Opinión

La agonía del eros

Cambiemos el título para comenzar. 50 sombras menos oscuras debería llamarse la segunda parte de la saga crepuscular, de la claseTwilight, inspirada en los folletines de E. L. James.

Hasta le queda grande el calificativo de “softcore para mamás”. El erotismo, lo saben Rubén Monasterios y Giorgo Agamben, es cosa seria y conoció en el cine una mejor época, la de Marco Ferreri, Tinto Brass, Bernardo Bertolucci, Roman Polanski, Luis Buñuel y Russ Meyer.

Ellos eran creadores de verdaderas imágenes patológicas, de choque, según el teorema de Román Gubern. Sus películas respondían a un contexto de transgresión moral, de subversión estética.  

Hace dos décadas, la Sala Margot Benacerraf se llenaba para ver Crash, la adaptación de David Cronenberg del texto original de James Graham Ballard. Cinta escándalo en Cannes, encarnaba un tour de force genuinamente provocador. Incomodaba al público desde el desafío iconoclasta de la inteligencia de mal en la invocación de la tríada del sexo, la mutilación corporal y la muerte. Anticipaba un futuro gélido de hombres máquina, impulsados por un deseo incontrolable de autodestrucción.

Los personajes copulaban y colisionaban sobre la autopista del desenfreno, buscando alcanzar el clímax en la ruptura de límites y fronteras.

A su lado, el capítulo dos de las aventuras del señor Grey no despierta un solo pensamiento lascivo. La tortura dulce apenas funciona para justificar el chiste consciente de la relación vainilla, amén de complacer las conservadoras exigencias de la estereotipada coprotagonista, la princesa Disney del cuarto rojo, la “Mujer Bonita” de la fábula melodramática.

Anastasia vuelve a representar el fetiche y la fantasía de la esclavitud negociada de la emancipación femenina, a cambio de una serie de espejismos aspiracionales: el matrimonio, la pareja de proporciones apolíneas e idealizadas, el ascenso social y la promesa del lujo eterno.

Así da igual el nombre del realizador de la película. Si antes fue una mujer la responsable del encargo, para cuidar las formas, ahora James Foley agrega otro ladrillo a su muro de construcción prefabricada. Atrás deja su reputación de solvente artesano del film noir. Adelante acepta alimentar su fama de mercenario escaso de ingenio, a un paso de conquistar todas las nominaciones a las Frambuesas de Oro.

A veces nos preguntamos cuánto de tomadura de pelo hay detrás de la gansada de 50 sombras menos oscuras. No en balde, descubrimos cantidad de chistes “privados”, de guiños desopilantes a las telenovelas de los noventa, subidas de tono. En especial a las pasteurizadas por Adrian Lyne. Por algo la inclusión de Kim Basinger, quien obviamente remite a Nueve semanas y media, pero parodiada por Charlie Sheen y Valeria Golino. Lástima porque hoy tampoco existe el consuelo de disfrutar en la pantalla de una desacralización a la altura de la franquicia Hot Shots.

En su defecto, toca consolarnos con la idea de extraer el humor involuntario del espectáculo abrumador de absurdos, giros arbitrarios, argumentos redundantes, conflictos inexistentes, tramas prescindibles y sidekicks inútiles. Por no mencionar el villano de comiquita, suerte de Coyote vengativo, resignado a la derrota.

Fuera de broma, admitamos el despropósito como el último desahogo de un Día de San Valentín, asediado por los espectros y demonios de la crisis. Reconozcamos su error histórico y esperemos por el estreno de placeres ocultos como Elle, del desenfadado Paul Verhoeven.

Usted encuentra el masoquismo del bueno en Internet. Lo recuerda además en las cachetadas de Sade y Pasolini. Para consumirlo con combo de cotufas y refresco, inventaron 50 sombras menos oscuras.

Cumbre de la cinefilia pragmática y sosa, la diseñaron a golpe de efectismos. Contiene un guion blandiporno de literatura de desecho. Encadena sus coitos interruptus con musiquita pop, cuyo alto volumen provee una dosis de calmante de la ansiedad. La interpretan marionetas sin carisma.

La pareja principal renuncia a la química, entregándose a un ritual mecánico, de fórmula.

Llega en la fase inferior de la gestión de Donald Trump. Engloba su materialismo censurado, histérico y reaccionario.

Échenle la culpa a la hegemonía de la cultura de positividad. Palabras sabias de Byung Chul Han, el éxito de taquilla de la generación de la servidumbre voluntaria, la explotación de sí mismo, el rechazo de la alteridad.  

Murmurar ocurrencias para uno mismo, delante de la pantalla, pierde pronto su encanto (Carl Wilson dixit).

La realidad es el grado cero de la escritura audiovisual (Baudrillard).

Ausente de tensión, complace la nulidad de las pasiones desabridas y ligeras del milenio.