Opinión

El cine como niñera

El regreso de Mary Poppins visibiliza la agenda de la representación de la diversidad en la era de las nuevas reivindicaciones de lo femenino. La película exhibe la estética clásica de la Disney, inspirándose en la cinta original de 1964. Aquella cinta fue vitrina de los encantos de Julie Andrews.

La secuela del estudio tiene a Emily Blunt como la hada madrina de los personajes de la trama, quienes crecieron bajo la tutela de la mágica niñera, pero ahora deben afrontar el conflicto muy real de quedarse en la calle si no honran el pago de una deuda bancaria.

Corren los tiempos de la depresión de los años treinta en una Londres idealizada y bucólica, de tarjeta postal, a pesar de la crisis.

Los colores plasman el perfil de un cuadro impresionista de la época, notablemente influido por las corrientes del surrealismo, del pop kitsch y del expresionismo.

La ironía marca la esencia de la dirección en la forma de reproducir la narrativa de la nostalgia, desde un plano empático y a la vez sugerente. La protagonista asume el rol con la gracia de conocer sus precedentes en la evidente búsqueda de actualizar los tradicionales códigos de comportamiento de la dama conservadora.

En la imagen de ella vemos un arquetipo de la mujer emancipada de nuestros días, pero movida por la carencia de afecto.

En su caso transfiere sus sentimientos maternales a un grupo de niños ajenos y hombres con complejo de Peter Pan. El fantasma del adulto infantilizado, Christopher Robins, sigue suelto por las esferas de sentido audiovisual.

De manera consciente y humorística, Mary Poppins reconoce no ser del todo perfecta, avizorando la incapacidad de la heroína de encontrar pareja y sentar cabeza. Un problema ostensible a la generación de los corazones solitarios y los amores líquidos.

El filme propone acercar a los polos opuestos y reforzar los lazos de la unidad social.

Llama profundamente la atención el tono político del argumento, al inclinarse por las luchas de los desahuciados ante las pretensiones usureras de la banca (la indirecta contra Trump es obvia). Surgen tres hipótesis en la evaluación del subtexto.

En primer lugar, el libreto regenera la lectura de Charles Dickens sobre las pugnas entre pobres y ricos. Por tratarse del largometraje navideño de la factoría del ratón Mickey, la sangre nunca llega al río y las clases diferentes aprenden a convivir en sana paz. La teoría ortodoxa encontrará, en el desenlace, una caída de la demagogia condescendiente y domesticadora.

En segunda instancia, Disney hace un guiño a la organización sindical de su estructura de trabajo, reconciliándose con una de sus pesadillas del siglo XX.

La tercera interpretación radica en la ocasión de descubrir un giro del progresismo de la meca en el montaje del argumento.

Hoy la tendencia libertaria copa los espacios de la red social, apoyando las teorías de Ben Shapiro y Jordan Petersen contra la igualdad y el principio de solidaridad. Ambos refutarían el contenido El regreso de Mary Poppins, considerándolo un vehículo de la posmodernidad y del marxismo cultural.

Sin embargo, en rigor, la obra manifiesta un discurso propio del cine de la economía del New Deal, apostando por el encuentro de soluciones, un tanto proteccionistas, dentro del mismo sistema capitalista.

Por tanto, menos mal, no es una película complaciente con la prédica del socialismo venezolano. Al contrario, las canciones del musical fueron diseñadas para un mercado específico, logrando alcanzar el éxito de taquilla. En comunismo, el retorno de Mary Poppins se saldaría con un estrepitoso fracaso.

Después de cumplir su misión restauradora, la nana voladora vuelve al cielo, como una imagen religiosa de corte laico. En Roma se contempla una identidad milagrosa de similar proporción.

Las modas imponen cambios en la matriz de la redención. Fuera de la pantalla grande, la realidad entraña mayor complejidad.

De El regreso de Mary Poppins gocé su mezcla de formatos, y en especial, su maravillosa escena en dibujo de dos dimensiones, recordando al Disney de antaño.

Considero discutible la dirección frontal y televisiva de Rob Marshall (adaptado así a la premura del encargo).

De cualquier modo, es una cinta digna de contemplar y analizar.