Opinión

Asesinatos microscópicos

Rodolfo Izaguirre

En Regreso de tres mundos (Fondo de Cultura Económica, 1959), Mariano Picón Salas escribe sobre lo que él llama !asesinatos microscópicos! Dice que “hay un crimen contra las cosas, asesinatos microscópicos que realizan cada minuto gentes insensibles e ignaras contra los buenos dones que Dios nos dio: luz, colores, plantas, greda o tierra. Gritan sin necesidad; maltratan a los animales, adulteran la función natural de los objetos. Su vacía ansia de pompa rompe todo ritmo, claridad y sencillez Compadezco aquellos seres que pasan por la vida, a veces ahitos de prosperidad y riqueza, pero sin afinar sus sentidos, sin aprender a ver, a oír, a palpar. Si toda ascesis –como la del yoga o la del santo– es dificultosa para el hombre, quizás a través de los sentimientos estéticos podamos obtener no solo el disfrute de la belleza, sino también contención y elegancia moral que haga más grata y soportable la sociedad de los hombres. Desde la cortesía para tratar a las personas hasta el arreglo de las cosas y la claridad de nuestra sintaxis”.

Pero los hay que aniquilan la vida, cercenan las ilusiones, y van nutriendo la morgue diariamente hasta que colapsa por el creciente número de víctimas de una violencia ciega y atroz que, al mismo tiempo, acciona un mecanismo de horror que consiste en aceptar gradualmente como un hecho natural que la cifra de muertes aumente cada fin de semana. Ya no son microscópicos pero tampoco requieren de lentes de aumento para establecer las dimensiones de sus estragos. Hombres y mujeres jóvenes del barrio o de la urbanización que caen asesinados por malandros y malhechores o por grupos violentos, paramilitares, sostenidos por un régimen igualmente alevoso, o por los desmanes de una Guardia Nacional robocópica y adiestrada para el crimen. No es otra sino la rígida y pesada atmósfera del cuartel que, dejando a su paso devastaciones inflacionarias y mucho luto está aplastando la alegría que siempre ha recorrido las calles y avenidas de la vida civil.

Y los asesinatos van adquiriendo una dimensión aterradora, corpórea y la densidad del espanto que provocan tiende a abarcar y cubrir todo el espacio geográfico habitable y la desolación nos obliga a abandonar el lugar donde nacimos y hemos cultivado nuestros anhelos; lo dejamos atrás y solos o con nuestros hijos cruzamos un horizonte yermo y devastado para comenzar en otros lugares una nueva vida de incertidumbres y desvelos. 

Y el asesinato ya no es microscópico como aquellos que inventariaba Don Mariano con su manera suya, exquisita, de escribir sino omnipresente, vestido con el sufrido traje de la diáspora, un vuelo de pájaros en desbandada, el oleaje impetuoso de un mar antes sereno y de pronto alterado y proceloso. Y la música de cuerdas y metales que brotaba de nuestra alegría de vivir fue expulsada violenta y arbitrariamente por el bronco rumor del cuartel, la rijosa orden del sargento, los cuadrados acordes de la trompeta en los desfiles militares que tanto despreció Víctor Hugo durante sus largos años de exilio.

Los asesinatos carecen ahora de nombre, creen refugiar su impunidad en el anonimato porque ahora junto a la diáspora surgen el hambre y la muerte. Los perros realengos que veíamos arrastrar por las calles su costillar de huesos eran los que hurgaban en la basura buscando qué comer, pero ya no lo hacen porque han sido desplazados por el ser humano. Constato con perplejidad que no son necesariamente indigentes sino personas vestidas adecuadamente rebuscando y devorando los restos que pudieran encontrar en bolsas de basura que repugnan de pestilencia. Ellos componen una imagen crispante que ofende al Tercer Mundo porque detrás de ella hay una muerte por hambre en el barrio marginal; una muerte indigna que es negada oficial y sistemáticamente para que no la toque la luz de la verdad. Las trampas siguen fraguándose en Miraflores o en el Ministerio de la Defensa y la inflación nos ahoga y nos impide comprar alimentos básicos. Tampoco los encontraríamos o sería imposible adquirirlos a menos que dispusiéramos de una escalera grande para subir al cielo, hallarlos en las nubes, bajar con ellos y bailar luego la bamba en el patio del cuartel. 

El horror venezolano, las actuaciones de la Guardia Nacional cercanas al espanto nazi, palidece sin dejar por eso de ser un horror cuando se lo compara con las atrocidades que perpetró el nazismo; los millones de víctimas de las purgas stalinistas; los 20 millones que se le atribuyen a Mao; los que asesinó Hussein; las muertes en Ruanda. El lento exterminio de los gitanos. ¿Cuántas mujeres han muerto asesinadas o desaparecidas en Ciudad Juárez? ¿Cuántos murieron a manos de Pol Pot? No contemos los muertos de Pinochet. Preguntemos, más bien, por el dinero que el gorila recibió del Banco Interamericano de Desarrollo o del Banco Mundial y de los bancos norteamericanos y veremos cómo un horror distinto se adueña de nosotros.

¡Crueldades microscópicas! ¡Asesinatos a gran escala! Pero basta conque se produzca uno, así sea microscópico, para que el mundo deje de ser el lugar donde pretendemos sembrar el resplandor de nuestras ilusiones.