Opinión

Cómo destruir la seguridad ciudadana y una breve guía para reconstruirla

Alberto Ray

La destrucción

El 2016 cerró con una estimación cercana a los 29 mil homicidios, colocando a Venezuela en los primeros lugares en el mundo de la inseguridad y la violencia. No llegamos allí por azar, ya son muchos (por no decir demasiados), los años que tenemos construyendo la ruta hacia esta triste y dolorosa realidad. Si bien, son múltiples las causas y unas más complejas que otras, nuestro caso se caracteriza por la reinante impunidad como principal combustible de la maquinaria delictiva del país, aunado a una política gubernamental sistemática de incentivos a la violencia y la confrontación entre los ciudadanos y entre sus instituciones.

Las primeras acciones para el ensamblaje de la inseguridad se dan en la base de la sociedad, dónde jóvenes apenas con 11 y 12 años de edad ingresan a la carrera criminal, pues sus oportunidades para una vida productiva y de bien son complicadas, largas y costosas, y simplemente no pueden competir con el beneficio casi instantáneo de apuntar con un arma de fuego y obtener dinero, teléfonos costosos, motos, comida y hasta ropa de marca.

En segundo lugar, toda la institucionalidad responsable de prevenir, contener, neutralizar y reeducar ya, prácticamente, no cumple ninguna de sus funciones. Los cuerpos policiales están desmantelados, no cuentan ni con los recursos más básicos para tan siquiera patrullar las calles. Por otro lado, es imposible que la policía de investigación y la fiscalía puedan instruir expedientes de calidad porque tampoco cuentan con recursos disponibles, empezando por el más importante que es el humano. Para completar, la burocracia, la corrupción y las mismas leyes convierten a los tribunales de enjuiciamiento en una maraña infranqueable para quien no tenga dinero que financie su propia justicia. Esto se corona con un sistema penitenciario en el que reina un Estado con soberanía paralela, con sus propias leyes, códigos y autoridades, son la esencia concentrada para transformar a delincuentes comunes en piezas de ingeniería del crimen organizado.

Como tercer elemento de la destrucción está el ciudadano, sus espacios y sus relaciones. Los venezolanos nos hemos hecho enanos frente a una realidad que no podemos entender. Hemos apelado justificadamente al instinto primario de protección encerrándonos física y mentalmente en las paredes del miedo y la evasión. Mientras tanto, nuestras ciudades se abandonan y las entregan al hampa callejera y la indigencia. En esta perversión del espacio, los gobiernos se han hecho zombis de la complejidad, algunos porque no les importa, otros porque sencillamente no pueden, pero que en el día a día se traduce en la desactivación de la voluntad de la gente para superar sus dificultades. A este coctel debemos añadir la rotura del tejido social a nivel de las microfibras de la sociedad que no son otras que la capacidad de convivencia entre los ciudadanos y sus múltiples posibilidades para entenderse, ponerse de acuerdo, tolerarse y superar en equipo sus conflictos.

La construcción

La Venezuela segura que urgentemente necesitamos se construye sobre un terreno de certezas y tranquilidad, libre de amenazas y con espacios públicos tomados por el diario ejercicio ciudadano.

Cuando se reducen las incertidumbres, la luz de la seguridad lo cubre todo; y ese amanecer empieza con una decidida voluntad gubernamental, traducida en políticas públicas positivamente orientadas, que recompensen el cumplimiento de la ley, sancionando oportuna y proporcionalmente a los infractores.

Cuando nos aferramos a las certezas, hacemos un país más predecible, más transparente y más cercano a la institucionalidad. Los venezolanos necesitamos recobrar la confianza en la policía y en los tribunales. Requerimos un Estado imparcial que medie en los conflictos sin inclinar la balanza con el sesgo ideológico. Estamos deseando un discurso desde el poder que invite al diálogo integrador, que no divida, que no ofenda, que no desbarate el poco tejido que aún nos queda.

 La seguridad en nuestro país demanda leyes claras, precisas, que no dejen espacio a interpretaciones tendenciosas, leyes que nos traten a todos por igual.  En la seguridad la percepción modela a la realidad. Por ello es tan importante generar tranquilidad en el ciudadano común quien es el que sufre y padece la oscuridad de la violencia.

El principal objetivo de la seguridad que necesitamos es el más básico de todos: despejar las calles de amenazas. Queremos salir sin temor a ser robados, secuestrados o asesinados. Disfrutar de lo que nos hemos ganado sin esconderlo. Por mucho que hagamos los ciudadanos de bien para protegernos elevando nuestro nivel de consciencia frente a los riesgos, el combate frontal al delito es responsabilidad directa e indelegable del Estado. En este sentido, la reducción de la impunidad es esencial, no es posible que el hampa actúe con libertad y sin el menor riesgo de ser siquiera denunciada o perseguida. Deseamos un sistema penitenciario que rehabilite y no una universidad de la delincuencia. Las calles libres de amenazas se traducen en una sociedad que se reúne en espacios comunes, en una juventud que se integra y en mayor actividad comercial, cultural y turística. 

La consolidación final de la seguridad en Venezuela será palpable cuando tomemos definitivamente el espacio público y lo transformemos en espacio ciudadano. La seguridad ocupa una posición preponderante en la vida de las ciudades y sus habitantes. Nos equivocamos al creer que para proteger al ciudadano debemos acosarlo y reprimirlo. Al contrario, se trata de procurar el más adecuado espacio de tranquilidad para que el venezolano desarrolle al máximo su potencial. Una ciudad segura es acercar al ciudadano a su humanidad y a su naturaleza, a pesar de la densidad del paisaje urbano. El disfrute de la vida social en las calles, apreciar la riqueza cultural de sus edificaciones y rendir culto a la vegetación de sus parques y plazas es sólo posible cuando se le gana espacio a la hostilidad que carcome nuestros centros poblados. La seguridad que imaginamos y necesitamos pone al delincuente tras las rejas y al ciudadano de bien en libertad y uso de su espacio.

El reto de lograr la seguridad que necesitamos es de enormes proporciones. No podemos conformarnos con la normalización de lo que no funciona y menos con la aceptación de la violencia. Voluntad, educación, oportunidades para la juventud, políticas, policías, jueces y ciudadanos operando con visión estratégica puede sacarnos en relativamente poco tiempo de la crisis actual. Los problemas complejos son multifactoriales, igualmente lo son sus soluciones. La combinación proporcionada y correcta de todos los involucrados es la clave. En Venezuela estamos bajo el dintel de la puerta entre la luz de las certezas o la oscuridad de la violencia, está en nosotros decidir en qué dirección nos queremos mover.

@seguritips