Opinión

Amor líquido

La forma del agua inunda la pantalla con imágenes trascendentes y visiones perdurables. Narra un inusitado encuentro romántico de resonancias expresionistas. El guion pinta de verde un cuento blanco de hadas silentes. La fotografía captura la textura de la piel de una rana a través de una óptica de ojo de pez.  

En el relato, una muchacha ingenua y muda trapea el piso, cual talento oculto. Vive encima de una sala de cine. Las películas le permiten escapar de una realidad gris y monótona. Repite la misma rutina a diario. Trabaja en una central de investigación militar. Los hombres duros controlan el recinto.

Transcurre la época de las pesadillas de la década de los cincuenta, en pleno auge de la cacería de brujas y la guerra fría. Las polarizaciones del macartismo definen las coordenadas del argumento, para simbolizar la actualidad de un tiempo marcado por agudos conflictos geopolíticos.

El largometraje confirma la vigencia de temas, ideas, proyectos estéticos y problemas, como la intolerancia, la discriminación, la violencia, la fuerza bruta y la misoginia.

El intimidante Michael Shannon se vuelve a lucir en un papel tremendo como es el del sádico coronel Strickland, quien descubre a una extraña criatura en la selva del Amazonas, la saca de su contexto y la secuestra en un laboratorio, donde la tortura, la humilla y la somete a crueles experimentos, con el fin de llevarle la delantera al bloque soviético.

Por tanto, la razón binaria produce monstruos de la laguna negra. El filme los representa y confronta de diversas maneras. Los hay demasiado humanos y villanos. Por ejemplo, los malos rusos apelan a una clásica cartilla de cinta de espionaje. Aparecen esporádicamente en el entramado de la ciencia ficción. Los comunistas manipulan a un doctor, infiltrado en una base, con el propósito de conocer el secreto del “activo” escondido por los norteamericanos. A las primeras de cambio, la película juega con replantear semejantes estereotipos.

Conforme evoluciona la trama, los personajes ganan en espesura y dimensión, siendo vehículos de una propuesta neonoir de corte steam punk. Ahí las líneas morales se cruzan y trastornan. El libreto menoscaba convenciones y capas superficiales.

La chica muda encuentra un alma gemela en el anfibio de cuerpo atlético, un arquetipo de la transgresión del ideal masculino. Es apolíneo, pero a la vez dionisíaco. Tiene comportamientos híbridos. De igual modo, ella derrocha feminidad por sus poros; sin embargo, ostenta el semblante de un efebo, de un ser andrógino. Ambos copulan en libertad, retando a la incomprensión y la mediocridad del entorno. No solo son bella y bestia. También vislumbran una fantasía líquida del genial Guillermo del Toro: alumbrar un símbolo del amor transexual, más allá de las barreras del prejuicio, la cultura y el lenguaje. Así dan una nueva forma al agua, la esencia principal de la vida.

De dejarse tentar por el diablo de la industria, el autor mexicano pudo haber concebido un panfleto disolvente y diluido. Es decir, una obra inocente de denuncia maniquea, a efecto de exorcizar los demonios de la era Trump. En su lugar, el director rodó un poema sobre la paz, la reconciliación  y la necesidad de atender al llamado del otro, del diferente, de la víctima, del distinto. Por ello debería ser la triunfadora en la noche del Oscar. Engloba la universalidad de los temores del momento y les busca una solución entrañable.

Altamente recomendable. Gócela y llórela. Ojalá tengamos chance de atajarla en la cartelera nacional. Es una pieza perfecta, estimulante y sorprendentemente fresca. Demuestra la erudición del realizador. Consagra su mirada y factura. Del Toro alcanzó a los hermanos Coen de Barton Fink, al Cronenberg de La Mosca, al Jeunet de Delicatessen  y al Burton de Eduardo Manos de Tijera.

La forma del agua nos sumerge en una mar de referencias y citas posmodernas. Por suerte las supera y las potencia en nuestra memoria, gracias a la impronta de sus aciertos interpretativos. Delicadamente actuada, despertará innumerables pensamientos eróticos. Mérito de una impresionante puesta en escena.