Opinión

Chile: la testarudez de los idiotas

Lo trágico no es tan solo el nefasto poder de la amnesia política de una parte muy importante de los chilenos. Es la trágica miopía de quienes vivieron la pobreza de un Chile subdesarrollado, monoproductor, aldeano y menesteroso que sirvió de plataforma al odio, al rencor y la desesperanza que permitieran que un tercio de su población lanzara al abismo a los otros dos tercios. Lo incomprensible y doloroso es el perverso menosprecio de la mitad de los chilenos a los extraordinarios logros sociales y económicos del Chile desarrollado, primero, gracias a las políticas modernizadoras llevadas a cabo contra viento y marea por la dictadura y a la sabiduría de una Concertación Democrática que supo continuarlas y superarlas hegelianamente, llevando a la sociedad chilena al destacado sitial que hoy ocupa en el hemisferio.

A @hectorschamis

Cuenta el novelista y diplomático chileno Jorge Edwards en las extraordinarias memorias de su amistad con Pablo Neruda –Adiós Poeta– la inmensa sorpresa que se llevó Neruda cuando, de regreso de su anual visita a la Unión Soviética y de paso por Lima, en donde Edwards era primer secretario de la embajada chilena, se enteró por una enviada especial del Comité Central del Partido Comunista chileno, la actriz María Maluenda, que esta vez, después de tres fallidos intentos anteriores, el socialista Salvador Allende tenía muy altas posibilidades de ganar las elecciones presidenciales de septiembre de ese año –1970– y que él, por lo tanto, debía cambiar sus planes de regresar directamente a Santiago e irse por tierra animando la campaña de ciudad en ciudad. Siguiendo, por cierto, el mismo periplo que un año y medio después realizaría Fidel Castro con el fin de radicalizar el proceso, terminar de fracturar a la sociedad chilena, conquistar el poder total e instaurar una dictadura totalitaria de sesgo castro comunista en la que hasta entonces fuera la más ejemplar democracia de América Latina.

Lima acababa de sufrir un terremoto y Neruda, solidario con los peruanos, decidió expresarle sus condolencias al presidente Velasco Alvarado y dar un recital a beneficio de los damnificados en el inmenso y abarrotado anfiteatro del colegio de las Monjas Ursulinas, a pocas cuadras de la residencia de Jorge Edwards, en donde Neruda y Matilde, su mujer, se encontraban alojados. Esa misma noche, tras el rutilante éxito de su presentación, recibió el encargo de apostar todo su prestigio a la candidatura de la Unidad Popular y su candidato, el médico socialista Salvador Allende, en una larga conversación íntima sostenida con la admirable mujer cuyo hijo, ferviente militante del Partido Comunista chileno, sería degollado años después junto a otros combatientes, entre ellos un sacerdote español, por los cruentos esbirros de Augusto Pinochet.

A la mañana siguiente, Edwards encontró a Neruda y su mujer confundidos y atribulados por los favorables augurios de esa victoria que ambos, el poeta y Matilde Urrutia, veían con temor y angustia. Pues preveían la tragedia que desencadenaría en un país fuertemente entroncado en su tradición republicana, dotado de unas orgullosas e implacables fuerzas armadas y sostenido por una institucionalidad de sesgo conservador y profundamente constitucionalista. ¿Una revolución castrista en el Chile de Bernardo O’Higgins, don Diego Portales y Andrés Bello?

Es importante reseñar la situación en las propias palabras del autor, dada la extraordinaria importancia que revisten: “Y tú –le dije– ¿qué piensas de todo esto?’. Pablo continuó pensativo, con aspecto fatigado, con las manos cetrinas cruzadas encima de la cama y la mirada puesta en el cielo grisáceo, estancado, espeso, del otoño limeño. El creía que la situación en Chile iba a ser extremadamente difícil. No era nada optimista. El triunfalismo que exhibirían más tarde algunos otros sectores de la Unidad Popular era, ahora, enteramente ajeno a él, ajeno a su experiencia política y a su visión actual de las cosas. En estas elecciones, él veía a dos candidatos, dos personas valiosas, talentosas, combativas, dos amigos suyos, por lo demás, pero esas dos personas, de un modo demasiado visible, ambicionaban llegar a ser presidentes de Chile, y eso, en aquel momento, a él no terminaba de gustarle”. Se refiere, naturalmente, a Salvador Allende y a Radomiro Tomic, candidato rupturista de la alianza de la DC con la derecha chilena. “Había un tercero en cambio, un viejo conservador –Jorge Alessandri Rodríguez–, muy alejado de las posiciones suyas, representante del Chile anticuado y reaccionario de siempre, pero que a él, en esas circunstancias de la vida del país, le parecía un candidato estimable. Si triunfaba Allende, como su partido, con criterio realista, pensaba que ocurriría, él tenía mucho miedo de que las cosas terminaran mal. ‘Pero yo no puedo, como tú comprenderás, votar por Jorge Alessandri’… Matilde intervino desde un rincón para decir: ‘Yo voy a votar por Tomic”. (Jorge Edwards, Adiós, Poeta…. Tusquets Editores, Págs. 210-211, Barcelona, España, 1990).

