Opinión

La batalla final

En Rey Arturo el público abarrota la sala. Es el filme metáfora de la resistencia posmoderna. Celebra la lucha del mártir contra un déspota ominoso, identificado con el oscurantismo medieval.

El tirano purga a sus rivales, los condena a prisión, los somete al calvario de verdugos. Jude Law interpreta soberbiamente al maquiavélico personaje, a quien la audiencia compara con Maduro. Salvando las distancias, Nicolás carece del carisma del villano de la película. Por defecto, a ambos seres los iguala su proceder de cazadores de brujas, de pequeños emperadores hundidos por la codicia.  El autor británico, Guy Ritchie, revisita las formas y conceptos de la leyenda clásica, inspirándose en el lenguaje de los videojuegos, los clips de Vevo, los volúmenes de las tres dimensiones, las superficies inestables de la realidad virtual. 

El largometraje compone una vistosa secuencia en 360. Justifica el uso del formato estereoscópico. El director sabe dialogar con la generación del milenio, complaciendo su percepción multimedia. El diseño de producción condensa los valores de las aplicaciones móviles, las tecnologías interactivas de Play Station y los derroteros argumentales de las nuevas series de cable.

La puesta en escena gratifica la mirada del fanático de Juego de Tronos, desde los dominios del responsable de Cerdos y diamantes, la franquicia Sherlock Holmes y Operación U. N. C. L. E.

Responde a la televisión shakesperiana con la habitual artillería pesada de la casa: ritmo endiablado de montaje, diálogos absurdos, cámaras lentas, tramas paralelas, secundarios inesperados, acciones barrocas y manieristas, laberintos genéricos, imágenes seductoras, reivindicaciones de los códigos de expresión de las periferias culturales.

La comedia negra desarma al melodrama y la tragedia, para narrar el derrumbe de una monarquía, a cargo de una conjura de punks y disidentes de los barrios bajos del Londres antiguo. 

Metamensaje industrial, corporativo y político del subtexto, la monarquía envilecida cae por gobernar a espaldas de los intereses de la gente común. 

El espectador venezolano suscribe la moraleja, soñando con el final de la pesadilla roja rojita. La alegórica Rey Arturo, por consiguiente, cierra con la instauración de una república de colores diversos y alternativos, dentro de los límites de una mesa redonda nacionalista. La cinta brinda un voto de confianza a los apólogos del populismo Breixit. Uno de sus temas discutibles. 

Por decir algo, los antihéroes despiden y rechazan el apoyo de los vikingos por colaborar con el régimen depuesto.  

A favor del acabado de la pieza, cabe destacar el trabajo de sonido, la creación de una partitura emocionante, la escritura de un guion consistente, a pesar de sus derivas predecibles. El conflicto de la espada en la piedra refuerza el ideario del mesianismo contemporáneo. Las traiciones y dilemas familiares vuelven a plasmar el mapa de los viejos contextos bíblicos, épicos y bélicos.

No resulta casual el parentesco con la incomprendida Assassin’s Creed de Justin Kurzel, el realizador de Macbeth. 
En último caso, Rey Arturo evidencia una de las corrientes y tendencias del momento, la de perpetuar el mito de la fantasía histórica como sustrato de los relatos actuales. Umberto Eco se daría banquete con ella. Recomendable para los días de insurrección. La 300 de nuestra época.