Opinión

Ni carne ni billetes, añagaza

El mayor bache de Baruta, casi un cráter, está en la calle Las Piedritas de la Zona Industrial de La Trinidad. Abarca varios metros y superarlo sería tan divertido como pasear sobre la superficie lunar si no se corriera el riesgo de quedarse sin vehículo. No hay repuestos ni bolsillo que aguante su precio. El socavón no es producto de un olvidado y lejano movimiento telúrico, sino del más agresivo enemigo del asfalto: el agua, sea simple H2O, servida o potable. Pareciera que la que nos ocupa sería una especie de sanguaza que en minutos desintegra el asfalto y deja un manto de arena negra y hedionda.

Desde 2011, o poco antes, instalaron en un estrecho galpón en el que funcionaba un laboratorio químico una venta de carne congelada. Nunca se supo a qué organismo estaba adscrita, pero en un gran letrero se leía “Carne Venezuela”. Justo en los días cuando Nicolás Maduro y Ernesto Villegas informaban al mundo que a Hugo Chávez le habían hecho en Cuba una traqueotomía a las 4:00 de la tarde y luego estuvo conversando con ellos y pasándola bien hasta medianoche, se acabó la venta de carne al público en general.

Hasta ese día hubo grandes colas de gente que venía de Las Minas y Las Minitas de Baruta, La Palomera, El Limón y La Limonera, pero también de Catia, de Vista al Mar, Blandín, Macayapa y Lídice, sin olvidarnos de Petare y el barrio La Lucha en Catia La Mar, a comprar carne de res y de cerdo, algo de pollo y pescado. Al principio, todo el que llegaba a la puerta pasaba inmediatamente a la sala donde estaban las neveras con los cortes empacados al vacío. El vigilante apresuraba la entrada: “El comandante Chávez no quiere ver al pueblo haciendo cola”.

Los camiones refrigerados siguen llegando con cuartos de reses y marranos beneficiados, y otros son cargados discretamente y enviados a sitios desconocidos. Cuáles son los cortes, cuánto pesa cada paquete, solo allá dentro lo saben. Es una actividad sigilosa, quizás clandestina, el único indicio es el bote de agua pútrida que llega hasta la calle y daña el asfalto. El presidente de un consejo comunal, la célula primigenia del nuevo orden socialista, le preguntó a uno de los trabajadores cómo hacía para comprar carne, que él veía que entraban y salían camiones. “Eso se acabó, ni a nosotros nos venden. Ayer tuvimos que protestar fuerte para que nos vendieran unos kilos de lagarto con hueso y un par de costillas. Llevaban tres meses sin vendernos nada. Todo se lo llevan para la gente del gobierno y los militares, uno tiene que morir callado”. Vendo metro para medir cuáles son más iguales que otros.