Neruda, ya por entonces profundamente desencantado de sus utópicas ilusiones de juventud pero un ferviente y disciplinado militante del Partido Comunista, con ascendiente mundial y primera figura artística e intelectual, junto a Pablo Picasso, del comunismo internacional, previó la tragedia en toda su espantosa magnitud y la vivió en carne propia. Murió con su casa allanada, ultrajada y destruida por las hordas pinochetistas, ya por entonces todo un Premio Nobel de Literatura, a pocos días del golpe de Estado militar, aún se duda si por efecto del cáncer de próstata que lo tenía gravemente enfermo o por efecto de un envenenamiento de los servicios secretos de la dictadura, como sucediera comprobadamente con Eduardo Frei Montalba, pocos años después.

Quienes vivimos la tragedia en todo su desarrollo, compartiendo con entusiasmo y devoción millitante las desaforadas e ingenuas ilusiones despertadas en los sectores populares por la victoria de Salvador Allende hasta el derrumbe de la sociedad y la economía chilenas provocados por una nefasta, voluntariosa, irreflexiva y suicida política del allendismo y nuestra ultraizquierda, no podemos menos que asombrarnos del irrefrenable poder del olvido. Nada extraño en quienes nacieron después de la catástrofe, que ya constituyen el segmento mayoritario del electorado chileno. De lo contrario, no se comprendería el relativo éxito electoral de la por ahora edulcorada ultraizquierda chilena representados por el Frente Amplio y PRO, que unidos obtuvieran casi un tercio de la votación en la primera vuelta, con más de 28%. Que sumado al 22% obtenido por quienes fueran el eje de la Unidad Popular de hace medio siglo, ya ocupan cómodamente el 50% del electorado votante. Sin olvidar que en Chile el voto no es obligatorio.

Lo trágico no es tan solo el nefasto poder de la amnesia política de una parte muy importante de los chilenos. Es la trágica miopía de quienes vivieron la pobreza de un Chile entonces subdesarrollado, monoproductor, aldeano y menesteroso que sirvió de plataforma al odio, al rencor y la desesperanza que permitieran que un tercio de su población lanzara al abismo a los otros dos tercios. Lo incomprensible y doloroso es el perverso menosprecio de la mitad de los chilenos de hoy a los extraordinarios logros sociales y económicos del Chile desarrollado; primero, gracias a las políticas modernizadoras llevadas a cabo por la dictadura y a la sabiduría de una Concertación Democrática que supo continuarlas y superarlas hegelianamente, llevando a la sociedad chilena al destacado sitial que hoy ocupa en el hemisferio.

Más trágica aún es la incapacidad de reconocer el estancamiento provocado consciente y deliberadamente por una política retaliativa, retroexcavadora, rencorosa e ideologizada del gobierno de la socialista Michelle Bachelet, que al parecer no es asumida por quienes pretenden no solo continuarla, sino ahondarla. Ambos hechos insisten en dar razón del diagnóstico de Carlos Rangel en su magna obra Del buen salvaje al buen revolucionario: la historia de América Latina es la historia de un fracaso. ¿Comenzamos a revivir en la región la regresión a lamentables episodios de nuestro pasado? La presencia del ex guerrillero tupamaro y ex presidente del Uruguay Pepe Mujica respaldando en campaña al candidato de las izquierdas Jorge Guillier pareciera apuntar en esa dirección. No son buenos augurios para América Latina.