Opinión

Breves sobre política y políticos

Buena parte del liderazgo opositor no entiende que la verdadera naturaleza del problema de Venezuela no es electoral sino existencial. Por el camino de las derrotas evitables y triunfos muy circunstanciales, el país camina hacia su progresiva destrucción. Cada día estamos peor y, lo más grave, es que muchos opinadores endosan a quienes sienten la obligación de bregar dádivas o recibir lo que el régimen les da para garantizar la supervivencia. La culpa no es del pueblo que recibe selectivamente. Es de una dirigencia política, económica, social y militar cerrada sobre sí misma. No ve más allá de sus propios intereses. Por muy legítimos que sean, no bastan para reaccionar  adecuadamente, es decir, para lograr el necesitado cambio de régimen.

Es hora de volver a la Política con P mayúscula. A entenderla como el arte de hacer realidad lo que es necesario. Para que funcione debe haber claridad de objetivos y unidad en torno a ellos. Para los verdaderos demócratas esa unidad puede ser dinámica y hasta diferenciada, pero todas las estrategias deben conducir hacia el mismo fin. Nunca como ahora ha sido más necesario dejar de lado intereses o ambiciones personales o de grupo. El juego calculado es el peor enemigo de la lucha para instalar un verdadero sistema basado en la libertad.

Los partidos tienen que reformularse. Si no entienden estas consideraciones básicas van a desparecer irremediablemente. Unos por falta de comunicación con el ciudadano común. Otros como víctimas de las luchas internas que sin querer queriendo, agregan resentimientos y rencores que tardan demasiado en superarse. Los partidos tienen que ser instrumentos al servicio de la colectividad. No en lo que se han convertido progresivamente, es decir, instrumentos al servicio de quienes tienen la responsabilidad de dirigirlos. Es decir, deben justificar su existencia por la utilidad de la labor en beneficio de la comunidad. Pierden su razón de ser cuando quedan en manos inescrupulosas que los utilizan para beneficio personal o grupal. La responsabilidad de la dirigencia en la crisis actual está a la vista. El cambio necesario ofrece la oportunidad de la reivindicación o, lo que muchos desean, la irrupción en la vida pública de una nueva generación que asuma el control y las riendas de la lucha. Con lo que tenemos será difícil y de producirse el relevo, se necesitará una dosis importante de formación, honradez integral y coraje.

En el caso del régimen el problema es diferente. Control total, represión a diestra y siniestra, violencia física e institucional. Una dictadura sin careta. Ahonda el abismo entre el Estado y el país real. No podemos perder tiempo  con una “política” pequeña y hasta asquerosa en algunas de sus manifestaciones.

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