Opinión

El ataque a Rafael Ramírez en Nueva York

En el restaurante del Hotel Crillón, uno de los más lujosos y caros de París, el huésped Diego Salazar Carreño, primo de Rafael Ramírez Carreño, extendió un cheque por concepto de propina al Concierge por la suma de 100.000 euros lo cual alarmó a la gerencia que notificó a la policía, eso generó una verificación de fondos de la cuenta, se constató que había para cubrir el cheque y mucho más, tanto como 300 millones de euros, pero llamó la atención que el dueño de la cuenta era un vendedor de seguros, surgió la pregunta ¿cómo es que esa actividad pueda posibilitar semejante capital? de allí partió la investigación que puso al descubierto toda una trama de corrupción que tenía su origen en el Ministerio de Finanzas y en Pdvsa desde donde salían aquellos torrentes de dinero a cuentas relacionadas con las de Diego Salazar Carreño en un centro para el lavado de dinero, el Banco de Andorra así como en el Banco Madrid y en una sucursal en Panamá, se detectaron y congelaron 21.000 millones de euros, esto ocurrió entre 2014 y 2015. Los detalles los ofreció el periodista Nelson Bocaranda en su columna Runrunes de fecha 17-03-2015

De esta trama poco se supo después, todo se fue apagando como se apagan los escándalos en Venezuela, uno pasa por encima del otro, los ruidos aumentan, las miradas se desvían, lo grave de ayer es tapado por lo mas grave de hoy y por lo gravísimo del día siguiente, pero las consecuencias se sienten en el nivel de vida de los ciudadanos; el desangramiento de nuestras riquezas en estos 18 años de revolución socialista nos ha traído a un pueblo mendicante, a un deterioro de los niveles de vida tal que tiene a las mayorías en un estado de pobreza que a lo sumo les permite comer una vez al día, máximo dos; la imagen de familias hurgando en la basura se mezcla –como en un cuadro de Pablo Picasso– con el del primo de Rafael Ramírez, el vendedor de seguros, dando una propina de 100.000 euros en el hotel más caro de París donde tenía una suite permanentemente reservada para él.

Hace tiempo llegué a la conclusión de que los crímenes de lesa humanidad en nuestro país no son solo los de la represión mortal que ensangrienta las calles, sino también esos robos, ese vaciamiento de las arcas del tesoro público que quita el dinero al pueblo para darlo y esconderlos en las cuentas de los primos, de los socios, de las queridas, de los testaferros, y es que no solo se mata con tiros, con bombas, también se mata con hambre, con carencia de medicamentos, con privación de medios para atender a la gente en los hospitales, y dentro de este concepto es que me dispuse a enfocar mi denuncia ante la Corte Penal Internacional, el delito de lesa humanidad bajo la modalidad de peculado, del robo a gran escala de los fondos del Estado, y para afinar ese concepto y preparar mi denuncia me dispuse a profundizar estudios en una universidad de Washington, pero allá lo que topé fue con la gran desilusión de saber que estaba en una actividad inútil en cuanto a la estrategia de plantear el caso ante la Corte Penal Internacional de La Haya. Incluso he llegado a creer que ese tribunal está mantenido por los ladrones y asesinos de gran calado para que sirva de sumidero de demandas contra dictadores y de ilusiones de justicia de sus víctimas, allá los delincuentes venezolanos tienen una embajadora que se codea con fiscal y jueces que nada ven, que nada oyen del escándalo de dolor y miseria que hay en Venezuela.

No sabemos que pasó con aquellos dineros encontrados en Andorra, Madrid y Panamá, tampoco lo que hizo el empleado del hotel Crillón de París con los 100.000 euros de propina, solo me vinieron a la mente estos recuerdos y reflexiones a propósito del reciente episodio del restaurante de Brooklyn, Nueva York, donde unos venezolanos, de nuestra abundante diáspora, vieron al Gran Primo dándose vida y no pudieron aguantar la indignación increpándole tantas cosas que hay que increparle y de las cuales además de la destrucción de nuestra industria petrolera, guardamos en el recuerdo con especial indignación aquel horrendo crimen de la urbanización “Los Semerucos” de Punto Fijo, Falcón, en septiembre de 2003, donde por orden suya, de manera violenta, brutal, criminal, desalojaron mediante un fuerte ataque militar a las familias de los trabajadores botados de Pdvsa.

En el restaurante en el que estaba el Gran Primo, donde un plato para dos cuesta 130 dólares, más impuesto y propina, unos venezolanos le recordaron sus culpas que algún día serán explanadas en un libelo acusatorio ante un Alto Tribunal de Justicia Transicional con jurisdicción universal para que en Venezuela y para los venezolanos se haga justicia por crímenes de lesa humanidad y genocidio, tribunal del cual saldrán órdenes de requisición de todos esos dineros que por tantos años salieron desde Pdvsa y demás entidades públicas a engordar las cuentas de todos esos primos, primas, testaferros y testaferras que entonces no serán diplomáticos ni diplomáticas, sino reos comunes que tendrán que responder por sus actos.