Opinión

Civilismo, militarismo y democracia

“Hombres civiles al manejo de la cosa pública. Exclusión de todo elemento militar del mecanismo administrativo durante el periodo preconstitucional. Lucha contra el caudillismo militarista”. (“Plan de Barranquilla”, Rómulo Betancourt - 22 de marzo de 1931).

En toda nuestra legislación, desde la Constitución de 1830, los militares siempre estuvieron subordinados al poder civil. Los ascensos militares estaban condicionados a la aprobación del Senado, y la Fuerza Armada era esencialmente obediente y no deliberante. La Constitución de 1858, aprobada en la Convención Nacional celebrada en Valencia, presidida por Pedro Gual (uno de nuestros próceres civiles más importantes y muy cercano y leal a Simón Bolívar), ordena que el Senado debe autorizar los ascensos militares (artículo 53); y ratifica que la Fuerza Armada es “esencialmente obediente y no deliberante” y que “la autoridad militar no estará nunca unida a la civil” (artículos 143 y 144).

Pero como los militares fueron los principales protagonistas de la Guerra de Independencia, siempre se han sentido dueños de Venezuela y herederos directos de las glorias del Libertador. Ese virus del militarismo ha estado latente infectando a nuestras Fuerzas Armadas; y, por eso, los militares o han estado gobernando en forma directa o conspirando para controlar el poder.

El Ejército venezolano inicia su profesionalización en 1899 durante el periodo presidencial de Cipriano Castro, y va evolucionando apoyado por Castro y luego por Juan Vicente Gómez. En 1936, los militares deciden que el sucesor de Gómez debe ser Eleazar López Contreras, ministro de la Defensa; y en 1941, los militares deciden que a López Contreras lo sustituya el general Isaías Medina Angarita. En 1945, son los militares dirigidos por Marcos Pérez Jiménez quienes derrocan a Medina Angarita y, obligados por el contexto internacional luego del final de la II Guerra Mundial, llaman al civil Rómulo Betancourt y lo colocan de presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno. Pero tres años después en 1948, las circunstancias internacionales habían cambiado y Pérez Jiménez encabeza un golpe militar contra a Rómulo Gallegos, se apoderaron de nuevo del poder y permanecieron en él hasta que pudieron. En 1958, el gobierno había entrado en un proceso de implosión y los militares al comprobar su insostenibilidad tumban a Pérez Jiménez, toman el poder y nombran una Junta Militar de Gobierno presidida por Wolfang Larrazábal. Ese ciudadano, militar pero de talante democrático, abre las cárceles y las fronteras para que los líderes políticos como Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, regresen a tomar el destino del país, y convoca a elecciones.

Hoy el gobierno de Maduro ha llevado a Venezuela a una situación insoportable, que no se puede sostener desde el punto de vista económico, ni político ni social. Ha hecho lo único que sabe hacer: destruir las instituciones, las libertades democráticas y fomentar una corrupción generalizada. Ha arruinado Pdvsa, que llegó a ser la tercera empresa petrolera más grande del mundo. Se ha robado las reservas internacionales y el oro que las respaldaba. Ha hipotecado nuestro país a chinos y rusos, que se quedarán con nuestras refinerías de Amuay y Cardón. Ha llevado la inflación a una hiperinflación de 720% en 2017 y 2.068% en 2018. Ha devaluado la moneda al llevarla a 5.000 bolívares por dólar, y se ha robado los dólares de los ingresos petroleros. Ha saqueado el Tesoro Nacional repartiéndoselo como un botín de guerra. En fin, ha destrozado el ingreso familiar, empobrecido a la familia y expropiado su futuro.

Hemos comprobado que solo con elecciones no podremos salir de esta pesadilla, porque estamos enfrentados a mafiosos y delincuentes, a pranes y narcotraficantes. Ellos buscan mantenerse en el poder a cualquier precio, sin importarles la muerte de venezolanos, ni la crisis ni la falta de medicinas y alimentos. Venezuela es controlada por el crimen organizado internacional, tres cuartos del territorio nacional ya es controlado por mafias internacionales y nuestros esfuerzos por recuperar la democracia requieren del respaldo internacional.

Hoy debemos apelar a la civilidad de los hombres de uniforme, a militares institucionales como lo fueron López Contreras, Wolfang Larrazábal y otros. Hacerles ver que la corrupción y el narcotráfico están destruyendo la institución, a familia militar y el país. Es indispensable y necesario dialogar con ellos, porque no habrá salida democrática sin su participación. Ellos, históricamente, han sido actores políticos y es el único factor organizado que sostiene al régimen de Maduro. Creo que no habrá restitución de la democracia sin participación militar.

La mayoría de los venezolanos creemos en la democracia y merecemos tener un país de ciudadanos, un país civilizado. Para eso, debemos reivindicar el poder civil, revisar el artículo 328 de la Constitución Bolivariana de 1999 y rescatar el artículo 132 de la Constitución Nacional de 1961.

jmcolmenares@gmail.com