Opinión

Ante la tragedia, meditaciones sobre el diálogo

Son las únicas opciones en juego: de parte del régimen, entronizar la tiranía. De parte de la oposición, liberar a sus presos políticos. Más nada. Ante un diálogo entre la espada y la pared, el fracaso está cantado. El régimen, una vez más, habrá ganado tiempo y postergado el desalojo. La oposición, una vez más, confundida, lo habrá perdido. Sigue el juego y no asume sus responsabilidades. El callejón no tiene salida. El pueblo tiene la última palabra

Un diálogo ficticio, una parodia de diálogo que no nos ha traído más 

que desventuras, desconsuelo y frustración a los venezolanos

Antonio Ledezma

Mensaje a los venezolanos

26 de noviembre de 2017

Lo político en circunstancias de estado de excepción, como el que vivimos en Venezuela, puede ser comprendido como la relación amigo-enemigo. Una enemistad orgánica, estructural, que nada tiene que ver con la subjetividad de los antagonistas. Se trata de campos de intereses irreconciliables que ninguna buena voluntad ni ningún diálogo platónico pueden resolver. Pues el motivo de esa enemistad ontológica, existencial es el poder sobre formas de vida absolutamente incompatibles y antagónicas. En nuestro caso: la dictadura totalitaria o la democracia liberal, formas de existencia y convivencia que encubren el más letal de los enfrentamientos de la modernidad: el del comunismo o el del capitalismo. El monolitismo o la pluralidad, el estatismo o la propiedad privada, el individuo o el colectivo, el sometimiento o la libertad.

Ni el comunismo ni el fascismo, formas dominantes del totalitarismo del siglo XX, aceptan la pluralidad. Son formas totales de posesión y dominio. Que pueden tolerar la convivencia con formas contrarias de vida política solo en tanto no hayan logrado aplastar al enemigo hasta su desaparición y se vean obligadas por las circunstancias a mantenerse dentro de un orden relativamente permisivo. Nada de lo cual impide el objetivo primario y primordial: la aniquilación del contrario. 

Es la profunda e insuperable diferencia que divide a las fuerzas en pugna en nuestro país, tras veinticinco años del intento por asaltar el poder y construir un Estado totalitario en Venezuela. Derrotados en su primer intento por asaltar el poder directamente mediante un golpe de Estado, el asesinato de los gobernantes y el establecimiento de una dictadura militar, el chavismo se ha visto obligado a recorrer el tortuoso camino de las instituciones, coparlas mediante el juego electoral, acorralar a las fuerzas opositoras y montar un Estado totalitario logrado solo a medias. En el camino de estos dieciocho años de gobierno ha sabido devastar la vieja sociedad, sin haberse mostrado capaz de construir la nueva. Ha llevado al país al borde del abismo y busca las formas de resolver la profunda crisis social, económica y política que ha generado. Encontrándose con el rechazo mayoritario de la sociedad, el repudio de la comunidad internacional y el asedio de los grandes poderes económicos y políticos consecuentes con el régimen de libertades.

¿Por qué razón, encontrándose asediado por una crisis de colosales magnitudes y el rechazo nacional e internacional, insiste en promover un diálogo con las fuerzas que representan al establecimiento asaltado? ¿Por qué razón los asaltados y condenados a muerte aceptan dialogar con quienes no tienen otro objetivo que quebrarles el espinazo, invalidarlos y liquidarlos? La clarificación filosófica de la afirmación schmittiana según la cual lo político es el enfrentamiento amigo-enemigo deriva en la opción metafísica de toda política bajo los parámetros de un estado de excepción: ese enfrentamiento es letal, conlleva la muerte violenta de los protagonistas y solo es posible resolverlo poniendo la vida en juego. Detrás del estado de excepción, como lo afirmaran Michel Foucault y Giorgio Agamben, está “la nuda vita”, la vida desnuda. Auschwitz o el gulag, el paredón, la cárcel o el destierro. O la libertad. Detrás de lo político llevado a su fase extrema de su excepcionalidad no existen términos medios.

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Si ese estado final del enfrentamiento amigo-enemigo en condiciones de una crisis humanitaria es el contexto regulador del diálogo que se pretende escenificar en Santo Domingo, ¿qué persigue el diálogo y qué pretenden, a qué aspiran las partes?

Imposible olvidar que los diálogos celebrados anteriormente solo obtuvieron la negación y el rechazo de las exigencias opositoras por parte del régimen y, consiguientemente, permitieron postergar la resolución misma de la crisis, ahondarla y, con ello, darle al régimen las ganancias del fracaso: estabilizar la dictadura y darle tiempo para continuar con su política de devastación y acorralamiento. Fueron un fracaso a las aspiraciones de la oposición democrática, incluidos sus facilitadores, como el propio papa Francisco. No fueron un fracaso para el régimen. Allí sigue, inamovible. Promoviendo otro capítulo de un diálogo condenado al fracaso, pero que terminará asegurándole otro año más de vida. Por ahora.

La disposición anunciada por Nicolás Maduro de aceptar la convocatoria a elecciones presidenciales si a cambio la oposición contribuye a levantar las sanciones es prueba declarada, impúdica y suficiente de la absoluta inutilidad de este diálogo y su necesario fracaso. En primer lugar: las elecciones presidenciales no requieren ser negociadas, pues están pautadas constitucionalmente y su realización debiera ser obligatoria. Tampoco es negociable que sean cauteladas internacionalmente, sean transparentes y blindadas ante el fraude, pues esas son condiciones inmanentes a un proceso electoral, no una gracia dictatorial. En cuanto a la exigencia de levantar las sanciones, se trata de medidas no asumidas por la oposición sino por gobiernos extranjeros. 

¿Qué pretende la oposición, por su parte? Si fuera respetuosa de la decisión asumida por la ciudadanía en el plebiscito del 16 de julio, tendría que exigir los tres puntos allí acordados por más de 7,5 millones de ciudadanos. Es nuestro único mandato obligante. Liberación de todos los presos políticos, reconocimiento pleno de la Asamblea Nacional y desconocimiento del fraude constituyente. ¿Son aspiraciones que el régimen pueda aceptar? ¿A cambio de qué? ¿De la legitimación de esa misma asamblea constituyente que el pueblo nos mandara desconocer, facultada así a ser el torniquete de nuestra muerte como República? ¿Liberar a quienes son los rehenes del régimen para impedir su desalojo? ¿A cambio de qué? ¿De aceptar ir a las elecciones presidenciales según las órdenes dictadas por Maduro y aceptar la continuación de la dictadura, convertida ya de iure y de facto en una tiranía castrocomunista?

Son las únicas opciones en juego: de parte del régimen, entronizarse. De parte de la oposición, liberar a sus presos políticos. Más nada. Ante un diálogo entre la espada y la pared, el fracaso está cantado. El régimen, una vez más, habrá ganado. La oposición, una vez más, habrá demostrado que sigue el juego. El callejón no tiene salida. El pueblo tiene la última palabra.