Opinión

La DC alemana ante el fantasma populista

Las elecciones alemanas del pasado domingo 24 de septiembre, si bien ratifica el liderazgo de la CDU (la democracia cristiana) en la vida política de la nación germana, también ponen en evidencia, luego de 50 años de ejemplar vida democrática, un resurgimiento de corrientes radicales de claro signo populista y antidemocrático. Ese hecho se convierte en el más importante desafío de la política democrática alemana, y muy especialmente de la CDU. En los próximos años una importante tarea es rescatar la confianza de los ciudadanos que fueron captados por el planteamiento radical.

En efecto, el resultado electoral logrado por el partido Alternativa por Alemania (AfD) muestra la existencia subyacente en la sociedad alemana de un creciente segmento de la población susceptible de ser impactado por un mensaje ajeno a los valores democráticos, que han prevalecido durante más de medio siglo.

Que un mensaje promotor de intolerancia, xenofobia y egoísmo pueda encontrar eco en 13% de una sociedad víctima de los mismos, y que para vacunarse contra ellos ha hecho un esfuerzo gigantesco por promover la democracia con sus valores de inclusión, aceptabilidad, pluralismo, tolerancia y justicia social, constituye un motivo de profunda preocupación para la humanidad, y muy especialmente para la sociedad occidental.

No es el primer caso en Europa de fuerte presencia de un movimiento populista, racista y autoritario en la escena política.

Ya Austria, con el Partido Liberal, liderado por el xenófobo Heinz-Christian Strache; Francia, con el Frente Nacional de Marine Le Pen, han experimentado movimientos parecidos.

Estos países han logrado una primacía de los auténticos sectores democráticos, y ha colocado diques de contención en la escena política a este tipo de movimientos. Los pueblos han logrado contener su avance y han votado mayoritariamente por los movimientos democráticos.

Resulta extraño que un pueblo próspero, con una de las economías más sólidas del mundo, con un Estado claramente comprometido con el respeto a los derechos humanos y en plena vigencia del Estado social de Derecho, vea surgir una corriente de claro signo antidemocrático.

Pero más allá de su innegable valor político, que lo es en toda su esencia, es prudente recurrir a otras ciencias para entender el fenómeno. Incluso estudiar el asunto desde el campo religioso, donde también se expresa la gravedad del asunto.

En efecto, ya el papa Francisco ha llamado la atención de Europa frente a su vacío espiritual y a su desinterés por el drama de pueblos víctimas del hambre y de las guerras, como ocurre con Siria, por ejemplo. O La intolerancia a credos religiosos de signos y orígenes radicalmente distintos. La creciente presencia del islam en Europa genera resistencias que tienen su expresión en el campo concreto de la política.

¿Qué motivaciones están subyacentes en el alma popular alemana para aceptar el discurso de rechazo a los inmigrantes?

Pueden identificarse algunas de ellas, en el entendido de que se requerirán rigurosas investigaciones cualitativas y cuantitativas para precisar su peso en la formación de la voluntad política expresada en el voto del proceso electoral in comento.

En primer lugar es importante estudiar el tema de la seguridad. La creciente presencia del terrorismo en general, y del terrorismo islámico en particular, ha generado una ola de preocupación y rechazo a las humanitarias y cristianas políticas de solidaridad que la administración Merkel ha impulsado ofreciendo cobijo a los miles de seres humanos aventados de sus pueblos por la guerra y el hambre desde África y el Medio Oriente.

No hay duda de que camuflageados con los inmigrantes, entran en los países occidentales sectores radicales a impulsar el terrorismo, con el consiguiente impacto psicológico y político que una violencia de esta naturaleza genera.

En segundo lugar un creciente nivel de intolerancia racial en sectores sociales para los que la presencia de personas de otras culturas constituye un motivo de desagrado, genera un rechazo que puede llegar a niveles peligrosos para la sana y pacífica convivencia.

En tercer lugar, el resurgimiento de un sentido antiguo del concepto de nación. La promoción de un nacionalismo étnico, a diferencia del nacionalismo cívico, que explica con clara inteligencia el politólogo canadiense Michael Ignatieff en su obra Sangre y pertenencia, ha generado una corriente desintegradora que se expresa tanto en Alemania como en otros países europeos, en manifestaciones de rechazo a la idea de una Europa unida y a sus logros concretos en el campo político y económico.

En cuarto punto, íntimamente vinculado con el anterior, está el tema económico. Se produce un discurso de rechazo a los costos para la economía alemana de sostener tanto el euro como el proceso de integración europea. El rechazo al euro ha tenido en estas formaciones de extrema derecha una idea fuerza. La reciente decisión del Reino Unido de separarse de la Unión Europea fortalece estas ideas en varios países europeos.

Alemania no ha escapado de este discurso del nacionalismo chauvinista, apelando a sentimientos básicos respecto del costo económico que para dicha sociedad tiene sostener la integración europea con todas sus instituciones políticas y económicas.

En otros países, como en España, entonces el discurso es rechazar la injerencia alemana desde las instituciones europeas en las políticas económicas internas.

En cada país hay elementos para construir un discurso del nacionalismo étnico que logra captar sectores de una opinión pública poco ilustrada de la complejidad de los temas y de sus impactos en el último medio siglo de vida europea y mundial.

En conclusión y observado este proceso desde la perspectiva de la cultura política y su impacto en la gobernabilidad de los pueblos, nos debe invitar a reflexionar el hecho de que no hay sociedad inmune al populismo, al autoritarismo y al radicalismo.

Si naciones con una historia de vida tan compleja como Alemania les abre espacio a estos actores, es comprensible que pueblos como el nuestro se hayan dejado atraer por el engaño de un discurso neonacionalista, populista y militarista como el que encarnó Hugo Chávez y que nos sacó de la democracia moderna llevándonos a un campo de destrucción y miseria que hoy padecemos todos los venezolanos.

La tarea de hacer democracia es permanente. No hay garantía alguna de que en un momento dado los pueblos puedan dejarse atraer por estas corrientes.

Alemania acaba de dar una muestra de ello. Dios quiera que logren reducir esta expresión a niveles manejables, y que esta gran nación no vuelva a experimentar un liderazgo que los conduzca a niveles de barbarie ya superados.