Opinión

Apenas somos espectadores

Acaba de celebrarse en Buenos Aires la reunión de los líderes del grupo llamado G-20 consistente de las principales economías del mundo que concentran la mayor parte del PIB (producto interno bruto) del planeta y también de su población. Dentro del marco de dicha reunión tuvo lugar otra entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el de la República Popular China, Xi Jinping, en la que dichos señores hicieron el intento por desmontar la guerra comercial que vienen librando con el uso de tarifas diferenciales de importación para los productos que ingresan a sus respectivos territorios. Este mecanismo no es entendido por el grueso de la población, ocupada en menesteres más inmediatos, pero representa un impacto en la economía mundial cuyas consecuencias serán sentidas no solo por los contrincantes puntuales sino por todos.

Así, por ejemplo, el alza impuesta a las tarifas aduanales por parte de China a los productos agrícolas (soya) procedentes de Estados Unidos ya ha significado la disminución y/o cancelación de las exportaciones del producto y la amenaza concreta de ruina para los agricultores del cinturón agrícola estadounidense, mientras que ha resultado en una excelente noticia para los productores brasileños y argentinos que, de pronto, ven aumentados los precios y multiplicadas sus ventas hasta tanto la disputa se resuelva –si se resuelve– y las cosas vuelvan al status anterior. Como se ve, tensiones y decisiones de los “pesos pesados” se traducen de manera inmediata en el destino de quienes poco o nada tienen que ver con el asunto lo cual revela en forma incontrastable que la globalización existe y afecta a todos de una u otra manera.

Otro ejemplo contundente es la consecuencia que ya tiene y tendrá la muy posible disminución de la tasa de crecimiento y desarrollo mundial que  hoy ya se traduce en la contracción de los requerimientos de petróleo con la consecuente reducción de su precio y lo que ello significa para Venezuela que no tiene rol alguno en el tema como no sea el de proveedor –hoy marginal– del producto siendo que ya este mismo mes el primer importador mundial (Estados Unidos) se ha convertido en exportador neto.

Lo mismo es válido y evidente en la lucha por la predominancia entre quienes crean y desarrollan las nuevas tecnologías frente a quienes las compran o las roban, o las utilizan para fines reñidos con el interés de algunos actores. Tal el caso, por ejemplo, de la novedosa Tecnología 5G, en materia de comunicaciones, en la que los estadounidenses acusan a los chinos de estar derivándola hacia el campo del espionaje y de la violación de las sanciones que Washington ha impuesto a Irán. El resultado conocido esta misma semana ha sido el arresto en Canadá y posible extradición a Estados Unidos de la máxima ejecutiva (e hija del dueño) de la empresa Huawei, que fabrica y provee parte sustancial de los teléfonos inteligentes que se utilizan en el mundo y especialmente en Venezuela.

Idénticos argumentos son válidos en el campo del acero, los automóviles y miles de rubros más cuyo impacto se sentirá con fuerza en casa de quienes poco o nada tienen que ver ni que influir en el asunto.

Es en este escenario tan fluido y cambiante en el que nuestro país –monoproductor administrado con improvisación e ineficiencia–  debe insertarse. Es evidente que la respuesta no está ni en el petro ni en los eslóganes ideológicos, ni en el enfrentamiento estéril con los demás actores de la dinámica mundial lo cual es exactamente lo contrario a lo que se viene haciendo cada vez con mayor ahínco. Los resultados están a la vista de todos. Chile, Uruguay, Perú, Costa Rica, Panamá, México y muchos otros han entendido el desafío y de una u otra manera lo vienen afrontando con diferentes medidas de éxito librando al mismo tiempo algunas batallas contra la corrupción que afecta a todos los estratos.

Los “próceres” de la indigestión bolivariana pretenden ignorar lo que es obvio sustituyéndolo por anuncios y consignas como el “socialismo del siglo XXI” cuya inutilidad está a la vista frente al reto de un mundo que requiere el “bienestar y desarrollo del siglo XXI”. Hasta los propios aliados chinos y rusos ya se lo vienen aconsejando y/o exigiendo.