Opinión

Bendita sea la tirria

Alfredo Cedeño

Yo pecador, confieso ante Dios Todopoderoso y ante todos ustedes que he pecado, peco y pecaré mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión, con todo mi corazón, ya que no ceso de rogar para que la llama del rencor no se me apague; hasta hacer que la justicia algún día se cumpla sobre este territorio yermo que alguna vez fue una tierra de gracia.

Igual les manifiesto que no tengo culpas, ni las siento ni las pienso, puesto que me declaro incapaz de seguir siendo un cristiano, ni un católico ni un perro con lombrices, para dedicarme a conceder un perdón que no merece esta cuadrilla desastrada y harapienta que manda en Venezuela.

Ruego de manera fervorosa, persistente e impertinente para que la justicia divina, aunque preferiría la terrenal, se cumpla a carta cabal en cada uno de ellos. Imploro a los vientos e invoco las calamidades que han sido derramadas sobre nosotros para que con similar tenor se ceben sobre ellos.

Me niego a poner la otra mejilla, porque estos infelices, tantos los rojos como sus opuestos, ya nos las han arrancado, hasta dejarnos en el hueso vivo. Estamos en el punto de que al llegar a las puertas del cielo, primero estamos nosotros que perdonar el rojo desmadre: es un tema de mera sobrevivencia. No logro concebir el reposo hasta no haber conseguido que sean saldadas sus culpas una por una. No me imagino conceder el sosiego de la compasión sobre aquellos que han fabricado pecados para obligarnos a expiarlos a su conveniencia.

También confieso mi intolerancia para con los cómplices y beneficiarios de nuestras desgracias, las cuales han tratado de convertir en lucro activo de sus bazares partidistas, mientras proclaman ser arcángeles vengadores de una desgracia que ellos mismos han promovido para luego dedicarse a su goce y disfrute.

Proclamo mi ira sin afeites, desnuda de misericordia, que espero se fortalezca día tras día, hasta hacer que la real voluntad de todos nosotros sea una afilada guadaña que siegue toda la apestosa hierba que ahora nos inunda y llena de abrojos el alma.

Por todo esto y mucho más, que por el momento decido callar, es que convoco al dolor de todos para unir nuestras tristezas y hacer que recuperemos nuestra alegría. Y en medio de ello ruego a santa María, siempre virgen, a los ángeles, a los santos, a los patriarcas y hasta al Anticristo, para que interceda por todos nosotros ante Dios, Nuestro Señor y haga que la paz no siga siendo un espejismo.

Amén.

© Alfredo Cedeño

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