Opinión

Alucinaciones

Héctor Faúndez

La opinión de

En vísperas de una nueva fase del diálogo que se desarrolla en Santo Domingo entre el gobierno y una parte de la oposición, se procedió a la expulsión del país de Jonatan Moisés Diniz, un brasileño que había estado detenido e incomunicado durante 11 días en los calabozos del Sebin, acusado de pertenecer a una organización criminal internacional y, según el conductor de un programa de TV (cuyo nombre no vale la pena recordar), responsable de “acciones terroristas”. La “organización criminal” de que se trata es una ONG de derechos humanos interesada en el bienestar de los niños pero, según el aludido conductor de TV, con “posibles” vínculos con agencias de inteligencia extranjeras; en cuanto a las “acciones terroristas” concretas emprendidas por Diniz, estas habrían consistido en distribuir alimentos y juguetes entre los niños pobres de Venezuela.

No es que Venezuela sea tan importante en el escenario internacional; pero hay que dar por sentado que aquí operan agencias de inteligencia extranjeras, como la CIA, el Mossad, o el G2 cubano. Después de todo, alguna consecuencia tendrá la hostilidad permanente del régimen chavista en contra del “imperio”, la cercanía con las FARC y, en su momento, la ETA, los estrechos vínculos con el anterior gobierno iraní, el peso que ha adquirido Venezuela en el tráfico de drogas, o el carácter declaradamente antisemita del régimen chavista.

Se puede asumir que agentes del G2 cubano estén infiltrados en la entrega del carnet de la patria, o en la distribución de las cajas de los CLAP; se puede admitir que la CIA es la que ha diseñado la política económica del chavismo, o que iguanas entrenadas en los cuarteles de Langley sean responsables del deterioro de la infraestructura eléctrica, y probablemente es el Mossad el que se ha encargado de utilizar pajaritos para enviar mensajes a Maduro, diciéndole que siga así, que va muy bien. Tampoco debería sorprendernos demasiado que alguien diga que los servicios de inteligencia extranjeros, como parte de sus nuevos métodos de operación, ahora se dedican a repartir juguetes y comida entre los niños pobres; seguramente, esta es la fachada para preparar y consumar, a través de uno de esos niños armado de una muñeca o una patineta, el magnicidio que tantas veces se nos ha anunciado.

En el lenguaje del comandante eterno, Carlos, el Chacal, no era un terrorista sino “ese caballero” por cuya libertad había que interceder ante el gobierno francés; en sus desvaríos, ahora resulta que, para quienes intentaron dar un golpe de Estado, segando vidas y derramando sangre de venezolanos, el terrorismo consiste en repartir alimentos y juguetes. No es la primera vez que las figuras de este régimen tienen alucinaciones con enemigos imaginarios; pero hasta la fantasía tiene sus límites. No se puede trivializar el terrorismo, presentándolo como algo surrealista, distinto de lo que sufrieron las víctimas del atentado a las Torres Gemelas, o de los atentados más recientes en Londres, París o Barcelona.

El fanatismo, sea del color o de la inclinación política que sea, puede llevar a la gente a decir muchas sandeces; así ocurrió, por ejemplo, en los años del macartismo, en Estados Unidos, cuando se creía ver comunistas por todos lados. Y ni qué decir de las tiranías de Hitler o de Stalin. Pero solo una mente enferma, rayana en la esquizofrenia o el delirium tremens, puede perseguir y castigar a personas que se dedican a repartir juguetes. Si había elementos serios para detener a Diniz y acusarlo de haber cometido “actos terroristas”, lo correcto hubiera sido someterlo a los tribunales de justicia para que ellos dictaminaran; pero eso supondría vivir en un país en el que hay tribunales serios, independientes e imparciales, que no se prestan para patrañas demenciales.