venido pasando a la oposición oficial venezolana.

Cuando el 5 de enero de 2016 el presidente de la Asamblea Nacional, Henry Ramos Allup, le describió a Nicolás Maduro y al país en pleno hemiciclo del Poder Legislativo y en cadena nacional cuál era la estrategia que iban a emprender para desalojarlo del poder en el término de 6 meses, la bancada opositora aplaudió a rabiar. El país se quedó atónito y los primeros sorprendidos fueron los de la bancada del gobierno, quienes se miraban las caras frente a tamaña ingenuidad con la que procedió el veterano dirigente adeco, que por el hecho de los años que tiene en la actividad política ha debido saber que lo que hizo fue advertir al adversario sobre su objetivo como nuevo líder de la Mesa de la Unidad Democrática.

Los números indican que de 50.000 seguidores en Twitter pasó a más de 1 millón en menos de un mes. Ahora bien, Henry Ramos, secretario general de Acción Democratica, quizá por la victoria contundente obtenida en las parlamentarias de diciembre de 2015, y todavía embriagado y eufórico, pensó que tenía el mandado hecho y exteriorizar la ruta no iba a cambiar las cosas.

Pero es evidente que se equivocó. A partir de ese momento la dirigencia del PSUV, aún sin haber terminado de asimilar la derrota, se estaba preparando para las elecciones de gobernadores previstas para diciembre de 2016. Pero todo cambió con los anuncios del presidente de la Asamblea ese día y ante las pretensiones del cogollo de la MUD, los del régimen se atrincheraron a repensar y al unísono exclamaron: “A nosotros no nos sacan del poder antes de 2018”.

A partir de ese momento, eso es lo que han hecho; todas sus actuaciones han estado dirigidas a sabotear las iniciativas cantadas de la MUD. Para ello contaron (y siguen contando) con todos los poderes del Estado, que avalan con sus decisiones “institucionales” los dictámenes provenientes del alto mando político del Partido Socialista Unido de Venezuela. Es así como la oposición propuso el revocatorio y el PSUV les dijo: “No hay revocatorio” y el resultado es de todos conocido, no hubo revocatorio. Las elecciones de gobernadores estaban constitucionalmente previstas para diciembre de 2016 y ante la segura derrota, los del PSUV dijeron que no podía haber comicios porque estaba en marcha el proceso constituyente. Resultado: no se celebraron. Llego el mes de enero de 2017 y el CNE fijó las elecciones regionales para finales de junio. Pero como la crisis continuaba y el costo de la vida seguía golpeando al ya maltrecho bolsillo de los venezolanos, los números en los sondeos de opinión nada que mejoraban para el gobierno y, por tanto, había que buscar otra excusa para no celebrar las elecciones. Maduro, resistido a ceder más espacios de poder, lanza el 1o de mayo la propuesta de la asamblea nacional constituyente, con ello suspende nuevamente las elecciones regionales y de retruque distrae la atención de los gravísimos problemas económicos del venezolano de a pie. En la opinión pública lo menos de que se habla es de la carestía de la vida, de la escasez y del hambre. Todo es referido a la constituyente. En la calle es distinto porque los ingresos simplemente no alcanzan para subsistir.

Otro capítulo lo han constituido las manifestaciones de calle que ya llevan más de 100 días. El pueblo opositor cansado del letargo de su dirigencia le exigía con ansiedad actuar; y la dirigencia de la MUD actuó. Frente a sendas sentencias que le arrebataban las competencias a la Asamblea Nacional y se las autoadjudicaba el TSJ, los partidos agrupados en la Mesa de la Unidad en forma airada reaccionaron y salieron a la calle, y hay que aplaudirlos por eso. Sin embargo, han canalizado, en mi opinión, erróneamente la indignación del pueblo y han conducido a la gente, en especial a los jóvenes, a enfrentamientos callejeros muy publicitados internacionalmente, pero cuyos resultados no han producido el resultado deseado. En primer lugar, hay un hecho cierto y es que Maduro y el régimen siguen en el poder. Mucha gente esperaba que con la manifestación más grande del 19 de abril de 2017, hubiese un levantamiento militar y este no se produjo. Al contrario, siguen aferrados al poder y empeñados tercamente en convocar a una asamblea nacional constituyente que tendrá el respaldo a lo sumo de 20% de la población. Y en segundo lugar porque de esos enfrentamientos lo que ha quedado son jóvenes detenidos, heridos y lamentablemente muertos.

