Opinión

Ahora o nunca

Al cardenal Urosa Savino

Confieso haber detestado el uso abusivo y extemporáneo de la frase que encabeza este artículo. Por declamatoria, fantasiosa y prácticamente incumplible por quienes la invocaban bajo cualquier pretexto y en cualquier circunstancia. Pues se trata de una frase definitoria que mal empleada puede sonar a balandronada. Muy a pesar de que como la historia lo ha demostrado con creces, todas las grandes acciones emprendidas por el hombre a lo largo de la atormentada y turbulenta historia de esta transida humanidad se han cumplido bajo ese compromiso existencial. Ahora o nunca. To be or not to be, that is the question.

Ese y ningún otro es el caso de Venezuela y los venezolanos en la trágica y definitoria circunstancia que vivimos, tan grave como aquella que conmemoramos este próximo 19 de abril. Común a los grandes eventos de la Independencia hispanoamericana. Digan lo que digan los bufones, testaferros y tartufos carcomidos por el oportunismo político, incapaces de comprender los grandes desafíos de la historia y asumirla a ella misma como la obra de quienes jamás rehuyeron sus responsabilidades, asumiéndolas con valentía, grandeza de espíritu y fortaleza de ánimo.

Tuvimos los venezolanos un ejemplo magistral, desgraciadamente abusado y malversado por la inclemente y odiosa mediocridad de quienes le quedaran demasiado pequeños: Simón Bolívar. Hay de él un recuerdo imborrable, que nos fuera transmitido por el embajador de la Gran Colombia en el Perú, Joaquín Mosquera, quien saliera a su búsqueda y encuentro, hasta dar con él en Pativilca, en las desoladas sierras peruanas, el 7 de enero de 1824, vísperas de la arremetida final en Ayacucho y cuando los nuestros debían enfrentarse a tropas mucho mayores en número y mejor apertrechadas, veteranos y experimentados guerreros españoles curtidos en las guerras napoleónicas, en las alturas de los Andes peruanos: “Encontré al Libertador ya sin riesgo de muerte del tabardillo que había hecho crisis; pero tan flaco y extenuado que me causó su aspecto una muy acerba pena. Estaba sentado en una silla de vaqueta recostada contra la pared de un pequeño huerto, atada la cabeza con un pañuelo blanco. Sus pantalones de jean me dejaban ver sus dos rodillas puntiagudas, sus piernas descarnadas. Era su voz hueca y débil y su semblante cadavérico. Tuve que hacer un esfuerzo para no largar mis lágrimas y no dejarle conocer mi pena y mi cuidado por su vida.” Luego de señalarle la superioridad de las tropas de Canterac, las flaquezas de sus ejércitos y las carencias de sus caballerías, se atrevió a preguntarle: “¿Y qué piensa hacer usted ahora?”. En tono decidido y con sus ojos encendidos por la fiebre y la pasión le respondió sin dudar un segundo: “¡Triunfar! ¡Triunfar! ¡Triunfar!”. Triunfó.

Es la encrucijada en que nos encontramos al día de hoy: levantarnos como Nación, tal si fuéramos un solo hombre, romper nuestras cadenas y expulsar de nuestro territorio a los cipayos y a los cubanos que se sirven de esos malos hijos para tener con qué sobrevivir. Aplastar la dictadura, aplastar a los dictadores, expulsar a los invasores, enfrentar la tiranía y restablecer el honor y la honra de nuestra Patria. Ahora o nunca.

Sin decisión, sin voluntad, sin coraje los pueblos no se sacuden los yugos de la esclavitud ni se muestran capaces de conquistar su Libertad. Baltasar Porras acaba de entregarnos un conmovedor testimonio que lo honra a él, a nuestra iglesia y a la Venezuela que lucha por reencontrarse a si misma. Un escrito extraordinario dedicado a los jóvenes que se enfrentan a la tiranía a pecho descubierto, arriesgando sus vidas. Y ha tenido el coraje y la lucidez de desafiar todos los convencionalismos: ha alabado y aplaudido la voluntad y la decisión patrióticas de esos jóvenes rebeldes que se enfrentan a la maquinaria de terror, destrucción y muerte de la tiranía, con el fuego de su pasión en las manos.

Imagino el escándalo que experimentarán al leerlo aquellos pacatos y pusilánimes que han incubado todas las ambigüedades y todas las traiciones. Los mismos que se indignaran ante “la violencia” de las guarimbas y se entregaron alborozados al diálogo que mantuviera con vida al sátrapa mientras medio centenar de esos jóvenes regaban con sangre las calles de Venezuela. Cien mil asesinatos ha prohijado entre tanto Nicolás Maduro, mientras ellos le extendían la mano a la espera de su beneplácito electoral. Y han puesto el grito en el cielo ante la indeclinable decisión del uruguayo Luis Almagro por empuñar las armas de la inteligencia y el honor de nuestra América en defensa de Venezuela.

Son los mismos que se allegaron a la sede de la Conferencia Episcopal Venezolana, aquella mañana del último diciembre en que decidieran su exhorto pastoral llamando a la feligresía a oponerse a la dictadura sin darle tiempo ni respiro, con un mensaje ominoso, que decía, palabras más palabras menos, que fueran más cautos y más conciliadores. Ochenta monseñores les dieron la espalda.

Llegamos al momento crucial. Y Dios ha querido que los tiempos coincidan en memoria de ese inolvidable 19 de abril de 1810. Exactamente como entonces, cuando desde el balcón de lo que fuera el palacio de la gobernación y hoy es la ultrajada Casa Amarilla, el sátrapa de entonces fuera conminado a dejar el poder y los patriotas le abrieran a Venezuela los portones de la Libertad.

Exactamente como entonces: es ahora o nunca.