Opinión

Alcahuetes impenitentes

Alfredo Cedeño

La opinión de

Al menos veinte veces hice el viaje con mi carro desde Caracas a Puerto Ayacucho, tiempos cuando hacía trabajos especiales para El Diario de Caracas y El Universal, y luego como investigador del programa Viajando con Maltín Polar. Esos recorridos los hice siempre solo, salía a las 5:00 de la mañana de Caracas y a las 4:00 de la tarde, luego de atravesar Aragua, Guárico y Apure, entraba en la capital del estado Amazonas. Era un recorrido al que siempre otorgué sentido místico. Salía de la ciudad para sumergirme en nuestras raíces originarias, nuestros ancestros indígenas. Eran viajes de largas meditaciones, de incontables reflexiones, de escasas soluciones.

El día antes del domingo 26 de febrero de 1995 regresé a Caracas, poco podía saber que horas más tarde en las relativas cercanías de mi camino, a orillas del río Meta, el puesto militar Cararabo sería atacado por la guerrilla colombiana y realizarían una masacre contra los efectivos allí destacados. De aquella alevosa operación subversiva entre los cuerpos de seguridad del Estado hubo la convicción de que ello había sido posible gracias a un informante que las fuerzas irregulares tenían entre algunos miembros ya retirados de la oficialidad venezolana, y señalaron específicamente a cierto teniente coronel. Sí, ese mismo que había intentado el golpe contra Carlos Andrés Pérez en febrero de 1992, y que luego llegaría a la presidencia. Sin embargo, los señalamientos fueron callados “por órdenes superiores”.

Todo esto me viene a la cabeza en el momento que leo las informaciones sobre el ataque del pasado domingo 4 de noviembre por parte de guerrilleros del vecino país a militares en las afueras de Puerto Ayacucho. No creo necesario abundar en las manifiestas simpatías del comandante difunto con dichos subversivos. Los nexos fueron patentes y poco simulados, las reuniones fueron anunciadas con bombos y platillos o algunas celebradas con excesiva cautela, como las de un ministro de Salud con el representante del ELN en Caracas en su despacho de la torre Sur del Centro Simón Bolívar.

La emboscada contra ese grupo de muchachos del domingo es consecuencia de la alcahuetería sin parangón de nuestro gobierno con la guerrilla, no fue el ELN el que los mató, fueron Chávez y Maduro y su combo los autores de ese sacrificio. Padrino López con sus palabras trata de aquietar a sus subordinados, sabe bien que está sentado sobre un barril de pólvora al que le sobran mechas muy cortas. Mientras tanto, y por no dejar, la élite de la peste roja calla, se dedican a ver cómo le dan casa por cárcel al camarada “Garganta”, líder de los grupos estructurados de delincuencia organizada. ¿Casualidad que las siglas sean G2?

© Alfredo Cedeño

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