Opinión

¡Camaradas, por el CLAP!

I

Apenas pasadas las dos de la mañana la muchacha comenzó a vomitar de nuevo. Lo que pensé que pudo haber sido una comida china que le cayó mal, tenía la pinta de una virosis propia de esta época del año. Segunda noche abrazada a la poceta.

Anís estrellado, se sentía abombada y le ardía el estómago. Concilió un poco de sueño a eso de las cuatro de la mañana. A esa hora le dije: “Hija, así no puedes ir a marchar, ya llevas dos días en esto, te quedas en cama”.

Cuando ya estaba yo por salir al periódico, con la idea de pasar antes de las gloriosas trancas de la oposición, la muchacha se despertó: “Mamá, ¿no me vas a llevar a casa de mi papá? ¡Vamos a la marcha!” ¿Cómo podía decirle que no? ¿Cómo dejarla en casa cuando esa es la niña que criamos, consciente de su papel en la sociedad, con ganas de futuro, con dolor en el alma por su país? Agarramos por los caminos verdes. Su padre vive en el oeste, y desde allí planeaba salir con toda su familia para la movilización opositora.

II

El juego del hambre funciona no solamente en los dichosos libros de ficción. Pero lo que vi no fue solamente hambre. Y puede que muchos me caigan encima hoy, pero como periodista no puedo, ni quiero, edulcorar los hechos para caerle bien a la gente. Lo que vi no fue solamente hambre, aunque era obvio, público y notorio que a más de uno le llegó la amenaza: “Si no marchas con nosotros no habrá bolsa CLAP”.

Además de las dichosas fuerzas del status quo, pero con actitud festiva, relajada, había mucha gente de camisa roja. La plaza Los Símbolos estaba, a esa hora temprana, llena de militantes, simpatizantes y bochinchantes. Sé que esa palabra no existe, pero a esa hora ya debía estar corriendo la caña, porque estaban felices.

Le di la vuelta a esa redoma hacia la Nueva Granada. Cerrada. Por las aceras iba caminando la gente feliz, como si fuera para una gran fiesta, un concierto de un ídolo reguetonero o algo por el estilo. Tuve que meterme por las callejuelas de Las Acacias. Un grupo de supuestas guajiras con batolas hermosas y muy maquilladas hacía chistes en una esquina. Otra gente con franelas rojitas y gorras revolucionarias departía alegremente con los PNB.

Me llamó la atención que no había muchas camisas identificadas con ministerios u oficinas del gobierno. Sí muchas con los ojitos de Chávez y hasta algunas mujeres con sus licras apretaditas y una franela con una silueta del fulano eterno en dorado, como si fuera la de Bolívar en las monedas. Esas iban caminando hacia la gran tarima que estaba a mitad de la Nueva Granada hablando felizmente por teléfono: “Nos vemos allá, detrás de la tarima, chica, vente que la vaina está buena”.

III

Lo lamento, pero tenemos más de 18 años con los ojos vendados, sin querer ver la realidad, metiéndonos mentiras: que este fue electo democráticamente, que la democracia está viva, que el venezolano es de tradición democrática, que somos un país rico, que la gente tiene conciencia de lo bueno y lo malo, que son minoría los que por una botella de ron y un bochinchito bien armado va a votar por esa bazofia.

Si desde el principio, desde 1992, hubiéramos tratado a los golpistas como lo que son, nos hubiéramos enterado de que hay mucha gente necesitada de educación más que de limosna, nos hubiéramos dado cuenta de que el país no es rico si su gente no está preparada, de que es imposible tener conciencia de lo bueno si no lo enseñamos, y de que el bochinche lo llevamos en la sangre, otro gallo cantaría.

Pero nada, estamos aquí, después de padecer un gobierno criminal al que hemos tratado con menos que pétalos de rosa, con armas democráticas. Y todavía pensamos que lo que hay que decirle a la gente es que las dichosas bolsas del CLAP van a seguir llegando.

Quiero alguien que diga claro y raspao que lo que hay es que trabajar para ganarse los paquetes de arroz; alguien que nos ayude a luchar por una educación inicial de calidad; alguien que enseñe con el ejemplo lo que significa cuidar a una familia.

IV

No ha llegado al mediodía y hay un muerto a manos de los colectivos. Un tiro en la cabeza. Sin duda, hay que acabar con esto. Hay que ponerse los pantalones, no podemos seguir cayendo. Por eso, así como la mandaba a la escuela con un analgésico cuando tenía gripe, así mismo hice el esfuerzo para que ella fuera a marchar. Porque el país por el que ella lucha es el país de sus hijos.