Opinión

El chavismo crítico no existe

El chavismo crítico, una mentira de la intelectualidad dócil, tiene su película. Se llama Caribian Drim y resume la falacia de un pensamiento pretendidamente cuestionador y trotskista, nacido en revolución.

El filme rompe la cuarta pared, como quien descubre el efecto, para poner a la oposición y a Maduro al mismo nivel de degradación.

La cinta va soltando su catarata de axiomas y lugares comunes con una simplicidad irresponsable. Por tanto, merece una refutación.

Al dogma del guion le contestaría, planteando la absoluta diferencia entre la resistencia venezolana y el desastroso manejo de los asuntos del Estado, a cargo de Nicolás y su banda.

La ingenuidad de la película, en lo narrativo y conceptual, refrenda el empoderamiento de la medianía en la cultura nacional, por culpa de la fractura de instituciones y valores.

La pieza, acaso, es hija de un sistema quebrado en lo moral y estético, producto de las privaciones de los últimos 20 años.

Caribian Drim carece de ideas cinematográficas y argumentales. Su tráiler prometía una comedia pícara sobre la situación de la crisis del país. En cambio, cuando vemos el resultado, encontramos una copia al carbón de un capítulo de La Hojilla y Zurda Konducta en forma de docudrama chabacano de Youtube.

El potencial disidente del guion se diluye en la anécdota arbitraria de unos amigos españoles reunidos en Caracas. Por tanto, no se comprende el vano discurso antiimperialista del libreto, cuando los protagonistas ibéricos acaparan el espacio de la representación audiovisual.

La etnografía inocente de la obra peca de obsoleta en su mirada condescendiente de lo criollo, así como en su molestia de colonos indignados.

Las secuencias buscan equilibrar las cargas, soltando monsergas en contra de tirios y troyanos, de banqueros europeos y bachaqueros autóctonos, sin lograr distinguir el grano de la paja. 

La dirección quiere justificar, cada uno de sus defectos, en la aventura de confeccionar una supuesta empresa de corte independiente y de guerrilla.

Los creadores interpretan mal la noción del hazlo tú mismo.

Los planos chatos, la ausencia de ritmo y los personajes estereotipados neutralizan el impacto de la denuncia, hasta volverla el pretexto de un comentario lapidario leído en off.

La locución pedagógica subestima la capacidad del espectador de llegar a una conclusión propia en función de la puesta en escena.

La inseguridad de la producción la lleva a desconfiar del poder de la imagen, en defensa de una palabra confusa y de una voz impositiva, como del noticiero de una cadena izquierdosa.

Caribian Drim llega tarde al dilema esbozado en Venezuela es la cosa (1978), un filme de mayor consistencia en la exposición de sus referentes y significados. No en balde fue concebido por Giancarlo Carrer, quien respondió por la ejecución de Canción mansa para un pueblo bravo (1976), otro anticipo del progresivo derrumbe social de la ex patria.

Al final el autor del despropósito reivindica las típicas postales y banalidades del credo turístico: contamos con recursos humanos y naturales de una extensa gama. Una cornucopia de paisajes y bondades capaces de reconciliarnos con el gentilicio, después de toda la miseria y el deslave de la nación. Varias contribuciones literarias e historiográficas refutan tal sofisma. Recomendaría revisar reportajes serios, en los que el medio ambiente no puede disimular el crack de la república.

Tristemente, Caribian Drim sea la película más contestataria de los últimos tiempos en Venezuela. Lástima porque su objetivo de desmontar la farsa del comunismo caviar no se cumple, pues se encarga de sostener mitos disolventes como el de culto a la personalidad de Hugo Rafael.

El actor principal habla de su “comandante” con la ligereza y la alienación de un miembro de la constituyente. Extraña la época de bonanza del proceso bolivariano. Comparte una visión de devoto ciego, extrañando a la peste del siglo XXI. El síndrome de Estocolmo arropa a las marionetas de la trama. En el mundo real, Chávez no es el padre la independencia y su legado de cenizas provoca la irrupción del cáncer madurista.

Las placas de Power Point de Caribian Drim ilustran la anarquía del bachaqueo, pero con el interés de alentar las tesis de Jorge Rodríguez alrededor de la guerra económica y el complot financiero de Dolar Today.

El protagonista interrumpe con tosquedad y torpeza las acciones del contexto; meras transiciones de acabado grueso y amateur.

El moderador retoma la oralidad del relato, acusando a chivos expiatorios de la conspiración externa e interna, dándole oxígeno a la campaña de cacería de brujas. 

Caribian Drim complace al chavista de Cayendo y corriendo, Aporrea y Las Verdades de Miguel.

El escaso público la consume con una mezcla de indiferencia y estupefacción en la sala, sintiéndose burlado y estafado. Todo un backlash, para la marca del cine venezolano, estrenarla en salas.

La ley ampara unas propuestas populistas infumables, cual arenga de Pablo Iglesias animada con cromos, tomas feas de playas desoladas, vuelos de drones y diversos esqueletos gráficos de televisión comunitaria.

En su universo paralelo y victimista, los esperpentos de la película señalan a la élite de estimular el hundimiento de los pobres. Los ricos son entidades abstractas y temidas en la cinta. Se desconocen los aportes del Pacto de Puntofijo a través de un archivo manipulado groseramente.

Caribian Drim refleja la esencia de un progresismo desdentado y crecido en las redes parasitarias de Tiuna el Fuerte.

Hoy sus viudas lloran por la muerte del paraíso del reparto a manos llenas. Muchachos, ustedes vaciaron el botín con la anuencia del comandante. No sigan equivocándose, no sigan cometiendo errores en la cartelera.

Ahora debatamos su narrativa cínica en el foro de comentarios.