Opinión

Ni borrón ni cuenta nueva

Alfredo Cedeño

La justicia es una manifestación de las virtudes de los hombres, y la hemos ido afirmando a lo largo de nuestra historia como cortafuego de nuestras pasiones. Sin ella nos seguiríamos matando cual Caín a Abel, viviríamos en una jungla donde los más fuertes despedazarían a su real gana a quienes los rodeamos, la ferocidad, disfrazada de supuesta valentía, sería el único patrón válido con el cual poder convertirse en una referencia para nuestro entorno. El infierno sería un vergel al lado de nosotros.

Nada es perfecto, ni aún la justicia, es por ello que creamos las leyes, conjunto de normas para que lo justo, manifestación equilibrada de razón e ímpetu, sea un tablero donde desplazarnos sin sobresaltos vitales, propios ni ajenos. Hay quienes denigran de ellas y las atacan sin compasión ni tregua, pero a la larga terminan por hacer propuestas de nueva justicia y nuevas leyes, es imposible sobrevivir sin ellas. Existe un pacto atávico de sujeción a ellas que ha permitido a la vida mantenerse.

Ha habido oportunidades en que ambas, justicia y leyes, han sido obviadas; en dichas ocasiones se ha invocado la clemencia o el sentido de la oportunidad para esquivarlas, y se ha apelado al viejo adagio de borrón y cuenta nueva, por lo general ello ha devenido en situaciones peores a las que se trataban de remediar. No hay caso: solo el cumplimiento de los códigos y el atenerse a lo justo es lo que nos ha salvado, hasta el día de hoy, de nosotros mismos y nuestras más bajas manifestaciones.

Cuando uno ve la total ausencia de normas en que vive Venezuela, ese estado que los sociólogos denominan anomia, asume que todo vale, no hay límites de orden alguno. No deja de sorprender que en medio de semejante maremágnum se alcen voces que pidan sensatez o que clamen porque se impongan valores de orden moral. ¿En qué cabeza cabe? Es digno de celebración que la moral de la ciudadanía sea todavía el aglutinante que nos conserva en pie, porque no hay cabeza a salvo dentro de la dirigencia política nacional. Y, como he repetido en diferentes oportunidades, es válido para un lado y para el otro.

¿A qué norma se le puede adjudicar que el manejo que ha venido haciendo la desaliñada dirigencia opositora de nuestro momento político es el adecuado? ¿Cuál es el criterio utilizado para que una serie de truhanes sean los que deciden según su real gana las formas de enfrentar a Maduro? ¿Existe una real disposición y ánimo de ejercer el poder y hacer que el país enderece el rumbo de bienestar, desarrollo y prosperidad que merecemos?

Es insólito oír a los sacristanes del gobernador de Lara anunciar: “A Maduro hay que acusarlo de abuso del cargo, no de abandono”. El talento es necesario hasta para ser payaso, y estos cofrades del ditirambo ni para eso lo tienen. No menos méritos que ellos reúne el saliente presidente de la Asamblea Nacional quien, en medio del debate sostenido por ese cuerpo legislativo sobre la responsabilidad política de Gofiote Maduro, haciendo gala de su mejor elocuencia y sin que le temblara la voz, soltó: “Vamos a adoptar esta decisión política y sabemos que no va a haber elecciones. Antes o después del 10 Maduro se va a quedar ahí”. ¿Qué les puedo escribir?

El cinismo, la indolencia, la desidia, el vivalapepismo, son los valores que recorren de manera transversal a todos estos infelices devenidos en héroes gracias a la apuesta irracional de un grupo de manipuladores de oficio quienes no terminan de asumir el país como vocación. ¿La esperanza todavía tiene cupo en la que fuera la Tierra de Gracia?

© Alfredo Cedeño