Opinión

Aquel 4-F con CAP* (A 25 años del histórico suceso)

Invitado

La opinión de

Transcurría la noche del 3-F de 1992 con absoluta normalidad en casa de mis padres. Pasó la hora de la cena, la del noticiero y la de la novela de la época y, entre las 10:00 pm y 11:00 pm, uno tras otro fuimos retirándonos a nuestra respectiva habitación. Al día siguiente seguía la cotidianidad, que en mi caso consistía en ir a trabajar como asistente del magistrado José Rafael Mendoza en el entonces Consejo de la Judicatura, mientras esperaba mi acto de graduación como abogado en la UCV.

Pero de repente el teléfono repica casi a medianoche y ocasiona el alboroto y la expectativa que ese tipo de llamadas suelen provocar. Era mi tía Velma Soltero de Ruán, quien para entonces vivía en un edificio de Chuao y desde su ventana presenciaba atónita cómo un grupo de soldados intentaba tomar la Carlota, y se libraba en ese momento un duro enfrentamiento en esa base área.

Inmediatamente hacemos llamadas, pero casi nadie sabe nada a esa hora. La mayoría de quienes contactamos se están enterando por nosotros, hasta que logro comunicarme con la casa del Dr. Pedro París Montesinos –para entonces presidente del Congreso Nacional– y hablo con una de sus hijas, quien me informa que está en marcha un golpe de Estado y el presidente ha tenido que salir de Miraflores. También hay fuego cruzado en la Casona y se reportan alzamientos en varios sitios del país. Le pregunto por su papá y me dice que está en casa recibiendo y haciendo llamadas. Para esa hora reina la incertidumbre. Nadie sabe a ciencia cierta dónde está el presidente, ni se maneja con exactitud la magnitud de la conjura.

Cuelgo el teléfono y sin pensarlo mucho me dirijo a la casa de París Montesinos y me pongo a la orden para lo que tenga que hacerse en resguardo de la democracia. Ya casi a la 1:00 am, el Dr. París decide salir y nos vamos en un solo carro con un chofer, un escolta y las placas cambiadas, rumbo a la casa del senador Lewis Pérez, a la que se dirigen otros líderes adecos.

A los pocos minutos de estar en su casa, Lewis Pérez recibe la noticia de que el presidente está en Venevisión, e inmediatamente partimos a la estación de la colina. En plena subida nos interceptan varios soldados. Afortunadamente son tropas leales que están custodiando el canal. Al entrar, ya CAP ha transmitido su primer mensaje. Hacen presencia también los dirigentes copeyanos Eduardo Fernández, Gustavo Tarre y Luis Alberto Machado, así como muchos líderes de AD. Una señora que está presente –seguramente esposa de algún dirigente–, le pregunta a CAP angustiada: “Presidente, cuénteme: ¿cómo se escapó de Miraflores?”. Y CAP le responde con cara de pícardía y en su particular estilo: “Pues, cómo uno se escapa de esas cosas”. Luego de lo cual ofrece una brevísima y tranquilizadora sonrisa.

Al rato CAP transmite otro mensaje, este un poco más formal y sereno. Atrás una cortina negra y la bandera nacional. El presidente luce sobrio y ordena en tono grave a los insurrectos, previa referencia a su carácter de comandante en jefe de las FF AA, rendirse de inmediato y deponer las armas. Sobre las 4:00 am uno de los oficiales que está presente recibe una llamada e inmediatamente le pasa el enorme celular –tipo ladrillo– al presidente, y le anuncia que se trata del general Oviedo. CAP toma el teléfono, saluda y escucha al general como por 20 segundos, le hace un par de preguntas, e inmediatamente nos informa a los presentes que Miraflores ha sido retomado por tropas leales al gobierno y que parte inmediatamente hacia el palacio.

El carro de la presidencia del Congreso lleva esta vez al Dr. París acompañado de un par de dirigentes de AD. Nos toca irnos juntos a Luis Emilio Rondón, Liliana Hernández, el exministro Luis Alberto Machado y a mí, que para entonces era apenas un muchacho de 23 años, que acababa de culminar sus estudios de Derecho.

La insólita caravana de más o menos 12 vehículos, en la que no va ni un solo carro con placas oficiales ni de tipo militar, se desplaza con precaución por la Cota Mil hasta alcanzar la avenida Baralt, la cual baja parcialmente, se mete a la derecha en una esquina y cruza a la izquierda hacia abajo en otra, para desembocar finalmente frente a la Prevención 1: puerta principal del palacio sobre la avenida Urdaneta.

Al llegar a Miraflores el espectáculo no podía ser más lamentable. Se escuchan tiros aún a lo lejos, pasan frente a nosotros varios soldados insurgentes detenidos, que llevan las manos sobre la cabeza, hay un charco de sangre considerable frente al pasillo que conduce al interior del palacio, y dos soldados leales a la Constitución ponen en orden sobre la acera el armamento incautado a los rebeldes.

Dentro del palacio las cosas no son diferentes. Al caminar por los pasillos es inevitable pisar pedacitos de escombros que han quedado regados por todos lados. Muchos charcos de sangre, huellas de disparos en casi todas las columnas, paredes y puertas, incluyendo la del despacho presidencial. Me asomo a la sala de edecanes y está el ministro Ochoa en traje de campaña dando instrucciones por teléfono, y sale por la puerta del despacho a recibir al presidente el ministro Ávila Vivas, quien ha llegado minutos antes.

A partir de ese momento Miraflores empieza a llenarse de gente. Todo el mundo político se da cita en palacio, y los medios toman por asalto el escenario con el amanecer. A las 08:00 am el Dr. París me informa que nos retiramos. Debe prepararse para la sesión del Congreso que ratificará la suspensión de garantías que el Presidente está decretando en ese momento.

Acudo a su llamado y me subo tras él en el carro en que comenzó nuestro periplo de esa insólita noche, no sin antes recoger del piso el casquillo detonado de una bala de FAL, entre las decenas que había regadas por todos lados, que guardo celosamente como excepcional recuerdo de la tenebrosa experiencia que Venezuela vivió aquella nefasta madrugada, y cuyos destructivos efectos se han extendido hasta el sol de hoy para desgracia de todos los ciudadanos.

*Nueva versión del artículo original titulado “Al lado de CAP aquel 4-F”, publicado en 2012

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