Opinión

Con el sol en la espalda la cuestión se complica

Nunca podrá decirse que Mauricio Macri ha sido, ni es ni será amigo de Nicolás Maduro, como no lo hubiera sido de Hugo Chávez. Pensamos que Santos tampoco, solo que el mandatario colombiano, como buen cachaco, es habilidoso, pragmático y creció en una tradición muy colombiana de buena educación, cultura y sentido práctico de la vida y, para completar, se entrenó con ese antioqueño duro que es Álvaro Uribe.

El argentino viene de familia de buenos y exitosos empresarios, visitante de Mar-A-Lago donde es de imaginar que será como mínimo un razonable buen jugador de golf, entrenado en lo empresarial e hijo y socio de empresario, amigo personal del presidente Trump. Es difícil pensar que por mucho burdel político que traiga a cuestas en su carrera, y después de manejar la ciudad de Buenos Aires, que es todo un gran país en sí misma, este millonario tenga garganta suficiente para tragar a hombres como quien dirige –muy mal, por cierto– los destinos de Venezuela.

Santos con orígenes parecidos, pero nada similares. Pertenece a lo que podríamos llamar la alta burguesía cachaca –bogotana– miembro de una familia que ha dado escritores, periodistas, editores y políticos. Tiene carrera y experiencia de gobierno, ha sido ministro de tres presidentes –Gaviria, Pastrana y Uribe– hasta alcanzar él mismo, economista, periodista y político, la Presidencia de Colombia. Por cierto, además, su familia es dueña del mayor periódico y grupo comunicacional de Colombia, El Tiempo.

Michel Temer, presidente de Brasil, es un político veterano y doctor en Derecho (no solo abogado) con varios cargos públicos de importancia a cuestas. Enrique Peña Nieto, presidente de México, es economista, con carrera política y gobernador del estado de México que tiene entre otras cosas en territorio, la gigantesca capital mexicana. Pedro Pablo Kuczynski, presidente de Perú, economista, empresario, consultor empresarial, ha sido ministro de Energía y de Economía de dos mandatarios. Michelle Bachelet, presidente de Chile, doctora en Medicina, perseguida por la dictadura militar de Pinochet, ministra de Salud y presidente por segunda vez. La más prudente como buena chilena.

Este es el equipo que no pasa a Nicolás Maduro, pero no por haber sido chofer de autobús, reposero habitual del sindicato del Metro o por haber sido formado por expertos en lavar cerebros de la docencia comunista de los Castro en La Habana. Sino por represor, autócrata y dictador. Y, por si fuera poco, los presidentes mencionados están rodeados de ministros y altos funcionarios de calibre y excelencia en nivel de formación; Maduro, por el contrario, está envuelto por militares de baja calificación y de los peores incompetentes de la izquierda venezolana.

Maduro se ha equivocado una y otra vez en el manejo del país que le dejó Chávez –de no ser por el recuerdo bien explotado del fallecido líder, hubiera perdido al galope con Henrique Capriles, quien estuvo cerca en resultados todavía cuestionados–, no ha sabido qué hacer para resolver el gravísimo problema que le dejó el caudillo de una deuda en crecimiento e ingresos en caída para un pueblo acostumbrado a que el Estado todo lo puede y todo lo da, y lo que no da lo promete.

Pero Maduro ha sido canciller y no aprendió nada. Tampoco ha sabido qué hacer con su política exterior, excepto seguir pagando pleitesía y asesorías interesadas a los castro-cubanos, donaciones a minipaíses del Caribe y tratar de imitar, como un actor principiante, sin talento y sin estudios a uno de carácter en la creación de un Hamlet o Macbeth.

Aunque Chávez manejaba con audacia y cierta casi graciosa insolencia las relaciones exteriores, a pesar de que el rey de España sin poder pero con autoridad lo hizo cerrar la boca, a Maduro esa arrogancia no solo no le sale sino que cae mal, no es simpático, la simpatía es de esas cosas que se tienen o no se tienen; a lo mejor lo era antes, cuando muchachón respirando los aires cálidos de La Habana, pero no parece serlo ahora, agresivo y prepotente. Enfrentado a esos expertos y otros –no mencionamos a los mandatarios de Panamá, Costa Rica y Paraguay, que empeoran las cosas para el conductor venezolano, como tampoco del veterano e imperturbable gallego de España, ni de las superfiguras de la Unión Europea, ni de Donald Trump para no entrar en más detalles–, sería terrible para Maduro, pues las llevaría todas de perder.

No sabe ni tiene idea de cómo o por dónde empezar, menos qué hacer y por eso se empeña en hacer lo que no debe. La constituyente es poder para hoy y desastre para mañana; las bayonetas terminan pinchando o, peor aún, desgarrando cuando quienes las portan apartan de repente y sin aviso.

La declaración de cancilleres en Lima, Perú, es contundente, clara y precisa. Que Santos haya cambiado el tono y señale expresamente que lo de Venezuela es dictadura, es por lo menos, grave; aunado con las posiciones duras de los otros gobiernos alrededor del mundo deberían desvelar al presidente por las noches. No lo quieren ni aquí ni allá ni en ninguna parte.

Como diría un venezolano tradicional, le llegó su cuarto de hora, se le llenó de pepas el ciruelo.

@ArmandoMartini