Opinión

Ángel Bernardo Viso

Karl Krispin

La opinión de @kkrispin

En la Venezuela oprobiosa y vulgar de los últimos años, uno de los daños realizados desde el poder es haberle conculcado al ciudadano común hablar de cualquier tema que no sea la política del día. Estamos imposibilitados de ver más allá de nuestras narices. Caminamos a duras penas en el lodazal. Los creadores venezolanos se ven afectados por la basura y su putrefacción. Los hombres de pensamiento se han extraviado para siempre. Cuando alguno de ellos se ha despedido, el país carece de interés para notarlo. Quienes han pensado a Venezuela no tienen cabida en esta sociedad desestructurada. Hace poco se fue uno de ellos: Ángel Bernardo Viso. He visto con estupor que ni siquiera El Nacional, de cuya junta directiva formó parte, le ha dedicado algunas palabras a su vida y su obra. Recordar cada vez se hace más difícil en medio de la disolución.

Para que el futuro no nos sorprenda con nuestras habituales carencias, uno de los pensadores al que tendremos que recurrir es a Viso. Entre su obra ha dejado un trípode memorable para cohabitar con nuestra comprensión nacional: Venezuela, identidad y rupturaMemorias marginales de Pedro Mirabal y el más completo, la síntesis de su ojo escrutador a través de la historia, Las revoluciones terribles. En el primero fija su atención en el drama de identidad que supuso la ruptura de la Independencia. En el segundo, sin duda mi favorito, el autor culebrea entre la literatura de memorias y la epistolar para una explicación de sí mismo que no es otra que el territorio que habita. El homenaje a España es emocionante cuando el personaje confiesa que lloró ante la tumba de Álvaro de Bazán, el temido marqués de Santa Cruz, aquel llamado a comandar la Armada Invencible cuya derrota seguimos lamentando hoy hasta las lágrimas. Viso se propuso recordarnos que nuestra condición no debía nunca olvidar que somos los herederos de la hispanidad. Sobre ese edificio civilizatorio erigió su obra en la creencia de que el venezolano requiere de mayores asideros culturales negados por su desprecio del pasado y de su origen.

En el prólogo a la segunda edición de sus revoluciones terribles, Viso encara el fantasma de la tiranía. Advierte sobre la violencia verbal extrema,  el militarismo y, citando a Eric Voegelin, concluye que el cesarismo aparece después de la caída del régimen republicano constitucional. Este trabajo es un recorrido por los avatares políticos de nuestro Occidente para estimar el castigo y la catástrofe de las revoluciones. Las páginas de Viso están llamadas a no envejecer, tienen  derroche de lozanía para no dejar de ser actuales. Servirán de brújula y esclarecimiento para recobrar algún día la memoria.