Opinión

Al calor de la butaca: De ratas y hombres

Actor, director, dramaturgo y formador de intérpretes, Gilberto Pinto constituye sin duda una de las principales figuras del teatro venezolano. Nacido en 1929 y fallecido en diciembre de 2011, Pinto tuvo una prolífica intervención en las artes escénicas venezolanas que lo hizo merecedor del Premio Nacional de Teatro 1999 como reconocimiento a su labor.

Entre sus primeras obras se encuentra El hombre de la rata, texto de su autoría que fue representado en su estreno por él mismo, durante su debut en septiembre de 1963 en la Universidad Central de Venezuela, en un montaje dirigido por Pedro Marthan.

La más reciente versión, dirigida por Sheila Colmenares, se interpretó por primera vez en abril de 2014 con ocasión del Festival de Teatro de Caracas. Una puesta en escena que desde entonces se ha venido presentando en temporadas breves y que el pasado fin de semana pudo ser apreciada por el público en el Teatro San Martín de Caracas.

Con producción de Vanessa León y Estephanie Carrizales para la agrupación teatral Las Tres Gracias, El hombre de la rata cuenta con la actuación de Ángel Pelay, quien asume con intensidad el personaje de Ismael Peraza, su protagonista, un vagabundo que entra en escena preocupado por encontrar un lugar de cierta privacidad donde poder orinar, sin quedar expuesto a la vista pública.

A partir de ese momento Ismael nos irá sumergiendo en su abandono, que se mueve entre la soledad y las angustias propias de una generación que al momento de ser escrita la pieza enfrentaba los primeros años de la democracia tras la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Un texto que, si bien fue producto de otro contexto político y social, mantiene una vigencia de pertinente actualidad.  

Pinto trató en su obra la represión social mediante aspectos referidos a la religión, al militarismo y la sexualidad, como componentes de una sociedad que envuelve y por momentos es capaz de aniquilar a sus componentes. Ismael Peraza trata de sobrevivir en un entorno agobiante, por momentos perverso, que le aniquila y lo arrincona hasta hacerle ocupar una posición marginal.

Ángel Pelay logra con profesionalismo y eficiencia meterse en la piel de Ismael Peraza, saliendo airoso en este trabajo que requiere de una enorme entrega emocional y física. La puesta en escena minimalista que le recibe en la penumbra le permite también desarrollar de forma lúdica su propuesta como actor.

Sigmund Freud llamó “El caso del hombre de las ratas” a uno de sus más célebres tratados acerca del tratamiento de la neurosis obsesiva dentro de sus fascinantes trabajos sobre el psicoanálisis. Si bien con la obra de Pinto solamente comparte el nombre, es sin duda curioso poder establecer una vinculación entre ambas.

Conviene estar atentos a presentaciones eventuales de esta pieza que acerca a un honesto trabajo teatral, partiendo del texto de uno de nuestros más importantes referentes de la escena teatral venezolana.