Opinión

Con el medio roto (Mit gebrochene Mitte)

“La existencia objetiva del espíritu está condicionada por la separación de los extremos.

Cada uno de los lados se ha escindido en oposición rígida, y la unidad de ellos no puede aparecer y existir sino como su mediación extrañadora, como un término medio, excluido y distinto de la separada realidad de los lados”. G. W. F. Hegel

Un profundo abismo, de incalculables dimensiones, yace bajo los tambaleantes pies del ser social venezolano. La falla es –como ya se sabe– de origen. Pero solo durante los últimos tiempos los bloques rocosos de cada lado, de cada extremo polar, parecen haber iniciado el tremuloso rugir de su desplazamiento y, quizá, por primera vez, se han hecho visibles las puertas del infierno. Cuando la conciencia es sometida a determinadas circunstancias de crisis orgánica, como resultado de una larga travesía de severos resentimientos sociales y de agudos desencuentros históricos y culturales, esta –la conciencia– termina por desgarrarse en sí misma. Entonces, una vez escindida y desdoblada, no solo presupone la ficción de comportarse de diversa manera respecto de sí misma, sino que, precisamente por ello, va asumiendo las determinaciones inmanentes a la oposición absoluta. Se va haciendo cada vez más radical, cada vez más extrema, cada vez más intolerante y unilateral. Ya no se reconoce. La pauta de su antagonismo la dicta la inversión de su propio reflejo o, más bien, el reflejo de su propia inversión, concibiéndose a sí, respecto de la posición que asume en su duplicidad, como el “lado bueno” o el “lado malo”, el “lado noble” o el “lado vil”, extremando, al máximo, las abstracciones de su prejuicio. Este es el trueque de la conciencia desventurada, el destino trágico de la certeza puesta más allá de sus límites, la dolorosa pérdida de toda sustancialidad. Y, con el medio roto, las miserias de la vida se transforman en la vida de las miserias.

Desde sus primeras formulaciones, los problemas relativos al conocimiento del fenómeno de la oposición no han sido precisamente sencillos. Y es comprensible. Es costumbre de las obsesiones del entendimiento abstracto, de su profundo espíritu dogmático y disecador, la pretensión de querer atrapar el movimiento de la cosa misma, del devenir del ser, en una fotografía, a objeto de simplificarlo. Tal vez haya sido por eso que Max Weber exhortara a todo aquel que quisiera tener visiones a que se fuera al cine. Una noche, en una distinguida fiesta neoyorquina, una curiosa dama de la high society abordó a Herr Professor Albert Einstein. Le rogaba explicarle, de la manera más sencilla posible, su “famosa” y ciertamente innovadora teoría de la relatividad. Como todo un gentleman –¡que lo era!–, Einstein intentó, una y otra vez, explicar, del modo más sencillo, su teoría a la encumbrada dama sin poder lograrlo. Hizo sus mejores esfuerzos. Todo fue en vano. Ya por último, y ante la insistencia de la señora en cuestión, hizo un intento desesperado y, como todo lo desesperado, brevísimo. De pronto, a la señora se le iluminó la mirada: “Doktor Einstein, ¡qué maravilla!, al fin, ya le he entendido”. Einstein la miró sonriente y con algo de ternura paternal, le respondió: “Me complace mucho que haya entendido lo que acabo de explicarle. Pero lamento informarle que eso nada tiene que ver con la teoría de la relatividad”.

No era por mera casualidad que a Hegel le resultara tan lamentable lo de la manzana sobre la cabeza de Newton. No hay un polo bueno y un polo malo. Muy difícilmente, y después de Aristóteles, la tarea de la oposición, su propósito final, pueda consistir en la eliminación de uno de sus polos constitutivos, por el simple hecho de que, al eliminar uno de los polos, la oposición deja de ser. Y cabe agregar el hecho de que la historia de la humanidad es, ni más ni menos, el resultado de la continua confrontación de la dialéctica de las oposiciones. ¿Cómo hacer para que el cableado eléctrico elimine uno de los polos –digamos, el “negativo”– y siga funcionando la electricidad? Eso solo podría ocurrírsele a un “heredero inmarcesible” de la estirpe galáctica de las iguanas. Ni hay tres polos –v. g., el “término medio”–, como se figuran algunos, ávidos lectores de manuales y ediciones de bolsillo. No hay, en los términos de la oposición, ni tres polos ni “tesis, antítesis y síntesis”, particularmente si por “síntesis” se entiende “el término medio”, el tertium datur, la tibia, neutra y, muy en el fondo, cómoda posición intermedia, entre lo uno y lo otro a la que apelan los “centrados”, los fotogénicos de Weber, los snugs de Shakespeare, los muy distinguidos y exclusivos memberships de la farándula del entendimiento abstracto.

Se le podrá atribuir a Marx todo lo que se quiera. Se podrán dejar caer sobre él los peores denuestos. Pero nadie podrá decir que no intentó –¡Dios es testigo!– hacer que Proudhon comprendiera el movimiento real de las oposiciones. Pero el pobre señor Proudhon, al decir de Marx, “pese a todo su celo por escalar la cima” de las oposiciones, “no ha podido pasar de los dos primeros escalones, de la tesis y de la antítesis simples, y, además, les ha puesto el pie encima dos veces, y de estas dos veces, una ha caído boca arriba”. En efecto, monsieur Proudhon, “no tiene de la dialéctica de Hegel más que el lenguaje. A su juicio, el movimiento dialéctico es la distinción dogmática de lo bueno y de lo malo”. El pretender flotar en el medio de los términos de la oposición, empujando un poco aquí y allá para, desde su posición ecuatorial, ganar algo de “espacio”, es decir, para ir ganando adeptos menos radicalizados, conservando su lado bueno y eliminando el malo, es la novísima estrategia que, durante estos tiempos de extrema dificultad, han diseñado los amantes del diletantismo político, confundiendo la contradicción, la contrariedad y la correlatividad de los términos opuestos. Están convencidos de que la tarea consiste en “achatar los polos y abultar el ecuador”, haciendo de este último su zona predilecta de confort.

En realidad, y como afirma Hegel, el llamado término medio comporta en sí mismo la confirmación del lenguaje del desgarramiento en el que el espíritu es “esta absoluta y universal inversión y extrañamiento de la realidad y del pensamiento. Lo que se experimenta en este mundo es que carecen de verdad las esencias, lo bueno y lo malo, la conciencia noble y la conciencia vil, ya que todos estos momentos se invierten más bien el uno en el otro y cada uno es lo contrario de sí mismo”. Los dialogantes de Santo Domingo son representados con conciencia de villanos. Pero Trump puede dialogar con Kim Jong-il. Él tiene conciencia noble. Los extremos se invierten, giran de continuo. No se reconocen, pero piensan, hablan y actúan de idéntica manera. No hay medianías, o mejor: el medio es la cabal representación de la fractura de la conciencia de una sociedad que se haya escindida en sus cimientos, presa de su “mediación extrañadora”.