Opinión

Es con usted, señora Bachelet

Los venezolanos no estamos para rodeos. Se nos agotaron el tiempo, la paciencia y, a muchos, hasta la vida. Bienvenida a mi Venezuela, señora Bachelet, pero a la Venezuela real, la que se hunde cada vez más en una emergencia humanitaria, donde no hay agua, ni gasolina, ni electricidad; donde no hay medicinas y la comida es incomprable. Bienvenida a esta Venezuela donde se violan todos los días los derechos fundamentales de sus ciudadanos, esta Venezuela que nos asfixia pero que no estamos dispuestos a abandonar; la que a diario nos saca lágrimas de dolor, impotencia y desespero, pero que seguimos amando como el primer día; a esta Venezuela que agoniza pero a la que estamos dispuestos, con su ayuda o sin ella, a llevarla en hombros adonde sea necesario para revivirla.

Señora Bachelet, hoy me atrevo a hablar en nombre de todos los venezolanos. Lamentamos profundamente que un organismo tan importante como el que usted representa, la Comisión de los Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas, haya esperado tanto tiempo, tanta represión, tantos muertos y tanta injusticia para voltear su mirada hacia nosotros. Muchas cosas pudieron evitarse si realmente los derechos humanos se atendieran con la firmeza e inmediatez que requieren. No obstante, agradecemos su visita de 3 días. Desde ya la alertamos que si las estadísticas que manejan todos los entes internacionales le parecen grotescas, estas se quedan cortas en comparación a nuestra cotidianidad.

Pero para darse cuenta de nuestra realidad, señora Bachelet, debe romper primero el cerco gubernamental e ir más allá de las oficinas, cárceles y hospitales recién pintados. Hágalo, se sorprenderá. Se conseguirá con mucha gente caminando por las calles, pero no porque ahora nos sintamos seguros, sino porque ni siquiera hay transporte público. Verá que la alegría que alguna vez nos caracterizó, ya no existe. Cada vez hay más personas famélicas andando con sus ropas sucias y desteñidas porque el poder adquisitivo se perdió, se lo tragó la hiperinflación proyectada para finales de año por el Fondo Monetario Internacional en 10.000.000%, la más alta que haya conocido la humanidad. Y antes de que pregunte, le adelanto que si aún sobrevivimos es porque hemos sacrificado a nuestras familias. Sí, así como lo lee, todas las familias venezolanas están desmembradas. No en vano la Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) da cuenta de la estampida de 4 millones de venezolanos, cifra que aumentará 2 millones más en los próximos 6 meses de continuar esta inestabilidad política. 

Para que tenga una idea, señora Bachelet: el sueldo mínimo mensual está en 40.000 bolívares y un cartón de huevos se ubica en 26.000 bolívares, un kilo de carne en 28.000, un desodorante en 24.000 y un pollo entero llega a los 30.000. ¿Ya va entendiendo? El hambre, entre otras cosas, los obligó a dejar sus hogares para poder darle de comer a sus familias. Le cuento más: la última Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) señala que 90% de las familias venezolanas vive por debajo de la línea de pobreza, y de esa cifra, 65% se enfrenta a la pobreza extrema. O bien por falta de recursos, por lo caro que está todo o por la escasez, 6,9 millones de venezolanos no tienen acceso a medicamentos, 4.800 pacientes renales han muerto y hasta hace un mes habían fallecido 4 niños esperando por un trasplante de médula ósea en el Hospital Pediátrico J. M. de los Ríos. ¿Es muy difícil entender nuestra desesperación?¿Es muy difícil reconocer el evidente fracaso del gobierno de Nicolás Maduro, quien prefiere aprobar 50 millones de euros para la fabricación de ametralladoras en vez de atender la salud de este país?

Pero todavía hay más, mucho más, señora Bachelet. Hay condiciones inhumanas a las que se nos someten todos los días que seguro usted no se dará cuenta porque no saldrá de Caracas, la capital. Sepa que disfrutará de energía eléctrica de manera permanente gracias a los perversos racionamientos que se le aplican al interior del país. En Maracaibo, la capital del estado Zulia, principal productor petrolero y en otrora principal abastecedor agrícola y ganadero del país, pasamos en promedio 14 horas diarias sin luz, situación que se agudiza en el resto de los municipios, con una temperatura que llega a los 50 grados centígrados. ¿Y sabe por qué? Porque bajo los gobiernos de Chávez y Maduro se robaron 9.000 millones de dólares destinados para las termoeléctricas que garantizarían la independencia energética de la región con el resto del país.

Seguro tampoco se dará cuenta del caos que hay con la gasolina, señora Bachelet, porque esa tragedia tampoco se padece en Caracas sino en el interior del país. Si usted no sale de la capital solo verá un país maquillado, una porción mínima de Venezuela en la que intentan hacer ver que todo está bien para minimizar el ruido internacional. Permítame contarle que en Maracaibo se hacen colas de 2 y 3 días para abastecer apenas 30 litros de gasolina. Para lograrlo, la gente debe pernoctar a la intemperie, en medio de vías desoladas, oscuras por los apagones y con una delincuencia desatada.

¡Esto se cuenta y no se cree, señora Bachelet! Venezuela, firmante de todos los tratados internacionales de cooperación y respeto por los derechos humanos de propios y extraños, ahora es cuna de la mayor de las miserias, del acoso a la libertad de prensa, con más de 700 presos por profesar y practicar ideas políticas distintas al gobierno y, como guinda, la vejación sistemática del Poder Legislativo, el único legítimamente constituido y reconocido por el mundo entero. A estas alturas, el caso Venezuela no acepta medias tintas. A los causantes de tanto dolor y tanta devastación que los perdone Dios, porque nosotros no podemos. 


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