La directiva de la MUD (de buena fe) persiste en su estrategia de calle, pero en ciertas convocatorias han cometido el error de anunciar un destino al cual nunca llegan porque al anunciarlo con anticipación, han puesto en guardia a las fuerzas del orden, que toman las previsiones para que las marchas no lleguen al destino propuesto por la MUD. Publicitar el destino de las marchas (ej. Tribunal Supremo de Justicia, Defensoría del Pueblo, CNE, etc.), le permite al régimen planificar su defensa y frente a su superioridad en materia de equipamiento y capacidad de fuego, impide que las marchas lleguen al destino originalmente propuesto. Viene después la confrontación, los detenidos, los heridos y los muertos. Cada vez que se convoca una marcha para un destino y no se llega al destino, es un revés de la oposición. Los que sí han sido exitosos son los trancones. Ahí sí el gobierno tiene poca capacidad de contrarrestar los efectos de esa modalidad de protesta y han sido un rotundo éxito.

En el barajeo político hubo quienes se pasearon por la idea de participar en la constituyente, pero evaluadas las bases comiciales en las que estaban formuladas para que sí o sí el gobierno ganara, la MUD tomó la decisión correcta de no participar. Hubiese sido insólito participar en esa constituyente convocada por Maduro, en la que le torció el pescuezo a lo que debe ser una sana y elemental interpretación del texto constitucional. En su lugar, sustituyeron su participación en la constituyente por un plebiscito, al que asistimos masivamente como pueblo opositor. Sin embargo, de no haber sido por los rumores difundidos en horas de la tarde del domingo 16 de julio, por uno de los tantos caballos de Troya que tiene la MUD en su seno, de que habían acudido más de 10 millones de personas, la consulta hubiese sido un duro golpe de opinión contra el gobierno. Ya la gente estaba festejando en la calle con caravanas y cacerolazos los supuestos 10 millones de votantes; cuando en la noche el anuncio oficial de la MUD indicó que la cantidad de electores superaba un poco más de 7 millones de personas. Ello desinfló a la gente y frente a la leche derramada hubo que hacer magia para convencer a la militancia opositora de que esa cifra era un buen número. Y como los “rusos también juegan”, el régimen (violando nuevamente la ley) divulgó una conversación privada entre dirigentes de la MUD, en la que uno de ellos le señala al otro el haber inflado la cifra de los que realmente votaron; amén de los videos transmitidos por el régimen en la que una persona votaba más de una vez. Ello, por decir lo menos, generó dudas sobre la veracidad del resultado  anunciado por los rectores de las universidades, garantes del proceso.

En fin, estamos en los últimos cien metros de esta carrera en la que es indetenible la materialización de la constituyente. Independientemente de sus resultados, en el ínterin habrá mucha violencia y de allí saldrá una nueva Constitución que de ser sometida a consulta popular, como lo han manifestado los propios jerarcas del régimen, será derrotada porque este pueblo será muy tolerante, pero no tiene ni un pelo de tonto y sabe que esa Constitución conculcaría los derechos conquistados a través de los años. La que sí saldrá fortalecida de todas todas, para desgracia de Venezuela, es la Constitución chavista de 1999. Rómulo Betancourt y Rafael Caldera deben estar revolcándose en sus respectivas tumbas al ver cómo la propia dirigencia democrática se ha convertido en la más ferviente defensora de la Constitución socialistoide de 1999, que fue la que dio al traste con la carta magna de 1961, la más estable que ha tenido la República desde 1830.