Opinión

Ante la polvareda

En resumen: el pueblo democrático no tiene otra opción que seguir luchando por su vida, llevando esta virtual guerra a muerte a su objetivo final: el desalojo de la dictadura; su liderazgo, abriendo puertas y sumando pueblo para el asalto final; su vanguardia enfrentando la maquinaria del mal; y las fuerzas que de pronto se enteran de la tragedia que han prohijado, sumándose a las filas del pueblo democrático. Huelga decir que en ese proceso, todos caben. Pero que nadie espere a cambio el cheque en blanco del perdón y del olvido.

“En medio de la polvareda perdimos a Don Beltrane”.

Romancero español

En plena irrupción angelical de los escuderos de la Primavera de Venezuela, el empuje de la vanguardia de los partidos democráticos, renuentes o directamente enemigos del electoralismo canceroso que afecta desde siempre a sus viejas entrañas, la palabra inapelable de la moral y la justicia en la voz de nuestra Iglesia, el martirologio sembrado por los asesinos de Vladimir Padrino –prohibido olvidar– y el espanto cundido en las filas de los criminales de Nicolás Maduro, serviles lacayos de Raúl Castro, terminamos por llegar al llegadero: un país alzado contra la dictadura, de norte a sur y de este a oeste, la mejor y más fiel representación de nuestro bravo pueblo que tiene al régimen castro-comunista al borde del precipicio. Son los hechos: 2 meses de rebelión y 73 asesinados por la Guardia Nacional y los colectivos. ¿Pagarán sus culpas los autores materiales e intelectuales del genocidio? ¿O volverán a emborracharle la perdiz a quienes cambian gustosos un país por un concejo municipal?

Es cuando en medio de la polvareda los conminados al desalojo se sacan de sus mangas una iniciativa desesperada, que huele al canto del cisne o a la alegría del tísico: hacer borrón y cuenta nueva de dieciocho años de fechorías e iniquidades y pretender volver a encender el motor. Creen posible que después del horror venga el carnaval. Cambian sus vestiduras de cancilleres, ministros, alcaldes, gobernadores y diputados de la dictadura por vírgenes vestales de una asamblea sectorial constituyente, una minirreproducción de juguetería del horror de la que nos contrabandearan en 1999, para hacer de sus despojos el cumplimiento del sueño del payaso mayor: una isla de la felicidad cubana en tierra firme. Una tiranía capaz de someter a la esclavitud a 30 millones de seres humanos. Cuando no cuentan con más poder que el de las armas y el respaldo de sus enchufados. Retroceder el carrete de la historia al 4 de febrero de 1992. Si no fuera tan siniestro el propósito y tan indigna la impunidad –debida a la monstruosa complicidad de las fuerzas armadas venecubanas, único poder con el que cuentan– provocaría risas. Pero nadie de mínima decencia ríe ante los abaleados, atropellados, alanceados. Nadie se burla de los mártires de esta tiranía que agoniza.

Provoca invocar a los cielos y pedir la intervención de los poderes fácticos que se acobardan. Si ayer fue Noriega, ¿por qué no ahora Nicolás Maduro? ¿O no habrá en el Departamento de Estado alguien capaz de ver la gigantesca diferencia entre la capacidad y el poder de maldad y destrucción del comandante de la guardia nacional panameña y la que posee el agente del G2 cubano Nicolás Maduro? O pedirle a doña Luisa Ortega Díaz, otra de las intervenciones del Deus Ex Machina de esta sórdida historia en medio de la polvareda, que siga adelante con su iniciativa de tomar en serio, tras estos años de fiscalía cómplice y criminosa, sus atribuciones, desnude los crímenes cometidos, le entregue al país y al mundo la exacta descripción y cronología de las violaciones de la tiranía y exija el desmontaje de esta maquinaria usurpadora, ladrona, asesina y genocida. En pocas palabras: ponerse del lado del pueblo, asistir a nuestros combatientes por la libertad y desbrozar el terreno jurídico del vil montaje de los cipayos de Nicolás Maduro y los agentes del Estado Islámico. Y antes que nada: denunciar los viciados procesos llevados a cabo por sus subordinados que han encarcelado y condenado injustamente a nuestros líderes. Imagino que conoce la enseña de Antonio Gramsci: “Solo la verdad es revolucionaria”. O la de Rosa Luxemburgo: “Una revolución que no es democrática, no es una revolución. Es una dictadura”. Nunca es tarde cuando la dicha es buena.

Natural y comprobado históricamente que en medio de las polvaredas proliferen los pescadores en ríos revueltos. Imposible impedir que los aparatos de dominación en crisis se desmoronen, se fracturen, se dividan sin que algunos de sus viejos cuadros, fieles al tirano mayor, pretendan limpiarlo de culpas y volver a ungirlo como el santo inspirador de otra catástrofe. Las conversiones son milagrosas, pero que nadie espere que la señora fiscal y todos aquellos a quienes ella representa –viejos golpistas del 4F, chavistas de la primera hora, marxistas irredentos que aún no se enteran de la caída del Muro y la tremenda estafa del marxismo leninismo– sigan el ejemplo del judío Saulo de Tarso, vayan a Jerusalén y reciban la revelación divina. Volviéndose, de la noche a la mañana, en demócratas convencidos. Que en medio de esta tragedia nadie espere otros milagros que los que nos muestran a diario nuestros muchachos. Loro viejo no aprende a hablar.

En resumen: el pueblo democrático venezolano no tiene otra opción que seguir luchando por su vida, desempolvando las polvaredas, llevando a su objetivo final esta virtual guerra a muerte; su liderazgo, abriendo puertas y sumando pueblo para el asalto final; su vanguardia enfrentando la maquinaria del mal; y las fuerzas que de pronto se enteran de la tragedia que han prohijado, sumándose a las filas del pueblo que combate en las calles por el desalojo de la dictadura y el establecimiento de un gobierno de transición. Huelga decir que en ese proceso, todos caben. Pero que nadie espere a cambio el cheque en blanco del perdón y el olvido.

Lo dijo el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba hace quinientos años; al enemigo que huye, puente de plata. Debemos tenderlos.