Opinión

El cómic traiciona a la historia

Héctor Concari

El género del espionaje es esencialmente maniqueo y traidor, probablemente pagando una doble deuda a sus orígenes y su materia. El llamado período inglés del maestro Alfred Hitchcock se nutrió de las tensiones prebélicas de los años treinta en filmes como El agente secreto, Los 39 escalones, La dama desaparece. En la década siguiente, ya en su exilio americano la tendencia maduraría contra el poder nazi (Corresponsal extranjero), para luego en los sesenta transferir a los soviéticos y cubanos el muy lógico papel de villanos (Cortina rasgada, Topaz).

La Cortina de Hierro y la Guerra Fría fueron una cantera inagotable para la literatura gracias al aporte del ex espía David John Moore Cornwell, más conocido como John Le Carré. Sus novelas tenían la virtud de describir un mundo plagado de dobleces y traiciones, cuyos dramas parecían por momentos desarrollarse en la mente de los dos archienemigos: el cornudo y tímido George Smiley por la inteligencia británica y el malvado Karla por los alemanes del Este.

Pero a ningún héroe le falta un hermano frívolo y tarambana. Los personajes de Le Carré lo encontraron en el irrompible 007 de la también muy británica inteligencia naval. Todos ellos a lo largo de la Guerra Fría la traicionaron puntualmente, tomándola como pretexto de sus aventuras. El inefable James llegó a desestimarla, postulando en su lugar a los malvados de Spectre, unos sujetos desprovistos de otra ideología que no fuera el delito.

Tal vez por este motivo, el buenazo de Bond sobrevivió mejor que sus colegas a la caída del muro, simplemente porque sus villanos son tan eternos como los diamantes y no necesitó traicionarlos. El Delito con mayúscula no se tutea con la historia y bastó con aggiornar a sus perversos. Para el resto del gremio que, mal que bien, era tributario nominal del devenir geopolítico, la vida se puso complicada porque ya no había a quien darle la espalda, y no hay traición sin pasado. Por eso, esta rubia atómica que parece venir de la nada causa una inicial extrañeza. No debería ser tal porque la película no le debe más a la Guerra Fría de lo que sus antecesoras, para las cuales la confrontación de sistemas era apenas parte de la escenografía. Atómica, más allá de su ubicación en el tiempo es tributaria de un género mucho más actual que la septuagenaria pelea entre capitalistas y bolcheviques.

Atómica está fuera de la historia. Es un cómic. Y los cómics, se sabe, no están más allá del bien y del mal, pero sí están más allá de los caprichos de la historia a la que cuesta poco traicionar. La ironía, o si se prefiere, la inteligencia del libreto es ubicar una intriga que poco tiene que ver con los quiebres del devenir político, precisamente en uno de esos momentos en que la historia crujía: estamos en 1989, en los días esperanzadores de la caída del Muro de Berlín.

Estrictamente hablando hay poco de original en esta trama. La bella Lorraine Broughton del MI6 (experta en evasiones, defensa personal y, de paso, bisexual) es despachada a Berlín a descubrir al asesino de un compañero de tareas y recobrar un microfilm más bien valioso. La originalidad que salió por la puerta entra por la ventana. La misión es, si se quiere, crepuscular. Con la caída del muro todo un mundo profesional y geopolítico se viene abajo y Lorraine y sus jefes, pero también sus antagonistas, tendrán que reciclarse. Más importante, y volviendo a los orígenes, el mundo que colapsa no lo hace por las aburridas razones que aporta la historia, sino porque la película viene de un cómic, género en el que las explicaciones sobran. Por eso la frivolidad de todo el asunto resulta, a fin de cuentas, refrescante. Porque la caída del muro y esos días en que el mundo se pellizcaba para ver si lo que veía en el televisor era cierto quedan resueltos en el ingenio del dibujo original, en ayuda de quien llegan, a falta de razones, dos espalderos musculosos y eficaces.

La coreografía de las peleas, que se suceden a buen ritmo, es una transposición directa de la novela gráfica del origen, y logra una bienvenida ráfaga de frescura visual (hay una pelea a tiros y cuchillos en una escalera que es sencillamente antológica). Pero, además, y como hay que respetar, si no la sustancia, al menos la forma de la historia, la banda sonora es una rockola retro en la que se suceden Queen, David Bowie, George Michael y alguna otra lumbrera de la época. Por supuesto, toda la empresa es solo envoltorio y poca sustancia. Pero, el cine y los espías son así, primero traicionan sus recuerdos y luego olvidan sus traiciones.

 Atómica (Atomic Blonde). Estados Unidos, 2017. Director: David Leitch. Con Charlize Theron, James Mac Avoy, John Goodman.