Opinión

Algo huele a podrido

La noticia de la semana es la del sospechoso “suicidio” del concejal  Fernando Albán  en circunstancias que hasta ahora no han sido aclaradas suficientemente. Sin embargo, vale recordar que ese episodio no es el primero en este gobierno. Así nos lo apunta Eddie Ramirez en su artículo titulado “Asesinatos políticos en ergástulas”, publicado el 10 de octubre en estas mismas páginas, cuando señala los casos de Juan Carlos Sánchez, asesinado en 2014; el capitán Rodolfo González Martínez, asesinado en 2015; y José Alejandro Márquez, en 2017.

Vale decir, pues, que no solo ha habido crimen político en la cuarta cuando las víctimas fueron  el padre de los hermanos Rodríguez y el profesor Lovera, entre otros,  sino que la práctica se extiende a esta inefable quinta república en la que los hijos del emblemático “revolucionario” fallecido entonces tienen un papel determinante en la sedicente gesta “bolivariana”. A ello han de sumarse las víctimas de la resistencia callejera de 2014 y 2017 y algunos otros confusos episodios cuya investigación aún no arroja resultado alguno. Recuérdese que los asesinos de Jorge Rodríguez fueron capturados y juzgados.

La diferencia sustancial entre los muertos “de la democracia” y los de la “revolución” es que los primeros fueron debidamente castigados por los tribunales de justicia, lo cual no parece ser el caso que nos estremeció esta pasada semana ni otros igualmente notorios que aún persisten en la memoria popular.

Mientras tanto, el mundo entero fija su mirada en esta Venezuela donde los últimos atisbos del disfraz de democracia se han perdido ya. Sin ir más lejos, esta misma semana los embajadores de Venezuela ante los gobiernos de España y Francia (además de algún otro) han sido convocados a distintas Cancillerías para solicitarles explicaciones sobre el sonado caso. ¿Qué cuento chino podrán ofrecer, cuando es de público conocimiento que el traslado de los restos a la morgue fue casi en secreto, dando lugar a una apresuradísima autopsia de la que  trascendió ya la creíble versión de que la partida de defunción de Albán requirió la falsificación inmisericorde de datos con la intención de ocultar lo inocultable?

Y por si lo anterior fuera poco, los medios nos informan de gestiones y declaraciones de dignatarios extranjeros y de organizaciones internacionales, todos reclamando explicaciones a un gobierno que no tiene cómo darlas porque lo han encontrado con los pantalones bajos en el intento de tapujar las acciones non sanctas de las que son legalmente responsables los “próceres de la revolución bolivariana” como  escalones de la pirámide de mando.

En resumen, parecería que este último evento potenciado con el descenso imparable en la producción petrolera justamente ahora, cuando los precios tienden a un alza significativa por los acontecimientos del Medio Oriente,  lucen como una conjunción de circunstancias alineadas por los astros con el objeto final de causar el quiebre definitivo. Sin embargo, una encuesta seria como es la Ratio-UCAB, recientemente publicada, lleva el gozo al pozo cuando demuestra que algún porcentaje –no menor– de la población ha dejado de percibir su situación personal y la del país como “muy mala” para verla apenas como “mala”, lo cual en las interpretaciones de quienes dicen saber de estas cosas representa una  mejoría en la percepción colectiva. Si ello es así como se difundió, este columnista se confiesa  impotente  e incapaz de dar crédito a tan insólitos datos.

Si no fuera porque la encuesta lleva el sello UCAB provocaría calificarla de una vez como equivocada y “chimba” al comprobar que, después de demasiados años de recorrer todos los rincones de nuestra patria, el resultado es no haber entendido nada. Un talentoso amigo, también columnista, nos explicaba que la singular encuesta tiene como componente determinante la fecha del trabajo de campo, que fue hecho apenas días después del aparatoso aumento salarial de inicios de septiembre, pero  que el  inesperado efecto en la opinión pública de entonces ya se está devolviendo a los niveles de rechazo y frustración normales que sugieren que el nuevo amanecer democrático no está ya muy lejos. Será por eso que alberga tanta sabiduría el dicho popular de que ¡la parte más oscura de la noche es la que precede al amanecer!