Opinión

Carta abierta a Arturo Sosa S.J. (II)

En este punto no es malo ampliar nuestro horizonte histórico real –el de verdad verdad, no aquel ilusorio surgido de su bondadosa fantasía – al del mar de la felicidad. Pueda que gran parte del horror que parece estar sufriendo una buena parte de nuestra sociedad por el curso que lleva nuestro tren de marras se deba a la fundada sospecha de que su maquinista pretende llevarnos directamente a esa utópica estación final: La Habana. Y sabiendo en qué estado de participación real se encuentra la ciudadanía de nuestra querida Cuba, cuan plurales son sus organizaciones ciudadanas y por qué medios quien allí gobierna en solitario desde hace 43 años suele activarla cuando lo necesita – reclamos masivos ante la Embajada de Estados Unidos, conmemoraciones en la Plaza de la Revolución, etc.,etc.,etc.– , una parte de nuestra sociedad cuyo número Usted no menciona, pero seguramente no desdeña, decidió precisamente lo que Usted con un poco de tardanza y otros fines nos recomienda: se ha activado, ha salido a la calle y está en pie de guerra defendiendo su derecho a construir una sociedad justa, libre, moderna y democrática.

Que Usted no lo reconozca, asombra. Nuestra “sociedad civil” ya está activada, padre Sosa. No requirió esperar a su consejo. Y es una simple canallada pretender medirla con el mismo rasero platónico con que Usted pretende medir nuestras confrontaciones. Como si fuera una abstracción –mera realidad virtual la llama José Vicente Rangel, nuestro áulico intrigante de palacio– perfectamente comparable con otros “vectores” sociales, como los presentes en los saqueos a negocios con sus saldos de muerte y desolación de modestos comerciantes, los intimidantes paseos motorizados frente a nuestros medios de comunicación, los asaltos a pedradas y martillazos a sus sedes principales, los ataques armados a rectorados y otros despachos universitarios, así como las ya recurrentes y a veces sangrientas agresiones a camarógrafos, fotógrafos y reporteros de ambos sexos, ocupados en sus deberes profesionales.

El problema no es este descolorido panorama en blanco y negro, súbita aunque no sorprendentemente teñido de rojo el 11, 12, 13 y 14 de abril. No es un dato de la naturaleza que el país esté dividido, según su percepción, aparentemente en dos partes iguales, que homologa Usted con dos trenes desbocados. Esa es una flagrante falacia indigna de un intelectual como el padre Sosa. El país ha sido dramáticamente dividido, con intención, dolo, maldad y alevosía por quienes han vuelto con la prédica de la lucha de clases, un proyecto político y un proceso revolucionario que pretende aniquilar nuestra tradición democrática. Si es cierto que tras esta política conscientemente divisionista hay problemas de fondo que deben ser rápidamente enfrentados y resueltos con coraje, inteligencia y voluntad –aquello que Usted sin querer profundizar llama “problemas estructurales” y que se remiten a las escandalosas diferencias sociales que nos aquejan–, no es menos cierto que dichos problemas han sido agudizados antes que resueltos por quienes pretenden utilizarlos para alimentar sus ansias de poder, cuando sabe Usted perfectamente bien, estimado padre Sosa, que pueden y debieran ser resueltos en el marco de una sociedad democrática, solidaria y justa, que busque modernizarse para hacerse próspera y participativa.

Chávez, bien por el contrario, pretende resolverlos por medio de una dictadura socializante y caudillesca, que nos retrotrae a lo más tenebroso y polvoriento de nuestro pasado. La inmensa mayoría de la población que le adversa, por medios institucionales y democráticos. ¿Da lo mismo una u otra fórmula si solo nos atenemos a “la necesidad de resolver los problemas estructurales?”. Si así fuera caeríamos en un indigno dilema moral: permitir las iniquidades de una dictadura –de cualquier signo, castrista o pinochetista– en nombre de la solución de los problemas básicos que nos aquejan. No puedo creer ni acepto que Usted, alto dignatario de la Iglesia antes que “intelectual”, sea de tal predicamento.

Revolución o democracia: ¿cabe una reconciliación de los términos? Muy a nuestro pesar, no creemos posible que el chavismo y el antichavismo miren a un mismo horizonte. La línea que separa a demócratas y revolucionarios es infranqueable. Son términos tan excluyentes y contradictorios que han dado lugar a muchas y muy cruentas guerras civiles, como la rusa de octubre de 1917 –y si consideramos la de 1905 y los enfrentamientos anteriores prácticamente desde comienzos del XIX– hasta hoy marcando todo el decurso del sangriento siglo recién pasado con sus millones y millones de cadáveres. La tarea consiste, pues, en iluminar los espíritus y permitir un reencuentro de todos, pero en este lado de la línea, del lado de la democracia, del lado de las libertades públicas, la alternabilidad, el sacrosanto respeto a los derechos humanos, la paz, la justicia y el respeto mutuo de todos los hijos de una misma nación, todavía vigentes entre nosotros gracias a nuestra “activada sociedad civil” y a la tenaz lucha de los medios de comunicación.

Ante la palabrería vana y autocomplaciente que pretende, así sea de buena fe, encubrir este profundo hiato que nos tiene en este ruinoso estado, más vale el silencio.

MAYO DE 2002.