Opinión

Al calor de la butaca: La decisión de Nora

Escrita en 1879 por el noruego Henrik Ibsen (1828-1906), Casa de muñecas es una pieza revolucionaria en la historia del teatro tras generar, desde el momento de su estreno, no pocas controversias. En esa época (finales del siglo XIX) prevalecía la concepción de la mujer subordinada al hombre, ya fuese como hija, esposa o madre, lo que había creado un modelo femenino servicial y obediente, siguiendo ciertos patrones sociales predeterminados que le permitían adaptarse y actuar como un prototipo de mujer ideal.

En tal sentido Nora, el personaje creado por Ibsen como su protagonista, reivindica a la mujer como persona, convirtiéndola en una nueva Eva, transgresora de unos códigos sociales propios del modelo de familia y sociedad dominantes. El abandonar la condición de objeto a la que estaba sometida y decidir por primera vez de forma directa sobre su propia vida causó una gran conmoción como acto de rebeldía femenina.

Luego de superar una primera etapa romántica en la que su interés se centraba en temas propios de la tradición noruega, como lo hizo con Peer Gynt (1868), Ibsen asume un segundo período teatral enfocado en aspectos propios de su tiempo, con obras como la propia Casa de muñecas y El enemigo del pueblo (1882), entre otras, hasta llegar a un tercer ciclo mucho más simbólico y metafórico del que destacan piezas como Hedda Gabler (1890) y Al despertar de nuestra muerte (1899), su último trabajo dramatúrgico.    

Casa de muñecas se presenta hasta el próximo domingo, en una versión dirigida por Andreína Salazar, como cierre del evento El viaje teatral, en la sala Luis Peraza del Centro de Creación Artística TET. El montaje cuenta con las actuaciones de Matilda Corral, Jorge Melo, Mariela Suárez, Jesús Hernández y Rafael Monsalve.

La dirección de Andreína Salazar destaca por el rigor en el trabajo actoral de sus intérpretes, quienes lucen creíbles en sus personajes, apoyados en la configuración de un espacio escénico que logra separar de manera efectiva las diferentes áreas que conforman el hogar de la familia Helmer.

Si bien las motivaciones que preocupan a Nora sobre la reacción de Torvaldo al conocer la verdad de la decisión tomada por ella años atrás puedan parecer en este momento histórico banales y exageradas, si las ubicamos en su contexto resultaban ciertamente perturbadoras para una mujer sometida a la voluntad de su marido. El uso de dispositivos como la computadora o el teléfono, que ubican el montaje en un período próximo, encuentra precisamente en ello su punto más débil, al parecer excesiva la angustia de su protagonista frente a este suceso, restándole credibilidad y minimizando el suspenso requerido hasta su desenlace.

Con innumerables representaciones escénicas y algunas otras cinematográficas (cabe recordar las dos realizadas casualmente en el mismo año 1973, por Joseph Losey con Jane Fonda, y por Patrick Garland con Claire Bloom), Casa de muñecas sigue siendo una obra de lectura necesaria, como ejemplo de compromiso y reflexión desde el teatro de aspectos fundamentales de la sociedad.