Opinión

Carta al papa Francisco

Muy Santo Padre: la palabra “santidad” es relativamente oscura.

Primeramente, de una manera muy general, uno llama “santos” a todos los bautizados.  En la fiesta de “todos los santos” uno los honra a todos. No es el sentido canónico. Uno llama santos en este sentido especial los fieles que, después de un examen muy severo, son considerados como modelos; incluso como intercesores. A estos santos uno no ruega por ellos. Uno les ruega por nosotros.

Santo Padre: quisiera presentarle una solicitud, quiero decir, hacer que las canonizaciones, mañana, sean un poco diferentes de lo que eran ayer. Quisiera que se canonicen personas parecidas a nosotros, pobres hombres de este angustioso comienzo del siglo XXI. Y, por ejemplo, me gustaría que se canonicen padres de familia.

Usted me responderá que el proceso de canonización se hace en concordancia con reglas muy precisas. La primera es constatar que la persona haya manifestado virtudes heroicas; la segunda, que no haya dicho nada contra la fe católica; la tercera (posiblemente la más difícil) es que Dios haya mostrado mediante signos evidentes que favorece la susodicha canonización, en otras palabras, que esta persona haya hecho lo que llamamos “un milagro”, puesto que es a Dios a quien uno recurre para otorgar tan gran honor.

Pero, ¿no existen acaso varios tipos de milagros? Como el caso de Ozanam, un laico, casado, fallecido a los cuarenta años. Ozanam era un poeta, un artista, un escritor. Ozanam fundó junto con algunos amigos la Sociedad de San Vicente de Paul, que constituyó para mí un milagro, esto es, un hecho altamente improbable. En efecto, el pequeño grupo de siete fundadores, reunidos en 1833 en París, engendró una fraternidad de más de 800.000 miembros en 120 países de los 5 continentes. ¿No puede uno considerar esto como un hecho muy improbable? Como el caso actual en Inglaterra de Jean Venier, cuya compasión por los incapacitados mentales lo llevó a establecer una fundación, Arche, que ya es un emporio mundial para socorrer seres humanos con esa incapacidad.

Santidad, permítame sugerirle que es preciso luchar para abolir malentendidos de tiempos pasados para abrir el porvenir de un nuevo tiempo, puesto que después del final de la Edad Media, ha existido un conflicto lamentable entre ciencia y la fe: conflicto de deberes donde la verdad parece oponerse a la verdad, lo cual llevó al lamentable conflicto que tuvo como símbolo la condena de Galileo, la cual condena jamás vuelva a renacer con científicos de nuestra época, mejor dicho, nos gustaría ver que comience en este siglo el tiempo cuando la razón y la fe no estén en desacuerdo, más bien que se complementen y se desarrollen la una por la otra, como lo deseaba San Agustín: la fe buscando la inteligencia y esta buscando aquella (la fe).

Por otra parte, Santo Padre, en su pasada bendición Urbi et Orbi usted expresó con relación a Venezuela que deseaba “se encuentre la vía justa, pacífica y humana para salir cuanto antes de la crisis política y humanitaria que la oprime”, frase muy acertada pero incompleta, ya que le faltó añadir, lo digo cordialmente, que ese pacifismo solo es posible si hay elecciones libres, transparentes, como lo exige la comunidad internacional, lo cual se logra al salir el desgobierno de las instituciones electorales y sean integradas por venezolanos independientes auténticos, con garantías reales de un proceso electoral pulcro.

En la práctica, Santo Padre, su declaración se observa como de apoyo a la dictadura que oprime nuestro país y que valiéndose de las armas de la república reprime sin misericordia cualquier protesta legítima y justa causada por el viacrucis que es vivir actualmente en Venezuela, dada la angustia arrojada por la crisis humanitaria que usted bien menciona, y por la desesperanza que cunde en la población al no sentir futuro para cumplir su rol asignado por Dios en la Tierra, aquí muchos solo esperan el más allá. La desesperanza lleva al radicalismo, a las migraciones y a soluciones fatales, a lo cual contribuye, además, que usted tampoco dice que desconocerá el resultado comicial emanado de elecciones ilegales y fraudulentas.

Si usted, Santo Padre, decide complementar la exigencia de una solución pacífica a la crisis en Venezuela, pero con elecciones libres, democráticas, Vuestra Santidad se unirá a las voces del coro internacional que condena el próximo fraude electoral del 20 de mayo, y aparecerá en este planeta como la estrella que anuncia el alba de nuestro amanecer democrático, el que abre las puertas del porvenir no solo para mi país sino también para todos aquellos pueblos que sufren angustiosamente los efectos de la irracionalidad política expresada en gobiernos dictatoriales.

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