Opinión

Camino hacia la esclavitud

Mientras la libertad se vuelve cada minuto más evanescente y escurridiza, inasible, la preocupación generalizada se orienta a lo más simple y elemental: la supervivencia, que se traduce en encontrar comida y medicinas, y sobre todo no atravesarse en la trayectoria de una bala. Lo demás –educarse, distraerse, viajar, leer algún libro y hasta ir al cine a pasar el rato–, desapareció de la vida cotidiana. Olvídate del goce estético y de las bellas artes, también de la rumba.

La lucha en la calle es feroz, casi salvaje, sea por ir parado en el autobús o por no morir asfixiado en el Metro, estar en la cola de los productos regulados, no dejarse quitar la caja CLAP, o por encontrar efectivo para cambiarlo en Catia por huevos, tomates, algo de yuca, plátanos, una bolsita de caraotas negras y 200 gramos de café “artesanal”. Hasta ahí.

Lo único abstracto común para todos es la esperanza de que algo pase, de que caiga un rayo y se dé el milagro de que haya un cambio y la revolución, el socialismo, la lucha por la dignidad de los pueblos de América y toda la demás regorgaya que escuchamos desde el juramento sobre la constitución moribunda desaparezca, que descubramos que ha sido una pesadilla y en cualquier momento podremos reanudar la discusión sobre la justa distribución de la riqueza y sobre la igualdad y la libertad.

La censura, la persecución de las ideas, la brutal represión, las torturas y maltratos a que someten a los presos políticos, las ejecuciones extrajudiciales y la corrupción, ay, la corrupción, no escandalizan a las instituciones y los funcionarios no se dan por enterados. Son tan inexistentes como la escasez de comida y la hiperinflación. Solo quienes no sintonizan VTV-PSUV y sus infinitos clones desconocen el luminoso futuro que espera al pueblo venezolano tan pronto como se vayan todos los apátridas, la oposición entienda lo mucho que le conviene plegarse al gobierno y se haga realidad la mágica recuperación de la industria petrolera. Ah, y funcionen los 18 motores de la economía que fueron anunciados años atrás y todavía ni siquiera han pistoneado.

En la democracia bastaba que alguno de los múltiples denunciadores se quedara sin mesada –¿te acuerdas, José Vicente?– para que todos los medios y noticieros se hicieran eco de su último hallazgo y el escándalo durara más de una semana o hasta defenestrar al presidente y su entorno. Ahora ni la estafa milmillonaria de Odebrecht ni la desaparición del fondo chino ni los 600 millardos de dólares que entregaron a empresas de maletín de altos y medianos funcionarios merecen un centímetro/columna en los medios públicos ni en los suboficiales. Es más, fue prohibido terminantemente investigar los negocios, transacciones y tratos de los empresarios brasileños y también de los portugueses, que recibieron una buena mascada por las canaimitas –¿recuerdan?– y por la segunda autopista Caracas-La Guaira –¿dónde está?

Las técnicas y prácticas de embobamiento, de perder el tiempo preocupándose de tonteras, han cambiado poco en los últimos veinte años, pero mantienen la eficacia. Basta tener a mano una estupidez que desconcentre a la audiencia, como hablar de millonas de personas o de los buenos libros que ha “escribido” Tarek Williams Saab, para que todos se olviden de la ilegitimidad en la que se mantienen el jefe del Estado, de la Tumba del Sebin, del asesinato a mansalva de Oscar Pérez y asuman el “error” como la peor catástrofe o desdicha personal, aunque las farmacias sigan sin medicamentos, los mercados sin comida y la calle sea una batalla campal entre pranes de toda calaña.

La diferencia entre un esclavo y un hombre libre es que al primero lo encadena un bocado de comida, que no es ni siquiera un manjar, sino migajas y sobras; mientras que el segundo puede mentarle la madre al presidente porque no depende del gobierno sino de su trabajo, tiene el estómago lleno y puede ser díscolo y retrechero. La paz que anuncia la revolución consiste en vaciar estómagos y cerebros por las buenas o las malas. Alquilo carnet de la patria.