Opinión

Anarquía y caos

Rafael Rattia

Hay dos modos de entender la anarquía; el primero, que estimo es el correcto y ajustado a la verdad, atendiendo a su raíz etimológica, es decir, el origen histórico-filológico de la palabra. Como toda, o casi toda, palabra griega se conforma de acuerdo con un prefijo que la funda o acompaña. En el caso particular de la palabra anarquía su significado primero y primario obedece a la conjunción de la partícula A que indica ausencia de x o y o tal cosa y Arjé o Arké que significa autoridad o jerarquía o, en todo caso por extensión también gobierno.

De modo que, literalmente, anarquía traduce ausencia de autoridad o de gobierno. El sentido común programado de la gente, es decir; la vulgata doxográfica o lenguaje coloquial populachero y demagógico gusta sinonimizar erráticamente la palabra anarquía con el caos y el desorden; no obstante, sabemos que caos y anarquía están en las antípodas del más inconfundible antagonismo. Como dice el geógrafo francés Eliseo Reclús: “La anarquía es la más alta expresión del orden”. La antítesis de la anarquía es la hybris.

Venezuela ha venido experimentando un peligroso proceso de caotización de sus más elementales estructuras jurídico-políticas e institucionales que ilustra meridianamente dónde termina la anarquía y dónde comienza el caos. El abigarrado tejido social de la sociedad venezolana acusa un espantoso y atípico deterioro en todos sus órdenes, pero la célula fundamental (la familia) exhibe una nunca vista crisis de fundamentación axiológica (moral). Los valores éticos y morales que en condiciones normales deberían regir los comportamientos cotidianos de los integrantes de la familia venezolana revelan la podredumbre de las pautas de convivencia sana y pacífica que distinguen los mecanismos de relacionamiento entre sus miembros.

La anarquía se expresa y explicita de modo horizontal entre los sujetos que dialogan e interactúan comunicativamente en el marco de todo intercambio simbólico que presupone un debate. El caos, por el contrario, es el natural resultado de toda pretensión impositiva, jerárquico-piramidal. El caos es hijo del autoritarismo, pues, más temprano que tarde, las órdenes intemperantes impuestas en el fragor de la altisonante temeridad genera una inevitable réplica necesariamente violenta en el ánimo y espíritu de quien es humillado e irrespetado en su integridad moral por dichas órdenes odiosas e indignas de ser acatadas y cumplidas. La anarquía contiene intrínsecamente un elemento constitutivo que es su propensión a la natural dialogicidad; el interaccionalismo dialogante y el respeto a lo radicalmente otro es un rasgo distintivo de la idea ácrata. La coacción y compulsión psicológica, el miedo y temor que induce y fomenta la dominación ideológica, cultural y espiritual a través del logos autoritario estatalista, siempre termina instaurando la violencia (coerción física) represiva y el caos político y social. La anarquía es por antonomasia persuasiva porque comporta un profundo carácter pedagógico y busca demostrar con elementos argumentativos dónde está la verdad y se esfuerza por mostrar el camino para alcanzarla. Todo lo contrario es el logos autoritario que conlleva en sí mismo, como una especie de ADN metafísico, el germen del despotismo estatocrático.